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ABC MIÉRCOLES 18 10 2006 Cultura 63 Las colecciones británicas se miden con ocho obras del Prado en un pulso intenso El aguador de Sevilla inicia una ruta que incluye sus viajes a Italia y sus últimos y excepcionales retratos N. P. LONDRES. El irresistible brillo del genio Así titulaba, en su edición de ayer, el Daily Telegraph la crónica sobre la exposición de Velázquez, ilustrada con La fragua de Vulcano Y es que este artista le sienta a la National Gallery tan bien como al Prado. Son cuatro las salas habilitadas para acoger a tan insigne huésped, de las que han sido desalojados Monet, Van Gogh y Degas, porque tienen luz natural y así brilla el maestro con más intensidad. Se ha planteado un recorrido cronológico para poder admirar la evolución de su estilo. Aunque hay saltos muy interesantes. La muestra arranca con la etapa sevillana de Velázquez, sus años como discípulo de Herrera el Viejo y Francisco Pacheco (su suegro) en los que predominan los bodegones. Muchas de estas obras se conservan en el Reino Unido. Se exhibe la obra maestra de esos años: El aguador de Sevilla parapetada tras un cristal. Además, cuadros tan reseñables como Vieja friendo huevos de la National Gallery of Scotland de Edimburgo, o Cristo en casa de Marta y María un misterioso cuadro sobre el que recientemente ha surgido una teoría: Velázquez habría utilizado un espejo en el que se reflejaban sus modelos, lo que explicaría las anomalías en la perspectiva. La segunda sala se centra en los lienzos que Velázquez pintó justo antes y después de su primer viaje a Italia en 1630. Advierte Carr que este viaje supuso una clara línea divisoria en su carrera. Hay curiosas coincidencias en dos de los cuadros de esta época, colgados frente a frente en la exposición: La fragua de Vulcano y La túnica de José Cada uno tiene seis figuras, los dos tenían originariamente la misma medida y fueron adquiridos en 1634 por Jerónimo de Villanueva, protonotario de Aragón. Uno tenía un tema bíblico, el otro mitológico; uno fue a parar al Palacio del Retiro, el otro al Monasterio de El Escorial. A los retratos de la Corte está dedicada la tercera sala, protagonizada por el Los Duques de Palma, junto al comisario, el embajador de España y su esposa Rey Felipe IV (su gran mecenas) y su hijo, el príncipe Baltasar Carlos. Resulta soberbia una pared donde cuelgan tres espléndidos retratos: el duque de Este, José Nieto y un joven sin identificar. La cuarta y última sala es la más espectacular. Por una parte, se exhiben algunos de sus mejores retratos. Los hay excepcionales de su segundo periplo italiano, como el de monseñor Camillo Massimo o una versión del magistral retrato que hizo de Inocencio X. Troppo vero exclamó el Papa al verlo. También los hay magistrales de sus últimos años: el del pequeño infante Felipe Próspero EFE es conmovedor, y el de la infanta Margarita con vestido azul, maravilloso. Ambos proceden del Kunsthistorisches Museum de Viena. La muestra se cierra con un guiño mitológico: La Venus del espejo que perteneció al duque de Alba, a Godoy... y, desde hace cien años, a la National Gallery, y a la que en 1914 una sufragista le asestó siete puñaladas, se exhibe, también tras un cristal, por vez primera junto a Marte Los dioses amantes, tras una noche de pasión, se hallan absortos, ensimismados... Como los espectadores ante tanta belleza.