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ABC SÁBADO 28 s 10 s 2006 OPINIÓN 3 LA TERCERA VÍCTIMAS SIN MEMORIA Hay quien prefiere olvidar que las víctimas del terrorismo son personas de carne y hueso. Todos eran inocentes: los designados por su propio apellido y los que pasaban por allí un día cualquiera. Recuerdo adulterado por una sociedad indolente, que mira para otro lado y baja la guardia... AMNATIO memoriae En la antigua Roma, condena formal que recae sobre un patricio difunto: ruina de lápidas y efigies; nombre prohibido para los descendientes; destrucción de los objetos personales. Ante la ausencia de un sentido trascendente, es la pena más grave que cabe imaginar: los grandes hombres perviven en su fama y superan así la corrupción del cuerpo. Infierno para un ciudadano virtuoso. Venganza de unas facciones sobre otras. Estigma para los enemigos de la res publica A día de hoy, es una manera de borrar los malos recuerdos. Hay quien prefiere olvidar que las víctimas del terrorismo son personas de carne y hueso. Todos eran inocentes: los designados por su propio apellido y los que pasaban por allí un día cualquiera. Recuerdo adulterado por una sociedad indolente, que mira para otro lado y baja la guardia. Quizá sea excesivo hablar de miedo. Tal vez es pura mediocridad mezclada con una notoria falta de hondura personal. No somos los únicos, si eso sirve de consuelo. Sabemos desde Hobbes que nadie soporta el miedo latente, la tensión sin tregua frente al enemigo imprevisible y oculto. Es más cómodo buscar excusas. Descargo de conciencia contra riesgos que amenazan una prosperidad reciente, no siempre bien asimilada. Entre otros males, llega la perversión del lenguaje: paz, diálogo, tolerancia y muchas otras palabras adquieren el significado evanescente que anuncia- -entre sonrisas y esdrújulas- -la cara oculta de la política posmoderna. Un mundo de falacias y ficciones. D M V amos a utilizar el velo de la ignorancia. Olvidemos las consignas partidistas y los intereses particulares. Somos seres humanos hablando de otros seres humanos. Estamos dotados- -en teoría- -de razón y sentimientos. El hombre es un animal político, decían los griegos, y alcanza su perfección cuando vive en la polis Pierde esa naturaleza si se comporta como una bestia salvaje. Constituye un fin en sí mismo y nunca puede ser utilizado como un medio. Para quienes prefieran ignorar el mensaje de Cristo, ahí está la ética de Kant o cualquier doctrina humanista digna de tan honroso nombre. Cientos de vidas sacrificadas, fallidas, irrepetibles. Miles de padres, hijos, hermanos, amigos, afectados para siempre por una pérdida que nunca puede ser compensada. Un ser humano no es un bien fungible, no admite cambios, devoluciones o sucedáneos. Las víctimas se escriben así, con minúscula y en plural: no son sólo un colectivo, una asociación o un actor más o menos activo en un juego de estrategias. Entre ellas hay gente de todas las ideologías, y también de ninguna. Ancianos y niños, civiles y militares, hombres y mujeres, ricos y pobres, élites y masas. La mayoría, cabe sospechar, forma parte de esa inmensa clase media, núcleo de la estabilidad social, que paga con sangre el tributo de su prosperidad relativa. Buenas gentes machadianas que viven, pasan y sueñan... pero- -por desgracia- -no descansan bajo la tierra en un día como tantos. Ni siquiera les ayudamos a descansar en paz. anifiestos, escritos, comentarios, discursos... decía otro poeta español. Debate en Estrasburgo, asunto incómodo para un Parlamento todavía en busca de autor. Análisis sesudos sobre causas y consecuencias. Personajes nimios (algunos, infames) alcanzan un protagonismo que no merecen. Otros hacen lo único que saben: por ejemplo, robar pistolas. Occidente se enfrenta con el terrorismo global que plantea un desafío geopolítico de dimensión planetaria. En cambio, el cáncer de la democracia española sigue siendo un terrorismo de corte localista y retórica arcaica. Cuando nos alcanzan las secuelas del Espíritu de la Epoca, preferimos buscar dentro de casa. Son los residuos de un particularismo atávico. El éxito de la España constitucional es nuestra mejor