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ABC SÁBADO 21 10 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ¿Y LAS PRIMARIAS? M NOTICIA DE UN ATROPELLO E había prometido no emplear jamás este rincón de papel y tinta para exponer desgracias personales; pero creo que con la que ahora me dispongo a narrar otorgo voz a muchas personas anónimas que padecen idénticos o parecidos atropellos. Hace algún tiempo contraté un servicio de conexión ADSL con la compañía Ya. com. Internet se ha convertido en una herramienta de trabajo imprescindible para el escritor: a las ventajas conocidas del correo electrónico se suma el caudal casi infinito de información que ese nuevo libro de arena nos ofrece. Llegó un momento en que la frecuencia y duración de mis navegaciones por el ciberespacio mantenían mi línea telefónica ocupada durante demasiado tiempo. La conexión de alta velocidad solventó este problema; en cambio, introdujo algunos incordios y alteraciones no siempre nimios en mi vida, eso que las compañías de internet denominan, con impertérrito sarcasJUAN MANUEL mo, incidencias que si un día el llaDE PRADA mado servidor se caía, impidiéndome la conexión; que si otro día me quedaba sin tono de marcado en el teléfono... en fin, quien lo probó lo sabe. A mediados de julio, coincidiendo con un apagón eléctrico que mantuvo a oscuras el centro de Madrid durante casi un día, aquellas incidencias cobraron un cariz más siniestro. Volvió la luz, pero mi conexión ADSL ya no regresó nunca. Durante dos meses, semana tras semana, día tras día, telefoneaba al número de atención o desatención al cliente de Ya. com, para exigir, para pedir, para suplicar que me fuese repuesta la conexión. Infaliblemente, sonaba durante largo rato una musiquita enlatada, idónea para despertar instintos homicidas en un discípulo de Gandhi. Una vez cesado el soniquete, una voz robótica me exhortaba a pulsar tales o cuales teclas del teléfono, dependiendo de la naturaleza de mi reclamación; cuando ya me empezaba a doler la yema del pulgar de tanto teclear, conseguía que al otro extremo de la línea me respondiera alguien que, M por supuesto, ignoraba concienzudamente las causas de mi incidencia y mucho más la forma de remediarla. Las conversaciones solían concluir en laberínticas recomendaciones, siempre repetidas y siempre ineficaces, que me dejaban como estaba: esto es, sin conexión a internet. Fueron dos meses de exasperación y rabia mitigadas por mi proverbial paciencia, sólo comparable a la del santo Job. Mientras tanto, mi cotidiano trabajo se resentía: dejé de contestar la mayoría de los correos electrónicos y tuve que volver a la tradicional enciclopedia para comprobar las informaciones más elementales. Expirados los dos meses, después de que todas mis reclamaciones hubiesen resultado infructuosas (u olímpicamente ignoradas) decidí cancelar mi contrato con Ya. com. Nunca la citada compañía se había dirigido antes a mí a través del tradicional método epistolar. Sin embargo, para formalizar mi cancelación de contrato, hube de escribirles una carta por correo certificado y con acuse de recibo. Inmediatamente, traté de contratar la conexión ADSL con otra compañía, pero me informaron de que previamente Ya. com debería liberarme la línea, algo tan simple como pulsar una tecla en un ordenador. Pero la sencillísima liberación no se produjo; pasaban los días y las semanas y el secuestro perseveraba. Llamé a la Secretaría de Estado de Telecomunicaciones, dispuesto a denunciar el atropello, pero supe que la compañía con la que había cesado mi relación contractual disponía legalmente de un mes para liberalizar mi línea. Argüí que, según me constaba, tal acción era casi instantánea; y el amable funcionario que me atendió me dio la razón, pero repitió que la ley concede un mes de plazo a la compañía, se supone que para que pueda regodearse en su felonía. Mañana hará tres meses que estoy sin conexión de internet. Mis corresponsales electrónicos pensarán que soy el individuo más grosero del planeta. Desde este rincón de papel y tinta les pido excusas. Y espero que la narración de mi calamidad sirva de aviso para navegantes. ENOS probar con las primarias, como manda su reglamento, el PSOE parece dispuesto a cualquier cosa para encontrar un candidato en Madrid. Esta semana se autodescartó, con buen humor, Romano Prodi, el primer ministro italiano, que sería un aspirante tan bueno como otro cualquiera para perder contra Gallardón, destino que las encuestas auguran con terca recurrencia a todo el que se aventure a desafiarlo. A Prodi me lo crucé la pasada primavera paseando a medianoche por las calles de Roma, con su nieta en brazos, cerca de su casa junto a la Fontana de Trevi, por donde también vivía el añorado Sandro Pertini. Iba a cuerpo gentil, apenas IGNACIO con un par de escoltas a CAMACHO buena distancia, mientras aquí en España no ya un primer ministro, que se desplaza hasta con una UVI móvil, sino cualquier presidente autonómico o alcalde de provincias lleva alrededor un ejército de pelotas, guardias y motoristas abriéndole paso. Ojalá tuviera la izquierda española un candidato como Prodi: discreto, austero, profesoral y decente. Pero bueno, que me desvío: ¿y si probaran con las primarias en vez de mandar a uno a que no quiere ir? Se suponía que las primarias eran un elemento esencial de regeneración democrática, por cuanto tienen de ejercicio de soberanía interna. Pero los socialistas se arrepintieron en seguida, porque Borrell rompió el guión previsto por el aparato, y al ponerle una zancadilla subterránea el tardofelipismo desprestigió cualquier posibilidad de avance. El resultado fue un vapuleo a Almunia, y a partir de ahí todo entró en barrena, incluido el sugestivo proyecto de abrir el proceso electoral a un registro de simpatizantes. Es mejor, por lo visto, obligar a presentarse a cualquiera que no lo desee, como López Aguilar en Canarias, o la misma Fernández de la Vega en Madrid, que teme hacer una brillantísima carrera descendente pasando de vicepresidenta del Gobierno a concejal de la oposición. El miedo a la democracia abierta es genérico en nuestra clase política. En la acera del PP siempre hubo cachondeo a cuenta de las primarias, porque el dedazo de Aznar era inapelable, pero de los tres sucesores posibles- -Rato, Mayor y Rajoy- el dedo del líder ungió al que menos gustaba a las bases, aunque las bombas de los trenes nos impidieron saber realmente hasta dónde podía llegar. Naciones más maduras, como Francia, tienen claro que el poder es una pirámide que se escala desde la base. Estos días tiene lugar allí una carrera preelectoral de los socialistas, con debate en televisión incluido, del que saldrá un a aspirante (probablemente Ségolène Royal, la Zapatera) con toda la fuerza de un proceso democrático previo. Si pierde, la responsabilidad será de los militantes, o sea, del partido entero. En cambio, el candidato a perder frente a Gallardón salpicará en su más que probable derrota a Zapatero, que anda buscando un mirlo blanco como Diógenes, pero con la linterna apagada. Allá él; todavía tiene tiempo para convencer a Prodi.