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ABC SÁBADO 4 s 11 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA GUADALUPE Y LOS VIEJOS L candidato de Ciudadanos de Cataluña se puso en pelotas para salir en los carteles y ha acabado arropado por 90.000 votos después de que todo el mundo le hiciese mucha fiesta a la ocurrencia, calcada por cierto de una campaña de Luciano Benetton. A la candidata del PP en Leganés, por el contrario, le ha caído encima una tormenta política por hacerse una foto... perfectamente vestida. Es que era un retrato de cuerpo entero, dicen los sociatas, presos de una envidiosa indignación que ya no se sabe si es machista, torpe o IGNACIO simplemente libidinosa, CAMACHO como la de esos viejos lascivos que acosan a la desnuda Susana en los cuadros de Rubens, Tintoretto o el Veronés. Los que se han retratado de verdad son ellos, claro. Y en la foto moral salen como unos sátiros rijosos, pueblerinos y mal encarados. La corrección política es un fenómeno con ribetes de mucha hipocresía y puritanismo inverso. Si en vez del candidato de Ciudadanos en bolas se hubiese tratado de una ciudadana candidata, se habría formado la de Dios es Cristo, con todo el feminismo profesional rasgándose los vestidos de la Pasarela Gaudí. Pero el chico tenía buena planta y quedaba de lo más chic en la cartelería, como un anuncio de colonia. La portavoz de Leganés también tiene buena pinta, aunque se la tape con ropas de Zara, y esto al parecer es delito porque la política, según el canon dominante, es por lo visto un serio asunto cuya responsabilidad está reservada a las feas. Quizá Guadalupe Bragado, que así se llama la candidata en cuestión, tenía que haberse hecho retocar la foto para sacarse papada, pintarse patas de gallo y marcarse un código de barras en el bigote. Acaso de esa guisa habría podido contar con la solidaridad de género de Matilde Fernández o Ruth Porta, dirigentes socialistas que acaso no se atrevan jamás a posar en un cartel de cuerpo entero (lo siento, yo no tengo necesidad de ser políticamente correcto) Y que habrían puesto el grito en el cielo, con razón, si el anatema contra una mujer que se atreve a tratar de arrebatarle un cargo a un hombre procediese de las filas del PP y fuese dirigido contra una sedicente candidata de progreso. Porque, no nos engañemos, el problema de Guadalupe Bragado no consiste en ser guapa ni fea, ni en haberse hecho una foto de cuerpo entero, de media cara o de plano americano, sino en ser de derechas. O sea, una víctima propiciatoria para el doble rasero del feminismo doctrinario combinado con el rancio machismo de una izquierda que se cree a salvo de cualquier clase de equidad moral. No habría piedras bastantes en Leganés, ni adoquines en todo el levantado pavimento de Madrid, para lapidar al político de derechas que hubiese osado dirigir contra una adversaria el casposo argumento- -belleza física, cortedad intelectual- -de despechados viejos verdes con que los socialistas han atacado a una mujer que se atreve a desafiarles sin complejos. E NI EN LA VIDA NI EN LA MUERTE P RODUCE un poco de sonrojo comprobar cómo se agasaja con cargo al erario público a una patulea de plumíferos de segunda fila, aprovechando cualquier aniversario traído por los pelos, mientras la memoria de otros infinitamente más valiosos yace arrumbada en los desvanes del olvido. Es el caso de Juan Bautista Amorós, quien firmara bajo el heterónimo de Silverio Lanza, nacido en un día como mañana de hace ciento cincuenta años, a quien los desmañados manuales de literatura suelen despachar sumariamente como un precursor del 98 Silverio Lanza escribía con esa mezcla de sentenciosidad y embarullamiento que caracteriza a quienes piensan por libre y sobre la marcha, introduciendo- -así describió Azorín su escritura- una porción de paradojas, salidas de tono y digresiones estrambóticas Silverio Lanza es un escritor en bruto que, en lugar de mostrarnos las joyas de su taller, vedándonos las virutas y abortos que las precedieron, nos lo ofrecen todo sin desbastar ni deslindar, y así sus obras tienen ese mismo azaroso y mareado aspecto que tienen los bazaJUAN MANUEL res, y también la imprevisibilidad de DE PRADA la vida misma. Toda su obra está llena de la incongruencia de la vida, de sus tropezones y de esos tiros que muchas veces sucede en la vida que salen por la culata escribe Ramón Gómez de la Serna, quizá su discípulo más recalcitrante o entusiasta, que solía visitar a Silverio Lanza, con unción devota, en su casona de Getafe, donde vivía como un ermitaño, consagrado a sus excentricidades y a sus libros, ese archipiélago de rareza que no ha sido reconocido como merece ni en la vida ni en la muerte. De lo cual quizá se sienta orgulloso, pues nada le habría fastidiado tanto como verse agasajado por imbéciles. En la vocación misántropa de Silverio Lanza, en su afán por pertrechar de episodios apócrifos su autobiografía, en su cultivo de ceremonias y disciplinas estrafalarias y en el cobijo de los heterónimos anidaba el propósito, no ya sólo de elaborarse un personaje, sino el de esconderse del mundo. Silverio Lanza quizá haya sido el más feroz de nuestros escritores, de una ferocidad indiscriminada y expeditiva que dirigía por igual contra el clero agropecuario, los funcionarios prevaricadores, el ejército camastrón, los políticos que no vacilan en traicionar sus ideales para perpetuarse en la poltrona, los socialistas (a quienes tilda de holgazanes con pretensiones cursis las mujeres beatas, las mujeres que se resisten a tener hijos, la burguesía cerril y pancesca, la plebe adocenada que traga con las injusticias de sus gobernantes y, en especial, los caciques que convierten España en un mosaico de reinos de taifas regidos por su santa voluntad. Y es que Silverio Lanza era un escritor contra el mundo, como sólo lo son los verdaderos escritores. A partir de 1880, y en apenas una docena de títulos, Silverio Lanza desarrollará una literatura inclasificable y demoledora, infiltrada de un humor vitriólico, salpicada de pintorescas digresiones y concebida desde una atalaya de intransigencia y autonomía moral que no accede a la componenda. Escritor de una abrupta y desorganizada amenidad, provisto de una dinamita dialéctica que convierte sus libros en revulsivos del espíritu y en hervideros de paradojas, aderezados de bíblicos enojos y retrancas misóginas, no es de extrañar que Silverio Lanza suscitara y siga suscitando unánimes rechazos, pues en España el pensamiento no encauzado siempre ha provocado ronchas y sabañones. Fue, como en alguna ocasión lo definió Azorín (quien con frecuencia empleó las páginas de este periódico para declararle su rendida admiración) un hombre fuera del ambiente convencional, enemigo de lo sancionado- -injustamente sancionado- -y, sobre todo, artista que escribía sin pensar en el público, sin halagarle, para sí, según su gusto Es decir, exactamente todo lo contrario que toda esa patulea de plumíferos que hoy se agasajan con cargo al erario público, aprovechando cualquier aniversario traído por los pelos.