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50 LUNES 23 10 2006 ABC Cultura y espectáculos Vivieron bajo la aureola del escándalo. Cuando él murió, ella quiso quedarse a solas con el cádaver y se tumbó junto a él, que estaba gangrenado. Un libro desnuda a Jean Paul y Simone Sartre y Beauvoir, un amor existencial TEXTO: TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO MADRID. Trabajaremos mucho, pero llevaremos apasionadas vidas de libertad Estas palabras fueron dichas por Jean Paul Sartre a Simone de Beauvoir, y a fe que lo cumplieron. En Sartre y Beauvoir. Historia de una pareja (Lumen) su autora, Hazel Rowley, deja claro que su libro es la historia de una relación, y aunque, naturalmente, no obvia la vinculación de la legendaria pareja con el existencialismo, ni el compromiso de ambos como escritores, sí manifiesta que su obra acoge la historia de una relación. Lo que se deduce de la lectura es que separar, como ellos hicieron, lo intelectual de lo sentimental resulta difícil, porque a pesar de que en lo concerniente a lo primero dijeran cosas absolutas sobre lo segundo, hubo demasiadas contradicciones. Entre ellos existió un grado de dependencia distinto al de parejas convencionales, pero la hubo. Se comprometieron a contarse el uno al otro todo cuanto sucediese en sus vidas privadas- -lo que llamaron amores contingentes De este modo, el autor de La náusea le confiaba a la autora de El segundo sexo una mujer no nace sino que se hace escribió ella- su pasión por las jovencitas que caían entre sus brazos, y por algunas de las cuales sufrió intensamente. Simone hacía lo mismo y desvelaba a Sartre su intimidad, pero la verdad es que, en más de una ocasión, se sumergió en un mar de lágrimas. Cierto es que, también, compartieron amantes como Bianca Bienenfeld. La cuestión es que los dos vivieron bajo la aureola del escándalo. ra de La fuerza de las cosas que dejó de creer en Dios a los 19 años y encontró en Sartre el hombre que la enseñó a seguir el camino que se había trazado. Se dijeron que el amor que sentían era esencial que eran almas gemelas y que su relación duraría toda la vida, pero había un precepto a cumplir: el no a la monogamia. En lo intelectual eran una piña ya desde los tiempos de la Ecòle Normal, cuando reflexionaban sobre el Discurso de metafísica de Leibniz. Entre los amores de Beauvoir, que en ocasiones mantuvo relaciones lésbicas (la verdad es que algunas de sus alumnas se echaban en sus brazos) destaca el que sintió por el escritor norteamericano Nelson Algren, a quien escribió apasionadas cartas de amor, pero nunca, al igual que Sartre hizo con ella, dejó su relación primordial, incluso en tiempos en que la cuestión sexual se borró de sus vidas. Ella disfrutó de su relación con mujeres jóvenes: Nathalie Sorrokine, entre otras, pero podría destacarse la que mantuvo con Sylvie Le Bon, a quien dio su apellido y nombró su albacea testamentaria. Sartre, de entre sus múltiples relaciones, convirtió a Arlette Elkaïm en hija adoptiva, para desesperación de sus otras amantes, a las que seguía manteniendo. Elkaïm Sartre se portó de modo cruel Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir con la autora de Diario de guerra Tras la muerte del filósofo no recibió ni un objeto como recuerdo, aunque lo solicitó a través de amigos. La respuesta fue: Si lo desea que lo pida ella El Castor guardó silencio y lloró hasta caer enferma. Arlette, en la actualidad, vive tras un muro de silencio siendo como es la depositaria de la obra sartriana y de sus inéditos. Se ha negado, por ejemplo, a hablar, cosa habitual, por otra parte, con Hazel Rowley, Una familia formada por amantes, ex amantes y amigos Notre Dame de Sartre no aceptó casarse con Algren, pero Sartre se lo propuso a dos mujeres: a Zonina y a Dolores Vanetti, que no se mostró dispuesta a compartirlo. Cuando Simone supo de esta propuesta, algo que Sartre no le confió esquivando así el pacto de la transparencia acudió a un almuerzo con la pareja en el que se quejó de dolor de garganta. No había tal. Sufría por amor y se sentía incapaz de probar bocado. Dolores fue la única que le dio miedo, porque era hostil El seductor de jóvenes no soportaba que lo rechazaran, aunque nunca entregó más que su cuerpo, excepción hecha del Castor. Con amantes, ex amantes y amigos- -entre otros, Pierre Victor y Jacques- Laurent, que se enamoró de Olga K. constituyó lo que llamó la familia en la que estaba incluida Beauvoir. Las relaciones que el autor de A puerta cerrada mantuvo con las hermanas Kosakiewicz, Olga y Wanda; Michelle Vian, esposa y luego ex de Boris Vian, y un ardoroso etcétera, no fueron dadas por terminadas en el territorio del cuidado y la amistad. El escritor hacía lo que llamaba obligaciones oficiales o ronda médica Así, a Evelyne la veía una hora y media tres veces a la semana; a Wanda, ya con 44 años, dos horas tres veces por semana, y así con otras. ¿Remordimiento? ¿Afecto? Sólo él podría contestar. El Castor decía que durante 30 años, únicamente una vez se fueron a dormir enemistados. Quizá resulte extraño que nunca pensaran vivir juntos. Cuando en 1962 enemigos de Sartre quemaron su apartamento, él compró otro, que compartió con su madre y, en su día, otro para Wanda, que luego se compró otro. Se la llamó, intentando ofenderla, de todo, pero los que lo hacían, ignoraban lo que sentía: La vida hunde sus dientes en mi corazón Beauvoir era tan deportista que podía hacer 40 kms. al día, e hizo 250 viajes a diferentes Universidades de todo el mundo. Lo que sí está claro es que tanto el uno como el otro eran trabajadores incansables. Trabajaban sin comodidad, porque, según Sartre, los asientos cómodos corrompen. Para ambos era fundamental la tarea a la que entregaron sus vidas. Beauvoir y Sartre están enterrados en el cementerio de Montparnasse, en tumbas contiguas en las que nunca faltan flores, pero ella se llevó puesto el anillo que le regaló Algren. El amor absoluto y los secundarios Beauvoir, antes de conocer a Sartre, había pensado en casarse y tener hijos. La dote de la que carecía bien podía suplirla su belleza y su elegancia. (La inteligencia, entonces, no se contaba como patrimonio de la mujer, aunque la de ella fue excepcional) Era muy amiga de René Maheu, que fue quien la llamó el Castor Sartre se empeñó en conocerla y la reconoció como la Valkiria pero el apelativo de Maheu fue finalmente reconocido por el autor de El ser y la nada y así la llamó hasta que la muerte de él los separó tras 51 años de relación. Nunca vivieron en la misma casa. Se pasaron años, 18, en hoteles, pero en habitaciones separadas. Sin embargo, consideraban su amor absoluto los demás eran secundarios. Declaraba la auto-