aportación a la libertad política, demasiadas veces maltratada. Sin embargo, nada es suficiente para apaciguar a quienes niegan la condición del pueblo español como titular del poder soberano. Dicen que contamos con una democracia de baja calidad porque no reconoce imaginarios derechos nacionales de origen antediluviano. Hablan sin pudor de conspiración de los jueces contra el proceso. Otras veces, si les conviene, les reclaman que sean sensibles a la realidad social Penosa forma de interpretar la división de poderes y el Estado de Derecho. Lo peor es siempre la falta de principios. Acusar a la mitad de los ciudadanos de situarse fuera del sistema es el deporte favorito de quienes han pactado y quieren seguir pactando con partidos que rechazan la forma de Estado y la forma de gobierno. Para colmo de males, tenemos otro frente abierto: impedir el secuestro de una causa justa por los que pretenden someterla a su interés particular. Nación de contrastes. La bolsa sube, la economía crece, las empresas compiten al más alto nivel. Quiebra, en cambio, la moral pública, sea por sectarismo, miopía o desinterés. Es probable que lo paguemos caro. Es posible que sea pronto. Lo peor, insisto, es el desprecio a las víctimas. Seres humanos ante todo y sobre todo, más allá del partidismo y las conveniencias, incluso de sus propios errores y servidumbres. No todos aciertan a la hora de expresar su voz en público. No son políticos, ni quieren ni pueden serlo. Hay un triste argumento que se repite mucho en los últimos tiempos: en otros países, las víctimas han quedado al margen de los procesos de pacificación Ya decía Ortega que, en nombre de la Humanidad, es fácil ignorar a las persones reales. Curiosa paradoja: la sociedad de masas destruye la intrahistoria la vida de los seres invisibles condenados a desaparecer en la democracia mediática. Silencio comprado- -en el mejor de los casos- -con pequeñas ventajas materiales. Una sociedad sanamente constituida no puede olvidar la verdad. La ruptura material del pacto antiterrorista desquicia la fuente de legitimidad moral de la democracia española, aquello que nos hace mejores y más fuertes. Parece que ha pasado un siglo: la nación, por medio de sus representantes (entre ellos Zapatero, líder entonces de la oposición) reconocía una deuda de honor. Ahora no están de moda. Dicen que buscan venganza, que no quieren ser flexibles, que no entienden el conflicto político. Lo cierto es que son héroes muy a su pesar, otra especie singular en este siglo XXI que hace suyo sin reparos el espíritu de contradicción. Tenemos naciones sin ciudadanos; globalización sin cosmopolitas; patriotismo sin banderas y sin himnos. Tampoco queremos reconocer a las víctimas como ejemplo de virtud cívica. Resulta molesto escuchar la voz de la conciencia. R espeta los límites reclama el sabio en el templo de Delfos. Buen motivo de reflexión para el presidente del Gobierno. Antes de hablar sobre precios políticos, jurídicos o sociales, hay que saldar una deuda pendiente con las víctimas. Una por una, sin mayúsculas, ni siquiera a través de personas jurídicas interpuestas. Todos tenemos una contribución que pagar. El contraste es demoledor. Una falsa memoria colectiva justifica la creación de una especie de Ministerio de la Verdad orwelliano sobre la guerra civil y el régimen de Franco, que incluso expedirá certificados ad hoc En cambio, el viento y la desmemoria nos cubren de chapapote moral ante los perdedores del presente, los que más sufren aquí y ahora. Hay que reacionar, aunque sea por egoísmo y no por altruismo. Una sociedad que pierde el respeto por sí misma está destinada al fracaso. El hombre- masa condena la excelencia, pero no puede impedir que haya buenos y malos, mejores y peores, gentes dignas de admiración y otras que sólo merecen desprecio. Los clásicos ayudan siempre a expresar el pensamiento. Así lo cuenta Diógenes Laercio. Un día, los dioses ofrecen a su filósofo y matemático favorito cualquier cosa que les quiera pedir, excepto la inmortalidad. He aquí la respuesta precisa de Pitágoras: mi único deseo es acordarme de todo BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas