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4- 5 S 6 LOS SÁBADOS DE bre todo, a las parejas a las que les gusta disfrutar de un buen vino en la cena y una botella les resulta demasiado, dado que uno de los dos tiene que conducir y las normas son tan estrictas que sólo permiten una copa. La medida- -continua- -no me llama la atención, es más, la encuentro perfecta; otra cosa es el asunto de la comida. Además, dentro de muy poco veremos cómo se comparte el vino entre dos mesas, pues el asunto de los puntos está dejando a la gente de las grandes ciudades como Madrid, sin poder disfrutar de la copita porque los fines de semana, a ciertas horas, es imposible encontrar un taxi DÍAS DE JÚBILO Los hombres de Merche i amiga Merche tiene organizada lo que llama su pajarera. Son cinco antiguas compañeras de trabajo, hoy jubiladas, que se reúnen entre lunes y viernes a comer, cada día en casa de una de ellas. Tras la comida, una sobremesa se prolonga en tertulia de actualidad, recuerdos de presentes y ausentes, intentos de buen humor. Al atardecer, Merche y yo acostumbramos compartir un whisky, al menos uno. Así he sabido la historia de su matrimonio con Alberto, la crianza de dos hijos, un correcto divorcio y otro correcto posoperatorio según ella define. Luego, la aparición de Raúl, un profesor segoviano. Merche recuerda una selección de imágenes: hoteles, restaurantes, cafés, cines, teatros, alguna escapada a Lisboa o París. Se enteró de su muerte por una esquela con la lista de su familia. En casa de Merche sigue habiendo unas cuantas fotos expuestas de Raúl, en lugares bellos y célebres, como si la fiesta continuara en la memoria. En cambio, son escasas las de Alberto, siempre en segundo o tercer plano y con ocasión de alguna fecha familiar, en especial el casamiento de sus hijos. -Mi historia con Alberto da para una crónica. Mi historia con Raúl, para una novela. La trilogía ha quedado incompleta suele comentar. Merche no se muestra melancólica ni arrepentida. No parece suspirar por una vida de abuela. Se diría que tiene una vocación de solitaria y buena amiga, la que alimenta su pajarera. Los fragmentos de su familia están lejos y ella debe ir a buscarlos o esperar a que pasen por Madrid. Las antiguas cartas de papel, ahora convertidas en correo electrónico, el chateo y el teléfono bastan para contentar su imaginación y obligarla a moverse en busca de los suyos. -Merche- -le digo- -has tenido un marido y un amante. Eres una mujer madura y atractiva, con mucho que contar y reflexionar al lado de un prójimo. ¿No completarías la trilogía con la historia de un buen amigo? No sabe. No contesta. ¿Otro whisky? Cuando alguien da una pregunta como respuesta es porque se supone que el preguntador ya conoce la contestación que se sostiene, muda y elocuente, en el aire. M Blas Matamoro Calidad en lugar de cantidad Abraham García (Viridiana) es tajante: Ya va siendo hora de que la gente se lleve con toda la naturalidad del mundo el vino que sobra de la mesa a casa, porque aunque haya descendido un poco su consumo, se ha pasado de beber calidad por cantidad y cada vez se toman mejores vinos que no hay por qué dejarlos a medias en el restaurante. Lo de la comida sí me parece cutre y fuera de lugar, pero lo del vino es una idea genial. En mi restaurante no suele suceder mucho, pero si lo piden veo estupendo que se lo lleven Tampoco sucede en el madrileño restaurante Zalacaín, cuyo sumiller Custodio Zamarra, asegura que, aunque no suele ocurrir entre sus clientes, no tenemos ningún inconveniente en ponerles la botella en una bolsa para que la disfruten en casa. Cada vez se hacen vinos de más calidad y si sobra no hay por qué dejarlo en el restaurante Custodio es de los que piensan que todo hay que hacerlo con flexibilidad y si hay algún cliente que quiere disfrutar en el restaurante de un vino especial que trae de su casa, no hay que ponerle ninguna pega, porque prácticamente eso no sucede y, de vez en cuando, hay que acceder a los caprichos. Otra cosa sería que se impusiese el llamado descorche es decir, que la gente trajese por norma el vino de su casa para beberlo en el restaurante. En ese caso lo normal sería cobrar una cuota de 12 o 15 euros por el descorche, porque el restaurante pone el servicio, las copas... En cualquier caso, la medida ha tenido gran acogida entre los sibaritas, esos que piden un vino blanco para el pescado y otro tinto para la carne y sólo son dos comensales. ¿Por qué no puede disfrutar una pareja al día siguiente en su casa de estos dos vinos, imposible de consumir en un restaurante en la cena de la noche anterior? se pregunta Sergi Arola. Todo sea por el consumo. Incluso el razonable. Sergi Arola muestra la bolsa donde se lleva a casa el vino que sobra En el restaurante de Subijana (tres estrellas Michelín) nadie ha pedido hasta la fecha llevarse el vino sobrante a casa. Creo que estas cosas dependen un poco del estilo de cada restaurante y, por consiguiente, de la clientela. Si alguien pide llevarse el vino restante se lo daremos encantados, pero nosotros tenemos una buena bodega y dos sumilleres que saben aconsejar muy bien De la misma opinión es Sergi Arola, el chef de La Broche, que ve con buenos ojos el que la gente pida que le preparen el vino que le ha sobrado para llevárselo a casa. ¿Usted dejaría sobre la mesa, y porque sí, 30 euros? Pues eso es lo que vale a veces la media botella de vino que sobra. No veo ninguna razón para dejarla sobre la mesa asegura Arola, quien cree que la medida va encaminada, so-