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ABC SÁBADO 28 s 10 s 2006 Tribuna AGENDA 59 Jorge Márquez ¿DÓNDE ESTÁ MI DERECHA? UNQUE no me tengo por conservador, sino más bien lo contrario, demando cada día con mayor tesón una derecha política nueva, moderna, vigorosa, centrada e ilusionada en sus objetivos de futuro. Me refiero a una derecha similar a la que a finales de los noventa, sin ir más lejos, gobernaba por deseo de una mayoría de los españoles y que hace apenas dos lustros ejercía una oposición leal y enérgica al ya entonces decadente gobierno de Felipe González. Reivindico para mí una derecha abierta y positiva, que no se amuralle tras micrófonos y redacciones infames, prostituidas por un odio que, dicho sea de paso, llena los bolsillos de los vocingleros como siempre lo ha hecho el amarillismo, en aras de una supuesta libertad basada en verdades a medias y mentiras a enteras con la pretensión de amodorrar las cabezas de la buena gente intoxicándolas, envenenándolas, azuzando la mala leche nacional. Reclamo para mí una derecha serenamente crítica, sobre la que dejen de planear, de una vez por todas, las caras, entre revenidas y perplejas, de la calle Génova en la noche del 14 M; una opción constructiva que recuerde cuántas viudas de víctimas de ETA, momentos después de haber enviudado violentamente, obscenamente, pedían entre lágrimas que su víctima fuera la última; pero que tampoco olvide que las vícti- A Reivindico para mí una derecha abierta y positiva, que no se amuralle tras micrófonos y redacciones infames, prostituidas por un odio que, dicho sea de paso, llena los bolsillos ultra nacionalistas, el país que uno siente como suyo) Exijo una derecha que llegue a gobernar porque sea capaz de ilusionar a los españoles con una propuesta política mejor que la del PSOE, no porque meta el miedo en el cuerpo a media España persuadiéndola de que el PSOE es el demonio rojo que la devolverá a la desintegración medieval. Qué gran y envenenada mentira ésta: si la integridad española fuera tan frágil como algunos auguran, ya habría saltado por los aires varias veces en su historia- -en particular la del XIX- repleta de unas convulsiones sociales y políticas al lado de las cuales la monserga actual, con la perspectiva del tiempo transcurrido, no parecerá más que el desenfoque de una miopía partidista. Clamo, enfin, porunaoposimas no pueden gobernar, porque no han sido elegidas democráticamente por los españoles, sino canallesca y trágicamente por los asesinos. muchos de ellos. Pido una derecha que no caiga en la trampa de utilizar los símbolos institucionales con pretensiones de exclusividad patriotera y bravucona, poniendo bajo sospecha de antipatriotas a quienes simplemente no gustan de hacer ostentación de ellos, y, por tanto, evocando esos símbolos con el tufillo franquista de la derecha ultramontana y resentida, un sentimiento tan alejado de la alegría, la limpieza y el orgullo con que el pueblo libre de prejuicios los exhibe en ciertas ocasiones (por ejemplo, en partidos internacionales de fútbol y similares celebraciones deportivas, espacios donde reivindicar, sin delirios ni fiebres una derecha que entienda que la paz- -o la normalización democrática, si se quiere- -es cuestión de Estado, y que ambos, Gobierno y oposición, tienen la obligación de llegar a un acuerdo, porque es deber de los dos acabar con nuestro único enemigo común: el terrorismo. Y si para ello han de tirarse los trastos a la cabeza, que lo hagan en la trastienda, no en medio de la calle, rodeados de observadores de toda condición y jaez, carroñeros Quiero ción de derechas que mantenga a raya al Gobierno del PSOE, que lo controle, que denuncie sus errores y, si hay lugar, sus excesos; que rellene con propuestas de altura política los huecos y fallas del Gobierno socialista, y, sobre todo, que sustituya el cabreo por la ilusión y la convulsión por la serenidad entre sus propios votantes. Porque la tranquilidad y la esperanza son la mejor garantía de progreso, mientras que la amargura y la crispación son el signo más evidente del retroceso, del de todos. Así que, dado que no me siento precisamente conservador, sino progresista, exijo- -serenamente, claro- -que me devuelvan mi derecha. Agustín Cerezales Escritor LA VENGANZA DEL GALLEGO B José Tono Martínez tiene la ocurrencia de acordarse de mí, sempiterna joven promesa de nuestras letras. ¿Será eso? UENOS Aires. Pequeño volumen de tapas negras. Leído hace un par de semanas, en casa de un amigo, en el sur de España, viene a rondarme la cabeza de nuevo, ahora, en el norte de Alemania. José Tono Martínez pasó varios años en Buenos Aires, como director del ICI. Al cabo de esos años escribió su venganza un ensayo y unas memorias, un diálogo y una introspección, y hasta un relato de suspense, si atendemos al hecho de que deja para el final la explicación de cómo y por qué acabó tan abruptamente su estancia allí. También puede leerse como un balance justificativo del desempeño de su misión. Se me ocurre, incluso, un resumen cruel e insuficiente de lo que podría considerarse uno de los vectores principales de su discurso, al que aludiría la humorada del título: El desargentinizador que la desargentinice, buen desargentinizador será Pero no basta, no es eso lo que me pide ahora ser dicho. El drama identitario de Argentina, la asombrosa deriva de sus comportamientos colectivos, es sin duda materia de interés. Basta con estar en el mundo para sentir curiosidad ante ese enigma, y lo mismo ocurre ante su asombrosa literatura, aunque sea por motivos contrarios. Y en verdad, el libro de Tono aporta datos y reflexiones muy enjundiosas sobre ambos extremos. Ahora bien, me veo obliga- do a incurrir en pecado de impresionismo. Porque de lo que quiero hablar es de la dicción, del ritmo. Un ritmo sostenido, una riada sin desmayo: diríase que oyes hablar al autor, que lo puedes ver ahí encerrado, en una habitación, escribiendo sin parar, recorriendo de un tirón, apasionadamente, todos los colores de su experiencia. Cecea o sisea un poco, gesticula, ríe, se lanza, abre incisos, reanuda, avanza, se recrea en el vértigo de los tiempos vividos, cuyo sentido quiere atrapar en la redoma, y lo ves viéndose a sí mismo aquí, allá, aquel día o tal otro, tomando copas y abordando debates de madrugada, corriendo al despacho, dejándose atrapar por alguna luz, alguna intuición repentina, paladeando festivas conspiraciones o abstrayéndose en gravedades consecuentes, alegrándose o entristeciéndose aunque no lo diga... Sí, es bello el engaño a los ojos, es completo. No se ve la construcción, ni se adivina. La prosa fluye, cargada de objetos, de realidades objetivas, de historicidad presupuestada, pero por dentro corre, y mueve aguas, la rica iridiscencia de la vida íntima. Pequeñaconfesión: casialfi- nal del libro, a la hora de volver, de mirar hacia España y sus escritores, José Tono Martínez tiene la ocurrencia de acordarse de mí, sempiterna joven promesa de nuestras letras. ¿Será eso? No, no lo creo. Más bien me inhibiría. Empieza a llover, el aire mueve sus preguntas en las copas de los tilos. Y el aire mismo me trae la respuesta, el por qué leí aquel libro en una tarde, por qué me ha vuelto hoy a la cabeza: es el libro de un escritor, es un libro que se creía ensayo, tam- tam, memoria, aviso para navegantes, pero que simplemente fue escrito bajo un incitante, salvífico manto de poesía.