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ABC SÁBADO 4 s 11 s 2006 OPINIÓN 3 LA TERCERA EL PERIODISMO AMARILLO Es tanta la fatalidad que desde aquel 11 de marzo de 2004 se ha abatido sobre la sociedad española, que una parte muy importante de ella se niega a admitir que la desgracia haya sido fruto de la casualidad... OR favor, quédate. Tú pon las ilustraciones y yo pondré la guerra El telegrama de William Randolph Hearst, a la sazón editor del New York Journal a uno de sus enviados especiales a Cuba pasará a la historia como el paradigma del periodismo amarillo: si no hay noticias, se provocan y llegado el caso se inventan. Con tal de aumentar la tirada todo está permitido. Desde luego Hearst- -Ciudadano Kane, en la memorable película de Orson Welles- -no fue el inventor del periodismo del escándalo y de la exageración exorbitada de la realidad, pero sí su mejor practicante; después de él su ejemplo, desafortunadamente, ha sido seguido por muchos periodistas y periódicos en todo el mundo. Contra lo que se suele creer la guerra a la que se refería el histórico telegrama no era propiamente la hispano norteamericana, sino la que Hearst quería provocar entre la insurgencia cubana y la metrópoli, España. De hecho, el telegrama fue cursado a principios de 1897 y Estados Unidos no declaró la guerra a España hasta el 25 de abril de 1898, a raíz de la explosión en el puerto de La Habana del Maine, un crucero de la Armada norteamericana. Aunque más de cien años después no están claras las causas de la explosión del Maine y a pesar de que los periódicos norteamericanos pedían a sus lectores que antes de sacar conclusiones esperaran a las pruebas, a Ciudadano Kane y a su periódico el Journal le bastaron dos días para sentenciar a toda página La destrucción del buque de guerra Maine fue obra del enemigo debajo del titular un dibujo del Maine amarrado sobre una mina en el puerto de La Habana y el pie de la ilustración dictaminaba definitivamente: Se cree que los españoles lograron que el Maine amarrara encima de una de las minas del puerto. La mina estaba conectada mediante un cable a los cargamentos de pólvora y se cree que la explosión fue provocada por una corriente eléctrica transmitida a través del cable P negaron a unirse a la cruzada y también atacó a los absolutamente respetables y porcinos ciudadanos que no se unieron a la llamada al combate. Al final de la guerra, la tirada del Journal había superado el millón de ejemplares, por encima de cualquier competidor. os métodos del periodismo amarillo han sido y serán utilizados por editores y periodistas que pongan el objetivo de aumentar la tirada o la audiencia por encima de cualquier otra consideración. Desde luego que para ser Ciudadano Kane no basta con la falta de escrúpulos, también se necesita inteligencia, intuición periodística y mucha suerte. No está al alcance de cualquiera determinar previamente, como hizo Will Hearst, quién es el culpable del crimen y sólo después dedicarse a buscar pruebas que demuestren su hipótesis, mientras reparte mandobles a quienes no la comparten. Los interesados en el desarrollo y la práctica del periodismo encontrarán fácilmente similitudes entre el modelo de actuación de William Randolph Hearst y el Journal en el caso de la Guerra de Cuba, con el que aplican algunos medios españoles en el caso del 11- M. Así como Hearst aprovechó la naciente vocación imperialista de Estados Unidos para provocar la Guerra contra España, aumentar la tirada del Journal y el poder de su propietario, que estuvo a punto de presentar su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos, los practicantes del periodismo sensacionalista tratan de convertir el descontento de una parte de la sociedad españo- L la en aumento del poder e influencia de sus medios. Como es notorio, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero ha aprovechado su exigua y casual victoria electoral de marzo de 2004 para poner patas arriba a España y a la sociedad española. Desde la organización del Estado, a la legislación familiar, pasando por la investigación en embriones o la imposición de sectarios planes de enseñanza, o la apertura de negociaciones políticas con los terroristas y el menosprecio de las víctimas. Es tanta la fatalidad que desde aquel 11 de marzo de 2004 se ha abatido sobre la sociedad española, que una parte muy importante de ella se niega a admitir que la desgracia haya sido fruto de la casualidad. Necesitada de una explicación, prefiere referirse a una conspiración imposible entre moros, etarras, espías españoles, espías franceses y espías marroquíes. Y eso es lo que encuentran en algunos medios que mantienen la llama de la conspiración explicativa: el PP no perdió las elecciones, se las robaron. Así como la explosión y hundimiento del Maine- -con 250 militares muertos- -sólo pudo ser obra de los españoles, el asesinato en masa del 11- M, que provocó tan evidentes y tan relevantes consecuencias políticas, no pudo tener como autores exclusivos unos desarrapados islamistas yihadistas. Hay que investigar, hay que esclarecer los hechos. Para ello no importa que se tenga que acusar de traidores, de conspiradores a todo aquél que no comparte la teoría desde luego indemostrada y probablemente indemostrable: desde un periódico a los jueces, pasando por la Policía y los Servicios de Inteligencia. n todo caso, y a pesar de que resulta del todo comprensible la frustración y el enfado de una parte significativa de la sociedad española, aunque la existencia del periodismo amarillo es fenómeno inevitable en una sociedad democrática, parece cuando menos chocante la actuación de determinados dirigentes del PP empeñados en reducir la acción política del partido a hurgar en un pozo al que sólo aportan caudal chorizos de tres al cuarto y policías chapuceros. ¡Cómo si no hubiera temas de interés ciudadano y político para desarrollar un implacable ejercicio de la oposición! Por supuesto que se debe saber por qué ocurrió el 11- M y quiénes fueron sus autores materiales e intelectuales, pero el futuro de la sociedad española no merece ser enchiquerado en ese barrizal sin salida por virtud del periodismo amarillo. E omo digo, ni el tribunal de la U. S. Navy que designó el presidente William MacKinley, ni estudios históricos posteriores llegaron a una conclusión definitiva sobre el origen de la explosión del Maine, que hoy sigue siendo un misterio, pero ese desconocimiento no fue obstáculo para que el propietario del Journal decidiera que los españoles eran culpables y desplegara una campaña patriótico- belicista a favor de la guerra contra España. Hearst utilizó todo tipo de recursos periodísticos y de marketing, que como no podía ser de otra manera incluían ataques a los periódicos conservadores que se C JOSÉ MARÍA GARCÍA- HOZ Periodista