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ABC MIÉRCOLES 1 s 11 s 2006 CULTURAyESPECTÁCULOS 83 TEATRO Mabou Mines Dollhouse Espectáculo basado en Casa de muñecas de Ibsen s Creación y dirección: Lee Breuer s Escenografía: Narelle Sissons s Vestuario: Meganne George sIluminación: Mary Louise Geiger s Música original y collage de obras para piano de Grieg: Eve Beglarian s Intérpretes: Maude Mitchell, Mark Povinelli, Kristopher Medina, Honora Fergusson Neumann, Ricardo Gil, Margaret Lancaster y Ning Yu (piano) entre otros s Teatro Español. Madrid. Casa de muñecos JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Como el sueño de la razón, el descerrajamiento de las metáforas produce monstruos. Lee Breuer, uno de los fundadores en 1970 de la cooperativa teatral neoyorquina Mabou Mines, cargada de premios y prestigio, propone una lectura política y genérica de la Casa de muñecas ibseniana: si la sociedad patriarcal es un mundo hecho a la medida de los hombres, un universo a cuyas condiciones deben ajustarse las mujeres, una eficaz manera de subrayar esa situación es que los hombres sean enanos- -o personas de talla pequeña, según el eufemismo que la corrección política estadounidense al parecer demanda- -y las mujeres altas. Una propuesta de gran contundencia visual que exige un desarrollo compensatorio que se aparte del realismo para instalarse en los territorios de la tragicomedia o la ópera bufa, al cabo, una domesticación de lo grotesco. Mabou Mines Dollhouse es así una suerte de gran guiñol en el que la vileza moral de Torvald Helmer cuando humilla y trata de empequeñecer a su esposa Nora no hace sino evidenciar aún más su propio empequeñecimiento, su enanez emocional. Cuestión de tamaños y proporciones ajustados a una primorosa escenografía de casa de muñecas, con muebles y puertas diminutos, en la que los personajes femeninos se acomodan como pueden, agachándose y arrodillándose, otra metáfora del sometimiento. Un montaje de tremenda fuerza estética y bien envuelto musicalmente en el que, pasado un cierto rato de representación, la sorpresa desaparece y la función se instala en un ritmo previsible alterado, no obstante, por agudos golpes de humor y divertidas digresiones metateatrales. El trabajo de Mabou Mines desemboca en un brillante final operístico en el que Nora, catando desde un palco, devuelve a su esposo el anillo matrimonial y sus atributos de género, su aguda voz de muñeca que se convierte en grave, toda su ropa y hasta su cabello, desmelenándose literalmente hasta quedar convertida en la cantante calva ionesquiana, para luego dar su célebre portazo. Una escena de El amor de las tres naranjas de Prokofiev, durante uno de los ensayos en colaboración con el Festival de Aix- en- Provence que se apoya en la interpretación de un plantel de cantantes formados en la academia del Teatro Mariinski de San Petersburgo. El trabajo teatral lo firma Philippe Calvario y añade de su cosecha una vuelta de tuerca a lo inverosímil. Por supuesto que ante los ojos desfilan personajes increíbles, gente, mucha gente, y entre ella los trágicos, los cómicos, los excéntricos, los médicos, diablillos, cortesanos, tontos, glotones y guardias, amén del largo reparto plagado de curiosidades. Hay luces sorprendentes de Bertrand Couderc, colores, grandiosos figurines firmados por Aurora Popineau, tan imaginativos como el que muestra el mago Chelio, giros de escenario, trampas en el suelo, fuego de mentirijillas, humo que no ofende y un teatro impecable, rápido, ágil, que mueve las piezas arriba, abajo, dentro y fuera del escenario. Todo trazado con un punto de golfería, a veces con su detalle kitsch, y, a ratos, con su aportación gay. Tan complicado (o eso aparenta la realización) como para que al menor tropiezo la técnica también quiera tener su protagonismo. Sucedió anoche y no quedó más reme- EFE ÓPERA Prokofiev: El amor de las tres naranjas Int. A. Tanovitsky, A. Ilyushnikov, N. Serdiuk, E. Tsanga, S. Smishkur, Vl. Tyulpanov, P. Schmulevich, Coro y Orquesta del Teatro Real. Esc. J. M. Stehlé. Ilum. B. Couderc. Fig. A. Popineau. Dir. escena: Ph. Calvario. Dir. musical: T. Sokhiev. Lugar: Teatro Real. Fecha: 31- X Una propuesta de gran contundencia visual que exige un desarrollo compensatorio que se aparte del realismo Juego de farsa y farsantes ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE De ser un cuento todo sería más sencillo. El príncipe crónico hipocondríaco, la bruja que, en su torpeza, le hará reír, tres naranjas de las que se tiene que enamorar, una princesa que le pone los pies en la tierra, el alfiler que la convierte en rata y un mago que le devuelve la belleza para que despose con el protagonista. Felicidad y perdices. Pero El amor de las tres naranjas es algo más. Un algo absurdo, una locura. Se dice que es drama lírico, amor romántico, que es decir poco, pues con ánimo de intrigar así lo describió su autor: Sergei Prokofiev. Habrá, entonces, que olvidar las palabras y fiarse de los hechos: atender a la obra tal y como acaba de presentarla el Teatro Real. Anoche puso en escena la primera de las nueve funciones previstas, hechas todas ellas a partir de una producción realizada Una escena del espectáculo ABC Hay luces sorprendentes, colores, grandiosos figurines, giros de escenario, y un teatro impecable, rápido y ágil dio que bajar el telón mientras del cielo colgaba la Cocinera. En el ínterin a nadie se le movió un pelo. Y no porque el público estuviera con la boca abierta. Hay que decir que El amor de las tres naranjas ha entrado en el Teatro Real con las alegrías justas y algún hueco en la sala. La de ayer era función de estreno pero en víspera de fiesta. Y ha sido así aun habiendo méritos más que sobrados para que la obra pueda calar en la afición. Para ello, al margen del alarde teatral, está el trabajo musical. El del director Tugan Sokhiev es de gran importancia, lo mejor, pues consigue de la Orquesta Titular un notable grado de incisión y un sonido con cuerpo y hechuras, muy llamativo en los dos primeros actos, que, a veces (tal y como es de rigor en el Real) se desborda un poco. Maneja la obra con pulcritud y lleva a los cantantes con comodidad. En esa línea trabaja el coro, suelto y bien integrado en la vorágine. No menos llamativa es la regularidad con la que se presenta el reparto. Al margen de matices individuales. Así, frente al alicorto Príncipe de Andrey Ilyushnikov, demasiada constreñida la voz por mucho que mejore a lo largo de la obra y manifieste materia lírica, suena resonante el Rey de Alexei Tanovitski, incisivo el timbre eslavo del Truffaldino de Sergey Semishkur o grave la anchura de Yuri Vorobiev transformado por mor del guión en la mencionada y sufrida Cocinera. Pero no se olvide: la culpa la tienen esas farsas