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ABC LUNES 23 10 2006 79 Deportes El Real Madrid supera al Barcelona (2- 0) en el Bernabéu y se coloca a sólo dos puntos de los azulgrana en la Liga Fernando Alonso celebra con todos los miembros de su equipo el bicampeonato del mundo AFP Alonso se sucede a sí mismo El español logra su segundo título y Schumacher brinda una memorable carrera en su despedida JOSÉ CARLOS CARABIAS ENVIADO ESPECIAL SAO PAULO. El camino acabó en un plácido lago, rodeado de palmeras y paz. Un idílico paisaje con la segunda corona al fondo del sendero. Nada que ver con el volcánico primer título, aclamado al grito de ¡toma, toma, toma! crujir de tornillos, sensaciones de revancha y chirrido de dientes en la celebración rabiosa. Fernando Alonso tiene 25 años y dos campeonatos del mundo de Fórmula 1. Y ha atemperado su espíritu. Es algo más que un crack, un fantástico conductor que gana o cualquier otro apelativo que se le quede pequeño. Es el gobernador de un mundo tremendo, polarizado por los intereses y el dinero de los principales motores de la economía mundial: los coches. Está en la cima. Y desde ahí se sucede a sí mismo. Repite euforia por encima de la adversidad y, sobre todo, por encima de Michael Schumacher. Su carrera fue memorable en Interlagos, a la altura de su historia, pero el que ganó, el que manda, es Alonso. Conviene un análisis en perspectiva para comprender la dimensión. Las principales fortunas del universo se juntan en los circuitos, mueven millones con el canapé en la mano, deciden el destino de trabajadores, empresas, países con la credencial colgada del cuello en un mundillo que vive del decorado, las buenas formas, la amabilidad por un lado y el puñal por el otro. Y la estrella de la pasarela se llama Fernando Alonso, 25 años, hijo de un currante de una fábrica de explosivos y una trabajadora de El Corte Inglés. Por ahí habría que interpretar el señuelo de su éxito. Unas formidables condiciones para la conducción, pero sobre todo, una mentalidad pétrea, inconformista, que le ha llevado a hacer de su vida un desafío. Alonso necesita a los elementos en contra, un pasado sin ayuda según él, un adversario formidable como Ferrari en esta edición. La carrera retrató la Fórmula 1. Hi- pocresía políticamente correcta. Dijo Schumacher que no le molestasen, que si sabían contar no contasen con él, que su única dedicación era el título de constructores. Pero el elixir de la victoria es la principal motivación (superior al dinero) de esta gente, criada para ganar por encima del escrúpulo. Schumacher se lanzó a una persecución desaforada desde la primera curva y no se detuvo en la senda de su sueño de retirarse como campeón a lomos de una carrera memorable. Lo mejor de lo mejor. La carrera perteneció enteramente a Michael Schumacher, mientras Alonso conducía con el brazo en la ventanilla mimando el R 26 como si fuese un bebé y Felipe Massa se encaminaba hacia una victoria populista. Ningún brasileño vencía en Interlagos desde Ayrton Senna. LO MEJOR LO PEOR Todo perfecto para los intereses de Fernando Alonso, que pudo pilotar con tranquilidad El reventón de la rueda del Ferrari de Michael Schumacher rompió la carrera muy pronto Schumacher pinchó en la vuelta nueve después de jugarse la perilla en una adelantamiento bestial a Fisichella. Apuró tanto que reventó una rueda. Hasta luego, se escuchó en medio mundo. El alemán, sin embargo, ajustó su cerebro a su coraje y cabalgó como un titán sin arrodillarse. Salió el último del garaje en la vuelta 10 a setenta segundos de la cabeza y dictó un curso de pilotaje durante 61 giros. Luchó contra los otros, Sato, Yamamoto, Monteiro, Liuzzi, realizó adelantamientos salvajes, sobrepasó pilotos como quien pela naranjas y en la vuelta 51 estaba sexto, detrás de Fisichella, Raikkonen, Button, Alonso y Massa. Hubiera bastado para redimir el pinchazo, pero quiso más. Se despidió al nivel de su leyenda. Sacó de la pista a un Fisichella potente, pero finalmente débil. Y rebasó a Raikkonen en el adelantamiento del año, insistente por el interior, a un centímetro de su rueda. Gestionó vueltas rápidas, se merendó a los mejores, voló desbocado y acabó cuarto, sin título, sin triunfo, pero con gloria. La que corresponde al tipo sepultado por el nuevo gobernador, Fernando Alonso.