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ABC JUEVES 26 s 10 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL PARTO DE LOS MONTES M PUTIN, NI UN GRAMO DE HONOR N O entramos en las anécdotas. No nos interesan el machismo de Vladimir Putin, su aplauso al presidente de Israel ni sus desplantes a los jefes de gobierno europeos. Vamos al fondo de la cuestión: un jefe de Estado que no garantiza la vida de sus ciudadanos ha incumplido su primera función. Los 261 periodistas y 132 banqueros asesinados en estos ocho años muestran el fracaso. No menos de 5.000 asesinatos por encargo se llevan a cabo cada año en Rusia. Putin llegó al poder en 2000. En seis años, Rusia ha reafirmado su posición en algunos frentes. Crecimiento anual de 6 por ciento desde 2002, sobre todo por el alza de los hidrocarburos. Negociación para ingresar en la OMC. Pago de casi todas las deudas del Estado. Rublo convertible. Pero antes, mucho antes, un Estado ha de mantener el imperio de la ley y la seguridad básica dentro de su territorio. El control del territorio es esencial. Putin ha trivializado los últimos asesinatos, el de la periodista Anna Politkóvskaya o el del vicegobernador del Banco emisor, Andrei Kozlov. Insinuó que formaban DARÍO parte de una campaña de desprestigio VALCÁRCEL de Rusia. Pero no dijo cómo iba a hacer frente al peligro. O bien Putin no tiene interés en defender las vidas de sus conciudadanos, y en ese caso Rusia evolucionará hacia una nueva dictadura, o bien el desbordamiento de la Policía es tal que no puede controlar los asesinatos. Esto último es dudoso. Los asesinatos por encargo, un hábito establecido, han roto en Rusia el contrato social. Repetimos: todo gobernante obtiene la raíz de su legitimidad de la capacidad para defender la vida de los gobernados. La transición rusa se salda hoy con ese fracaso. En 1991, Boris Yeltsin, un tipo mercurial, mutó su personalidad a poco de ocupar la presidencia para convertirse en un borracho y un ladrón. Aceleró el paso desde la total centralización del sistema soviético al capitalismo más descontrolado y salvaje. Como resultado, el desorden reina hoy en Rusia. No intentaremos resumirlo en un artículo de periódico, pero el principio básico de igualdad ante la ley o el derecho al habeas corpus han dejado de existir. Al llegar al poder, Putin encontró instalada la desagregación, la entropía. Ha nacionalizado o regulado tres frentes, los hidrocarburos, los canales de financiación exterior- -para extraer más petróleo y gas- -y los grandes recursos minerales. En lo demás, el desorden reina, como prueban los continuos asesinatos. Daniel Vernet, un analista moderado, emite en Le Monde un severo balance: Putin es un gobernante anterior a la Ilustración. Su concepto del Estado es contrario al que Gorbachov quiso instaurar con la perestroïka. Putin gobierna en provecho de un clan, no de 140 millones de rusos. Para él, el Estado es un instrumento de amenaza, al que los rusos deben sumisión. El racismo oficial se ha instalado. En último término, la canciller Angela Merkel, el presidente Jacques Chirac, el primer ministro británico Tony Blair o el jefe del Gobierno italiano Romano Prodi son líderes controvertidos, pero su trabajo de gobernantes no es ajeno a un cierto sentido del honor. Por mucho que dudemos de la capacidad del presidente Bush, ¿cómo negar que América tiene a su espalda 230 años de vida democrática? ¿Cómo desconocer la fuerza de la rule of law y las libertades constitucionales? La situación de Rusia es otra. Putin es de una especie distinta, no humana: un antiguo agente del KGB sin un gramo de honor. El presidente ruso cree disponer de una creciente capacidad de presión sobre Europa, necesitada de petróleo y gas. Pero los mercados son poderosos, flexibles. Canadá, Qatar, Irán, Argelia o Noruega podrán resolver las necesidades europeas durante 20 años. La biomasa, la energía nuclear, eólica o solar y los futuros desarrollos- -quizá el reactor termonuclear ITER- -dan esperanza a los europeos: les permiten mirar hacia adelante con mayor firmeza, siempre que permanezcan unidos en sus negociaciones energéticas. IRABA Zapatero en derredor buscando un alma cándida a la que encalomarle el empeño de la candidatura de Madrid, que Bono le había devuelto hecha unos zorros, como el Tenorio le hizo a Don Luis Mejía con Doña Inés: imposible la hais dejado para vos y para mí De la Vega silbaba leyendo los sms de las feministas, Rubalcaba no despegaba la oreja del móvil, Narbona veía llover pegada a la cristalera, Solbes descifraba sudokus sin levantar la cabeza. En eso que entró en el despacho el asesor Miguel Sebastián, IGNACIO tan tranquilo, con unos CAMACHO papeles sobre la ley hipotecaria. El presidente lo miró de arriba abajo, calibró unos segundos y le preguntó como el que no quiere la cosa: Oye, Miguel, ¿tú de dónde eres? Bastaba contemplar ayer el entusiasmo perfectamente descriptible y la sonrisas forzosas que rodeaban la presentación del inesperado rival de Gallardón- -ay, esa carita de Simancas... -para comprobar que Zapatero ha echado mano, no del primero que pasaba, sino del último al que podía recurrir, descartado algún ordenanza de la Moncloa. Una forma como otra cualquiera de tirar la toalla, que probablemente le habrá costado la promesa de compensar a Sebastián por su más que previsible derrota con ese ministerio que soñaba antes de que su jefe se decidiese por el valor seguro y la confianza de un Solbes en retirada. Porque si hay un perfil alejado del candidato estrella, del aspirante con pegada y popularidad que había prometido el presidente para reñir la batalla de Madrid, ése es el de este fontanero monclovita al que ha tenido que recurrir como improvisada solución de emergencia tras una bochornosa ristra de calabazas y fracasos. Economista brillante y leído, dueño de un cerebro más que bien amueblado, aficionado a la ingeniería política y a las conspiraciones de salón, Sebastián es el clásico cabeza de huevo a la americana, que parece escapado del casting de El ala Oeste un diseñador de estrategias sinuosas y alambicadas operaciones de trastienda... completamente alérgico al toma y daca de la liza electoral. Sobre todo en un ámbito como el municipal, donde es preciso patearse los barrios calle a calle, departir con los vecinos a pie de portal y transmitirles la sensación incontrovertible de que no tiene uno preocupación más importante e inmediata que arreglarles la acera o poner un semáforo para que los niños crucen a la escuela. De modo que, de no mediar la fuerte tormenta, ayer habrían podido lanzar cohetes de verbena en la Plaza de la Villa. El único peligro que tiene ahora Gallardón es que se le desmovilice el electorado, confiado en una victoria que hasta parece dar por segura el adversario. Por eso decía el alcalde que el verdadero candidato es Zapatero. Pero la realidad es que, tras la ruidosa agitación telúrica de las cordilleras socialistas, los montes han parido un coqueto, elegante e inteligente ratón... de biblioteca.