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ABC LUNES 23 10 2006 Internacional 27 CINCUENTA AÑOS DEL LEVANTAMIENTO EN HUNGRÍA MIGUEL TORRES Don Juan Carlos es uno de los prominentes huéspedes que celebran los 50 años de la revolución húngara. En la imagen, el Rey de España, ayer, en la Ópera de Budapest, con Harald de Noruega (izda. y el presidente magiar, Laszlo Solyom allí un tiempo de refugiado, pero conseguí enseguida abrirme paso como futbolista dice en conversación con este periódico. De tal manera que le fichó el Viena. Y después el Grenoble. Y después el Atlético de Madrid. Toht Zele procede de una ciudad a 120 kilómetros de Budapest, de Eger. Allí, a los 17 años, ya había sido internacional juvenil de fútbol. El 23 de octubre de 1956 subí a Budapest. Posteriormente, como tenía carné de conducir, viajaba a Budapest a darles de comer a los revolucionarios, en camiones que les llevaban alimentos desde los pueblos. También me cogió en Budapest la entrada de los tanques soviéticos Toht Zele fue uno de los refugiados que fueron alimentados gracias principalmente a la generosidad de Austria y otros países europeos. Estuvo un tiempo en un colegio de la Reinergasse, que voy a ver siempre que paso por Viena de camino a Hungría Tras la revolución de 1956, tardé mucho tiempo en volver a Hungría Trece años. Ya se había casado con una española y tenía la nacionalidad española. Temía las represalias que podría sufrir por parte de los comunistas. En España se ha sentido siempre bien. Tiene una empresa de importación de plumas de oca. Considera que fue un fallo tremendo del actual primer ministro húngaro el que mintiera, ocultando la situa- EPA ción mala económica que atraviesa su país. Pero Hungría es ahora un país democrático y resolverá democráticamente las cosas Tiene 3 hijos. Una chica, que es periodista y trabaja de azafata en Iberia; un chico de 30 años que es economista y trabaja en Endesa, y uno de 28 años que es músico. Todos hablan húngaro un poco, pero lo más sorprendente es que mi mujer también habla bastante húngaro Hasta tuvo la fuerza de voluntad de seguir cursos en Alcalá de Henares de esa lengua tan extraordinariamente difícil. Ferenc Lantos no es tan locuaz como su compatriota Ferenc, pero al final accede también a compartir con ABC algo de sus experiencias. Tiene 79 años y es arquitecto. Salió de Hungría en noviembre de 1956. Estuvo primero en Inglaterra. En 1962 fue cuando fijó su residencia en España. Ha vuelto mucho a Hungría. La última vez hace dos semanas. Ve problemas económicos pero sin dramatizar. Eso sí, también confiesa que no le gusta el primer ministro que ahora tienen. Ha sido profesor en la Escuela de Arquitectura de Madrid y su hija habla húngaro perfectamente, y seis idiomas más. Según Francesca Fontanini, del ACNUR (Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados) Lantos y Zele son los únicos húngaros vivos residentes en España que salieron de su país tras la revolución de 1956. n este 23 de octubre se cumplen cincuenta años del levantamiento popular en Hungría contra la Unión Soviética. El sueño de libertad duró apenas trece días, hasta que fue masacrado en la más sangrienta represalia ejercida por Moscú contra un país que formaba parte, a la fuerza, del imperio soviético nacido de la segunda guerra mundial. El discurso secreto de Kruschef ante el XX Congreso en febrero de 1956 sobre el culto a la personalidad y sus consecuencias fue interpretado en la Europa oriental como el comienzo de un antiestalinismo que iba a alcanzarles a todos. Las reacciones más fuertes tuvieron lugar en Polonia y en Hungría, países en los que la lucha por la independencia era una constante mantenida durante siglos. Pensaron que la muerte de Stalin tres años antes y el proceso de revisión emprendido por Kruschef iban a permitirles recuperar la libertad y los signos de identidad nacional. El primer chispazo fue la insurrección polaca en Postdam en junio de aquel año 1956, que se libró sin embargo del baño de sangre de Hungría por la actitud funambulista de Wladislaw Gomulka, que supo navegar entre las reivindicaciones de su pueblo y la obediencia a la URSS. Pocos días antes de la insurrección húngara, el 6 de octubre, se había producido en Budapest un acto fúnebre en honor de un héroe nacional, Laszlo Rajk, ejecutado en 1949 por el estalinista Matyas Rakosi. Una manifestación estudiantil se pone en marcha el día 23 con el propósito de entrar en Radio Budapest para leer un manifiesto a favor de la libertad de expresión y de cultos. La Policía dispara contra los estudiantes. Al día siguiente todo el pueblo se lanza a la calle reclamando elecciones libres, independencia económica y restablecimiento de los símbolos y las fiestas nacionales. Las masas lo invaden todo. Diez mil soldados soviéticos entran en Budapest, pero son incapaces de contener a las masas. Cae el primer ministro y jefe del partido comunista húngaro, Erno Gero, y asciende al poder Imre Nagy, purgado poco antes, que se dispone a negociar con Moscú la retirada de las tropas soviéticas, la salida del Pacto de Varsovia y la concesión de una neutralidad para Hungría similar a la que disfrutaba Austria. La respuesta de Kruschef es la entrada en Budapest de doscientos mil E soldados en diecinueve divisiones blindadas. El heroísmo húngaro es brutalmente aplastado. Los jóvenes se lanzan debajo de los carros de combate con botellas de gasolina y con barras de hierro para trabar su marcha. La opinión pública mundial no comprende la inmovilidad de la OTAN ante la bárbara agresión soviética, pero las reglas de la guerra fría- -cada una de las partes podía hacer lo que quisiera dentro de su campo de acción- -no permitían la intervención. El general Pal Maliter, un héroe nacional que ha asumido la cartera de Defensa con Imre Nagy, marcha al encuentro de los rusos para negociar. Desaparece y es fusilado dos años después. El 4 de noviembre, fecha de la entrada de los blindados soviéticos, marca el comienzo del final de la resistencia, que aún alienta durante una semana. Imre Nagy se refugia en la embajada yugoslava, de la que sale con un salvoconducto que no le sirve para nada. Es detenido por los soviéticos y trasladado a Rumanía, donde también es fusilado en 1958. Ocho años más tarde, en 1964, y también en el mes de octubre, caía Kruschef. Dejó escrito un libro, Kruschef recuerda, publicado en 1970, coeditado en nuestro país por Prensa Española, en el que quien fuera durante once años primer secretario del partido comunista de la Unión Soviética da una versión absolutamente repugnante de su ataque contra Hungría. Ayudando al pueblo húngaro a aplastar la contrarrevolución- -escribe Kruschef- evitamos que el enemigo menoscabara la unidad de todo el mundo socialista, puesta a prueba de manera rigurosa durante los acontecimientos de Hungría. Éramos conscientes de que ayudando a Hungría a dominar la revuelta y eliminar sus secuelas de una forma rápida, estábamos ayudando también a todos los demás países del campo socialista. La ayuda que dimos al pueblo húngaro para machacar la contrarrevolución fue objeto de aprobación unánime por la clase trabajadora de los países socialistas y por todos los progresistas del mundo entero Así se escribía la historia en la Unión Soviética. El hombre que urdió la caída y muerte de Beria tras la desaparición de Stalin demostraba en Hungría que la desestalización era para consumo interno en la URSS y una mera maniobra de despiste de la opinión internacional. En el cinturón de los satélites, ni una sola concesión.