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ABC MIÉRCOLES 1 s 11 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA GUERRA A LA DUCHA UE los ecologistas son por lo general poco aficionados a ducharse es cosa sabida, como lo es asimismo que el Ministerio de Medio Ambiente, a falta de competencias concretas, se dedica a enredar con propuestas extravagantes, al estilo del de la Vivienda y por idénticas razones. Juntos, ecologistas y Ministerio, conforman una coalición retardataria, por no decir reaccionaria, empeñada en modificar las costumbres de una ciudadanía con altos niveles de bienestar. La última ocurrencia de esa pintoresca alianza es el reciente globo sonda IGNACIO sobre la penalización del CAMACHO consumo doméstico de agua por encima de una cantidad (60 litros por persona y día) tres veces inferior a la media nacional, y claramente antihigiénica en un país desarrollado con altas temperaturas habituales. A ver si ahora va a resultar que el problema de la sequía consiste en que la gente se lava demasiado. Este Gobierno no tiene mejor cosa que hacer, por lo visto, que intervenir en la vida cotidiana. Pase que nos quite de fumar y nos enseñe a conducir; va en nuestro beneficio, al fin y al cabo. Pero esto de desincentivar la ducha y la colada, de tratar de devolvernos a la época del lavado de gato y de la camisa usada, es ir demasiado lejos. ¿Ése es el estándar de calidad de vida de la novena potencia económica mundial o una vuelta a la remota autarquía del franquismo? Como la ministra Narbona debe de andar muy ocupada inaugurando desaladoras- -por las que hilan- habrá que preguntarle a esos asesores tan diligentes que dedican su tiempo a escribir cartas a algunos periodistas. ¿Saben estas minervas, por ejemplo, que el agua ya se cobra por módulos y tramos en numerosos consorcios de abastecimiento? ¿Calibran que el consumo urbano no llega al 20 por ciento del total? ¿Conocen el despilfarro subvencionado del riego a manta en amplias zonas agrícolas de España? ¿Tienen planes para frenar la sangría de pérdidas de la red? ¿Piensan terminar alguna de las obras hidráulicas que publicitan después de haber anulado las que contenía el PHN? ¿Por qué las únicas recetas que se les ocurren para ahorrar apuntan siempre al suministro doméstico? ¿Tienen alguna idea para aprovechar el inmenso caudal que vierten al mar nuestros ríos? ¿En qué parámetros han basado ese ridículo y subdesarrollado mínimo vital que pretenden establecer? ¿Han pensado alguna vez en liberalizar las tarifas que tanto les preocupan? No hace falta que contesten todo a la vez. Bastaría con que, antes de formular una propuesta así, los responsables ministeriales se preguntasen honestamente si creen que podrán sacarla adelante en año electoral. Y, sobre todo, que además de escuchar a unos ecologistas de bucólica mentalidad ruralizante, se hiciesen asesorar por sociólogos con mayor conocimiento de los modernos hábitos de desarrollo urbano. Lo último que faltaba es que este Gobierno tan pacifista le acabe declarando la guerra a la inofensiva, reconfortante y placentera ducha. Q EL RECUADRO CAMPOSANTO DE PUEBLO L OS crisantemos nuevos, los nichos encalados, el ciprés de silencio y el pájaro que canta, un albero regado de luto y de mantones, los nombres conocidos en lápidas de musgo, apellidos notables de la villa campera en grandes panteones de ladrillo y de mármol, quizás una escultura del ángel de la vida remata el templo griego de la entrada a la muerte: peristilo de novios caídos en la guerra, de muchachas hermosas que murieron del pecho, incógnitos difuntos de los años del hambre, los párvulos que vuelan en nubes a la gloria, ángeles del retablo, camposanto de pueblo. Descansan muchas cosas en este cementerio. Descansan los recuerdos, descansa casi un siglo que me sé de memoria. En la ciudad me llego a la inmensa metrópolis, los cipreses marcando las grandes avenidas, emes treintas que llenan los coches funerarios, y recorro las calles con sus nombres de santos. Son tan desconocidos como todos los nombres del mármol de estas flores que ha traído noviembre. Quizá los encontraste un día por la calle a éstos que ahora yacen, iguales, ignorados, en la ciudad inmensa del ciprés adosado. Fueron los trajes ANTONIO grises de invierno y de semáforo, peatoBURGOS nes oscuros que esperaban luz verde, clientes de la bulla de enero en las rebajas, o las blancas camisas del verano en la playa, sombrillas ya sombrías, bajamar de la vida, con la arena mojada por lágrimas ya secas, desconocidos muertos, ciudad de los difuntos. Apenas un torero que mató un toro entonces: los gitanos lo llevan en hombros a la gloria, el bronce de un entierro que el tiempo hace más sepia. (Dicen que las columnas de Hércules entonces vistieron lutos negros de cante y de duquelas. Eso apenas conoces en la inmensa metrópolis, la ciudad de los muertos se ha hecho inhabitable, aproximadamente igual que con los vivos. Del panteón del rico no has visto sus haciendas, ni la angustia del hombre que en esta tumba yace. Aunque saque la muerte mayoría absoluta, en este cementerio no conoces a nadie, la ciudad difumina al hombre hasta difunto. En cambio vas al pueblo, a rezar por los tuyos, al pájaro que canta, al solano que llega barruntando la lluvia, a la cal que enjalbega los nichos comunales y es vieja conocida cada muerte en su tumba. Recuerdas aquel año en que esta vieja dama, dueña de medio pueblo, fue campana en la torre doblando todo el día su misa de tres capas, y conoces los nombres de sus fincas, su escudo coronando balcones de herrajes dieciochescos, el salón de damascos y espejos de su casa, el marido lejano que mataron los rojos y el niño que jugaba contigo a la pelota, que todos proclamaban la estampa de su padre, sin que tú por entonces supieras lo que es póstumo. Ahora sí que lo sabes: es póstuma la vida que recuerdan tus muertos, camposanto de pueblo. De este viejo difunto evoco su caballo, sus cuatro mulas tordas enganchadas al carro las tardes que volvía de aventar en la era cosechas de costales con su hierro en la lona. Este párvulo muerto en el año cincuenta, cuando aquella epidemia que diezmó las escuelas, lo recuerdas, tan rubio, con su babi azulina: su mármol es el espejo en que ahora te miras, de milagro no fuiste compañero de banca en la triste primaria de aprender a morirse. Y aquel tan de la tierra, de escopeta y de perro, de tratos en la feria y cantes en un cuarto, de coche hasta Sevilla para ver a un torero, de la silla galápago en su jaca alazana, mil novias imposibles suspirando en la reja y el amor prohibido de la hija de un casero, aquí ahora contemplas: no lleva botas altas, ni lleva ropa inglesa con sombrero de ala ancha, pero su nombre alza su estampa de zahones, con acoso y derribo de hembras olvidadas, quizás enamoradas más allá de la vida. Y bajo unos latines que hablan de San Pedro, miro ahora este nombre: el señor cura párroco que oficiaba novenas y confesaba escrúpulos, y daba el panegírico de agosto a la Patrona, y enterraba recuerdos rezando un gorigori. El mismo que resuena, ciprés, pájaro, fuente, en este camposanto del pueblo de noviembre en donde conocemos los nombres de la muerte.