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ABC JUEVES 19 10 2006 59 Cultura y espectáculos PAUL AUSTER Escritor y cineasta; Príncipe de Asturias de las Letras 2006 Todos los días me levanto de mi silla y exclamo: ¡qué estúpido soy! OVIEDO. Amarrado al smoke humo negro, de un finísimo puro y a una copa de agua, inventor de soledades, militante del azar, Paul Auster, el amigo americano que mejor ha experimentado con la máquina de escribir, atiende a ABC después de aterrizar, entre turbulencias sobrecogedoras, en una urbe de novela y de cine. Esculpe cada respuesta con mimo, se confiesa admirador de Almodóvar y clava su mirada en su musa, que luego desvelará. -La trilogía de Nueva York que componen Arthur Miller, Woody Allen y usted se ha instalado en Oviedo. ¿Se siente como en una ciudad de cristal -Cuando me comunicaron la concesión del premio Príncipe de Asturias de las Letras me enviaron un fax en el que mencionaban otros dos americanos en la lista de ganadores: Arthur Miller y Susan Sontag; Woody poseía el de las Letras. Es un honor escoltarles. A Arthur Miller le admiro, le admiré y le admiraré. Recuerdo una imborrable comida con él, poco antes de que muriera. Me dijo que había conseguido dejar de fumar empedernidamente y me animó a que yo lo hiciera. Pero como ve no le hice caso. -Hable de sus fantasmas Usted confesó en A salto de mata que había sido un escritor fantasma -Cierto. Un negro literario. Lo necesitaba para comer y sobrevivir. Fue en París. También trabajé como traductor y como cuidador de una finca. ¿Cómo recuerda su etapa en la habitación cerrada de un petrolero? -Surcar los mares del sur... Umm, sí. El segundo marido de mi madre- -mi padrastro, que hace mucho tiempo que falleció- -era abogado y regentaba una especie de lo que ustedes conocen como el Exxon Valdez un petrolero así. Si no tenías padrino, no te podías bautizar en el mar y le pedí que me echara un cable para enrolarme en el mercante. Fueron seis meses durante los que ahorré dinero para poder trasladarme a París. ¿Pertenece usted al club de las novelas que nunca desearíamos dejar de leer -Eso es muy bonito. Pero no quiero jubilarme como escritor, aunque voy envejeciendo poco a poco. ¿Con El Palacio de la Luna le llegó la consagración internacional? La crítica francesa le partió a usted en dos mitades: Mitad Chandler, mitad Beckett Fue marino en un petrolero y negro literario en París para poder comer, y ahora no quiere jubilarse como escritor. Vetusta es Nueva York con Paul Auster, Arthur Miller y Woody Allen TEXTO: ANTONIO ASTORGA FOTO: JAIME GARCÍA Auster, ayer en Oviedo, donde mañana recibirá el Príncipe de Asturias de las Letras -No haga caso de lo que se escribe por ahí sobre mí. -Usted, que cree en el azar... -Perdone que le interrumpa. Hace muchos años, cuando era niño, me fui a un campamento infantil que no tienen nada que ver con las colonias que se estilan aquí en España. Llovía a mares y a un metro de mí un rayo fulminó a un niño. Me podía haber tocado a mí, pero el azar no quiso. ¿cree en la literatura como juego de azar? -No. La literatura no es un juego. Pero eso no quiere decir que no sea divertida. Yo no me la tomo nunca como una broma. Supongo que algunos lectores habrán encontrado placer, otros inquietud y los de más allá apasionamiento. Yo, lo que sí he aprendido de la literatura es lo imbécil y estúpido que soy. -Explíquese ante sus lectores... -No es fácil escribir una novela. Puedes emplear de seis meses a veinte años. Tachas, rehaces, reescribes, borras y al final sale arte de esta profesión tan humilde. Todos los días me levanto de mi silla y exclamo: ¡qué estupido soy! ¿Por qué? Porque he em- pleado ocho horas en un párrafo que podía haberlo escrito un niño. Cuando empecé en este oficio quería tener como mucho cinco lectores. No más. Y cuanto mayor me hago, más entiendo lo poco que sé de las cosas. Ni siquiera sé por qué escribo. Hay algo pidiendo serlo dentro de mí. ¿Qué le pedía escribir sobre la sala de escritura de un monasterio, como reza el título de su próxima novela: Viajes en el scriptorium (que saldrá en Inglaterra en febrero) -La rareza. Es un libro raro, que no tiene nada que ver con la Edad Media. Toda la acción se desarrolla en el plazo de unas horas y en una sola habitación. Anhelo la respuesta de los lectores. ¿Usted cree en las musas? ¿Tiene alguna? -Sí, mire. (gira su cabeza a la izquierda, donde está su esposa) Es mujer y se llama Siri. ¿Y de verdad creía que su padre era Dios? Creía que mi padre era Dios fue una colección de relatos reales. En su gestación tuvo que ver mucho mi musa. Yo acababa de publicar Tombuctú y me entrevistaron para la Radio Nacional de América, la más seria, aunque mi interlocutor estaba en Los Ángeles y yo en Nueva York. De repente el periodista me dice: Me gusta cómo suena su voz Y al instante me solicita mi colaboración en su programa para leer historias, pero no me interesó en un principio. Al llegar a casa lo debatí durante la cena con mi musa, Siri, y me propuso que en vez de crear y leer historias mías se las reclamara a los oyentes. Les animé a que escribieran historias sobre su propia vida. Recibí miles de relatos y quería leerlos todos, pero durante un año sólo pude dar voz a cincuenta. Otros doscientos o trescientos muy buenos se quedaron a la espera, hasta que decidí publicarlos en forma de libro. -Le dio usted voz a los desheredados de la literatura... -Le di a la gente, llamémosle, normal la posibilidad de que se expresara. El famoseo y el cotilleo lo invaden todo. Lo concebí como un experimento filosófico, porque mi vida no tiene nada de extraordinario; es impredecible. ¿Y su cine, tras rodar La vida interior de Martin Frost -Ha sido una experiencia muy enriquecedora, sobre todo para mi salud mental.