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54 Cultura DOMINGO 22 10 2006 ABC Hoy se conmemora el centenario de la muerte del maestro impresionista francés. Mientras pintaba su montaña fetiche, Sainte- Victoire, un mareo le dejó varias horas bajo una fuerte lluvia provocándole una pleuresía, que acabó con su vida una semana después La lección silenciosa de Cézanne POR DELFÍN RODRÍGUEZ Fue Paul Cézanne, pintor de Aix- enProvence, el más grande, incómodo, fascinante y profético artista de la modernidad y de las vanguardias y lo fue de una de las maneras más clásicas en las que se puede ser moderno, es decir, fracasando- -o viviendo la sensación inagotable del fracaso como fuente de la creación, que sigue siendo la única manera de ser artista, es decir, insatisfecho, frente a lo que hoy es habitual- -y en soledad, a punto de ver y entrar en la Tierra Prometida, como él decía. Sabía que estaba en el camino, cerca, pero se interrumpió su visión, aunque la dejara anunciada con muchas de sus pinturas, tantas, que se ha llegado a decir que daban la impresión de que siempre hubiera estado pintando el mismo cuadro, la misma visión. Los que vinieron después, casi todos, recogieron la lección, es decir, siguieron pintando su cuadro inacabado, de los cubistas a los fauvistas, de Picasso a Matisse, de Derain a la abstracción, de los nuevos e inesperados seguidores de Poussin de los años veinte a los surrealistas, no en vano sus manzanas acabaron siendo interpretadas- -especialmente por Meyer Shapiro- -como un sueño erótico y autobiográfico desplazado, como una sublimación del deseo. Es más, el propio Cézanne llegó a señalar que quería asombrar a París (jugando con la confusión con Paris) con una manzana. Zola siempre supo de qué hablaba, qué pintaba, incluso cuando él mismo escribía El vientre de París los bodegones, las naturalezas muertas del mercado, las manzanas, eran como un retrato del deseo, de otra cosa, de desnudos sin rostro, como en tantas bañistas pintadas por el silencioso pintor de Aix. El propio Zola, como siempre, lo supo ver con claridad en L Oeuvre (1886) con un Claude Lantier sufriente en la construcción de lo que se veía como un fracaso. Pero no fue así, no. emociones o impresiones, ¿qué eran? Cézanne responde: eran ideas, como ideas que surgen de las profundas raíces de la naturaleza o de los museos. Para él, los colores y sus sensaciones, al revelarse con dificultad, hacían aparecer la forma y el dibujo, incluso los conos, las esferas y los cilindros: eran y estaban en el origen de la pintura, no como fruto de impresiones o sentimientos, sino como materiales de construcción. Un día, como no acababa nunca de pintar- -de dar por acabado, lo que en realidad nunca hizo ni quiso conseguir- -el retrato del marchante y amigo A. Vollard, éste le preguntó por qué no lo finalizaba si sólo había dos zonas blancas sobre su mano por colorear. Cézanne fue rotundo: Iré al Louvre a buscarlos, si los encuentro, acabaré la pintura; lo que no puedo hacer es improvisarlos: eso me obligaría a comenzar de nuevo todo el retrato Es decir: ¿Quién puede creer, por tanto, que los retratos, los desnudos, los paisajes, las naturalezas muertas de Cézanne, pudieran ser sólo lo que parecen? No, esos géneros eran excusas para la pintura, de la pintura, de su pintura, propias del primitivo de un arte nuevo, de la tierra prometida del nuevo arte. Hubo, por eso, quien le consideró arisco, artificioso, bíblico, clásico, duro, geométrico, cubista antes del cubismo, lento. El gris imposible Pero el tiempo de su pintura era otro, el del pintar, el de la dificultad, el del gris imposible, el del sufrimiento, el de la verdad de la pintura. Por eso sus cuadros muchas veces han parecido inacabados, incluso las zonas blancas, sin pintar, de algunos de ellos, deben ser consideradas pintura, propias de su idea de la pintura, aunque parezca que no está. Y es que el color no puede terminarse nunca si no es a base de arte y respeto, como si la de pintor y artista, más que una profesión, fuese una manera de religiosidad, un sacerdocio como él mismo decía. La grandeza y el clasicismo y primitivismo de la modernidad, de las vanguardias posteriores, le deben todo a Cézanne, o casi, a pesar de que Gauguin, siempre tan expresivamente agrio, dijera que era un hombre del sur que se pasa los días enteros en las cimas de los montes leyendo a Virgilio y mirando al cielo ¿Será por eso por lo que su pintura es y ha sido interpretada como una pintura de verdad y muchos la hayan entendido como el origen clásico del arte contemporáneo? Picasso decía que era como el padre espiritual de todos ellos. Maurice Denis, sencillamente, reconocía: Él es el que pinta y Matisse, por fin, podía señalar: Si Cézanne tiene razón, yo tengo razón, porque sé que Cézanne no se ha equivocado ¿Sería verdad? Primitivo de un arte nuevo Si su amigo escritor, luego distanciado, pudo decretar el abismo en el que habría de caer Lantier- Cézanne, el propio artista, consciente del mismo y del vacío de su insatisfacción, se recomponía, se refugiaba, en sus maestros del Louvre, en la pintura veneciana, en su considerarse el primitivo de un arte nuevo. El ojo y la razón, la construcción de los colores en el lienzo, como quien- -como dijera Rilke- -ordena el tumultuoso tráfico de aquéllos, guiaron la lentitud que sus obras desprenden, ya que obligan a pensar, precisamente porque Cézanne jamás quiso que el pensamiento afectara a su pintura, pero tampoco las emociones o lo imaginario, a la manera de Van Gogh o de Gauguin, sus contemporáneos, ni lo transitorio, a la manera de sus amigos impresionistas, de Pissarro a Monet. Cézanne, fotografiado por Gurtrude Osthaus en 1906, meses antes de su muerte Quiso, sin embargo, ausentarse de su pintura, que pareciera que no estaba en ella- -es decir, un imposible- como quien busca, lo dijo él mismo, hacer una cosa sólida y duradera como el arte de los museos La construyó no a base de emociones o impresiones, sino de paciente y sufriente lentitud en el disponer colores y formas de colores en el lienzo hasta que las figuras, la naturaleza o las imágenes se revelasen gracias a su ubicación en la superficie de aquél, atentas sólo a ser pintura, a responder a las necesidades propias del arte de pintar, como si fuese lo mismo representar manzanas, naturalezas muertas con frutas y cosas de es- AP cayola o floreros, o el silencio y la quietud que pasea entre ellos, que pintar paisajes o infinitas veces su montaña de Sainte- Victoire, o desnudos, ya fueran solos o en forma de bañistas. Si los colores y sus formas de color ni procedían de la realidad ni de sus Fue Paul Cézanne el más grande, incómodo, fascinante y profético artista de la modernidad y de las vanguardias