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ABC LUNES 30 s 10 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA INCONTROLADOS ESCONCERTADO por no hallar explicación a un gesto tan manifiestamente hostil, el Gobierno se agarra como a un clavo ardiendo a la vaga teoría de los incontrolados para justificar el robo de las pistolas en Francia. Se esperaba un comunicado favorable, una respuesta benévola a los guiños y piruetas del Estado ante las exigencias del terrorismo, una compensación que diera oxígeno al presidente tras pasar por el trágala de Estrasburgo, y en vez de eso, justo en vísperas del sainete de la Eurocámara, resulta que lo que llega es un explícito y brutal aprovisionamiento masivo de las armas que se supone están a punto de ser deIGNACIO puestas. En vez de propiCAMACHO ciar la distensión, ETA estira al límite la cuerda del proceso ante un Gobierno perplejo que, sin embargo, persiste en humillarse con la insólita declaración de Zapatero sobre De Juana Chaos, avalando moralmente al más terco de los matarifes de la banda. Pero la monserga de los incontrolados tampoco resulta en absoluto tranquilizadora. Primero porque es difícil de creer, y segundo, y sobre todo, porque aunque fuese cierta sólo empeoraría las cosas. Significaría lo siguiente: que el Gobierno ha cedido en casi todo lo que podía ceder, que está negociando un precio político, que ha aflojado la presión policial, que ha ablandado a los fiscales, que ha ofendido a las víctimas, que ha roto el Pacto Antiterrorista, que parece dispuesto a abrir la puerta a la autodeterminación o a la cosoberanía, que ha hecho la vista gorda a la kale borroka, que ha cabreado a la mitad o más de los ciudadanos, que ha pedido ayuda a Europa, que ha negociado con Ternera, que ha puesto al Estado de rodillas para... ¡tratar de llegar a un acuerdo con media ETA! ¿Y la otra media? Ah, se siente, ésa está incontrolada. Pues menuda tranquilidad. Y menudo negocio. O sea, que vamos a rendirnos, a poner patas arriba la estructura territorial y a pagar un precio moralmente inaceptable para ver si a cambio los señores terroristas tienen a bien perdonarnos la vida, y encima nadie se compromete al otro lado a respetar su parte del abusivo contrato. Hombre, pues no. Lo menos que se puede exigir es que una banda que presume de estar organizada militarmente se haga responsable de su soldadesca. Porque las nucas amenazadas por esas pistolas no entienden de matices de obediencia. En resumen, que si ha sido la ETA propiamente dicha, malo, y si han sido disidentes de su estrategia, peor. En uno u otro caso, ahora hay aún menos garantías que antes de que toda esta gratuita e irresponsable deriva conduzca a algún sitio razonable. Con el agravante de que, además, da la impresión de que la eficacia policial ha descendido considerablemente. En algún lugar próximo a la frontera, trescientas flamantes pistolas escondidas denuncian que lo que de verdad está fuera de control es ese proceso que Zapatero ha abierto sin calcular sus fuerzas. D UNA HISTORIA CON FUTURO SÍ reza el eslogan del primer congreso de Escuelas Católicas de Madrid, que se celebrará en los próximos días. Entre los muchos e impagables servicios que la Iglesia presta a la sociedad española ocupa un lugar primordial su ingente labor educativa. No se trata tan sólo de ponderar las cantidades abultadísimas que la escuela católica ahorra al erario público, sino sobre todo el beneficio no estrictamente material, y por lo tanto no computable mediante cifras, que la escuela católica brinda a la sociedad, actuando como depositaria y transmisora de unos valores que- -hoy más que nunca, cuando fuerzas poderosas anhelan arrojar a las nuevas generaciones a la intemperie- -sostienen los cimientos del entramado social. Hay quienes se figuran patológicamente que la Iglesia la forman unos pocos obispos, o todo lo más una masa informe de curas y monjas barriendo para casa. Pero la escuela católica, como tantas otras manifestaciones eclesiales, es mucho más que eso: la componen, junto a esos curas y monjas y seglares que supieron responder del modo más exigente a la petición de Jesús Dejad que los niños se acerquen a mí miles de maestros que se identifican JUAN MANUEL con esa misión eclesial; la compoDE PRADA nen, también, millones de padres que optan por un tipo de educación concreta, millones de padres que entienden que la formación de sus hijos no sería completa (ni siquiera sería formación en el sentido verdadero de la palabra) si no la animase una vocación de trascendencia, millones de padres que cifran en la transmisión de los valores evangélicos, resumidos en la figura de un Dios encarnado que cambió el curso de la Historia, la supervivencia cultural y espiritual de sus hijos; la componen, en fin, millones de niños que, cuando crecen, desean a su vez para sus hijos la misma educación que ellos recibieron. Y es que la escuela católica es, en efecto, una historia proyectada sobre el futuro, A sostenida por el aliento unánime de muchas generaciones de hombres y mujeres robustecidas por una misma fuerza. La fuerza que proporciona saberse hijos del mismo Padre. Nunca han faltado los ataques de ciertos obcecados que tratan de negar los palmarios beneficios que la escuela católica rinde a la sociedad. Pero la mera elocuencia de las cifras basta para refutarlos: para no abundar en fatigosos ejemplos diremos que, sin ir más lejos, en la Comunidad de Madrid, durante el último proceso de admisión, siete de cada diez padres demandaron para sus hijos una plaza en la escuela católica; no todos, sin embargo, vieron atendida una legítima aspiración amparada constitucionalmente. Durante siglos, la escuela católica ha servido a su misión evangelizadora, acogiendo por igual a ricos y pobres y prestando una dedicación especial a los sectores sociales menos protegidos; ha sido pionera en la creación de asociaciones de padres, en la formación de la mujer, en la atención de orfanatos y centros de formación profesional. Y todo ello, además, sin menoscabo de unos niveles de excelencia educativa que le han procurado la posición de prestigio que hoy indiscutidamente (o sólo discutida por los cuatro obcecados de siempre) ocupa. Pero esta historia cargada de futuro afronta unos riesgos inmediatos que sólo desde la complacencia inconsciente pueden negarse. El principal de todos ellos afecta a la propia identidad de la escuela católica, a la especifidad de su misión, que no es otra que proclamar la eterna novedad del Evangelio. No se trata de una tarea sencilla, en una época que engatusa a nuestros jóvenes con novedades fútiles que no son sino versiones recicladas de los viejos errores. Pero la escuela católica sólo merecerá el futuro que anhela si cada muchacho que pasa por sus aulas sabe responder como Pedro, con un entusiasmo en el que participe cada célula de su cuerpo y cada potencia de su alma, a aquella pregunta que Jesús lanzó a sus discípulos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Entonces estaremos hablando de una historia con un futuro eterno.