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ABC MARTES 17 10 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA DESPEGA COMO PUEDAS IAJAR en avión se ha convertido en un suplicio, y últimamente casi en una actividad de riesgo. A las amenazas terroristas hay que sumar las huelgas salvajes- -de pilotos, de personal de tierra, de controladores- -que te dejan en tierra sin previo aviso, los retrasos cada vez más habituales por saturación, niebla o tormenta, las pérdidas de equipaje, el overbooking, la clavada de los taxis y la propensión de ciertas estrellas de la arquitectura a convertir los aeropuertos en pistas de medio fondo. Ahora la UE nos quiere obligar a partir sin champú en el equipaje, reduce las maletas de cabina, impide el uso de ordenadores a bordo y considera un sabotaje llevar encima un cortaúIGNACIO ñas. Las compañías comCAMACHO primen el espacio vital de los pasajeros, suprimen los refrigerios y hasta te dejan sin periódicos. A todo nos adaptamos, qué remedio, pero al parecer aún quedan sobresaltos inesperados. El Ministerio de Magdalena Álvarez, mujer tan sensible a los asuntos de la navegación aérea que se ganó merecidamente el apodo de Lady Aviaco, ha anunciado de repente su decisión de efectuar controles de alcoholemia y estupefacientes... ¡a las tripulaciones de las aeronaves! Si se trata de una venganza contra la reputación del aguerrido y muy corporativista sindicato de pilotos, la patada ha rebotado en el sufrido trasero de los usuarios de la aviación civil, perplejos ante la posibilidad de que estén siendo transportados por profesionales en estado de intoxicación etílica o bajo el efecto de psicotrópicos. Por si no hubiese cundido una psicosis suficiente de atentados potenciales, dada la obsesiva preferencia que los chicos de Bin Laden sienten por todo lo que vuela, Fomento nos pone delante de las narices una hipótesis aún más pavorosa: la de hallarnos a doce mil pies de altura en manos de un piloto dipsómano, fumeta o atontado por los ansiolíticos. El síndrome del conductor ciego, en versión aeronáutica. Magdalena, mujer, estas cosas no se hacen así. Si hay algo que controlar, que se controle, pero en sigilo para que no cunda el pánico. Cualquier departamento de seguridad que trabaje con público sabe que lo peor son siempre los estados masivos de alarma; ante la eventualidad de un incendio en hora punta, el último recurso es hacer sonar las sirenas y dejar que los bomberos entren a la vista del gentío. Lo único que nos faltaba en los aviones era imaginar que el tipo que va a los mandos puede llevar la gorra del revés o andar hasta la corcha de antidepresivos. Si está la cosa como parece y el personal va a menudo, en efecto, curda o colocado, lo mínimo sería servir copas gratis al pasaje y repartir diazepán para mitigar la ansiedad. O para ponerse en igualdad de condiciones. Sí, sí, más vale prevenir, que diría Rubalcaba. Pero al menos que nos expliquen cuántos casos han motivado la medida. Merecemos un Gobierno que no nos acojone. V LA CAMPAÑA CATALANA SERÁ UN MIX S muy alta la probabilidad de que la campaña electoral catalana incurra en excesos, gestos belicosos, afrentas, rudos desaires y más ataques de orden simbólico o real. Todo eso inevitablemente será acogido con apelaciones universales al seny y críticas ante la intromisión de elementos foráneos en la naturaleza siempre serena del oasis político catalán. El cálculo de probabilidades se basa en un dato muy consolidado: poco hay que decir y menos se quiere decir respecto a la realidad en un debate electoral que llega después del derroche de energía que significó embarcarse sin necesidad en un nuevo Estatut con la consiguiente caída de un gobierno autonómico cuya razón de ser era ese mismo Estatut y la convocatoria de elecciones tan anticipadas, cuando lo que se había prometido era estabilidad, continuidad política y pasar de las palabras estatutarias a la acción de gobierno. VALENTÍ Después de la concatenación de prePUIG cedentes- -tripartito, complicidad de Zapatero, 11- M, Gobierno de España con apoyos peculiares, referéndum estatutario con alta abstención y caída del ejecutivo de Maragall- -una campaña electoral sólo puede identificarse como tal, configurándose de acuerdo con un sistema de apariencias: programas, ideas, iniciativas, una cierta simulación de latido público, de contraste de pareceres en el ágora para que el ciudadano pueda elegir la mejor opción o retirar del poder a la opción que le parece la menos apropiada. Algún trucaje ha de existir cuando los mismos políticos que acusan a otros de españolizar la campaña catalana son los que luego buscan efectos electorales al rectificar su posicionamiento parlamentario en el debate presupuestario de España. La cuestión es si a estas alturas la sociedad catalana podría formular deseos con claridad, habiendo sido de tanta irregularidad y confusión todo lo precedente. Hablemos sin tapujos de fatiga, de una fatiga que acos- E tumbra a manifestarse en casos de deterioro cierto de la autoestima. Esa será la razón básica del mix de la campaña electoral. Salvo que algún líder proponga el nudismo generalizado o poner a cero la recaudación de impuestos, el flujo de la dialéctica pública se mantendrá en punto muerto. Sólo el gesto agresivo o la descalificación grotesca agitarán la superficie algo rancia del proceso electoral. Eso es, en gran parte, lo que más conviene a los partidos políticos de más envergadura: amarrar votos fieles, certificar la permanencia de sus caladeros y pactar según más les convenga. No son pocas las combinaciones postelectorales que se barajan, a cual más reincidente en el efecto de distanciamiento entre la política oficial y la vida real, entre el establishment político y los individuos. Si algo debía haber quedado grabado en el frontispicio de esa campaña era la cifra del 50,59 por ciento de abstención en el referéndum del Estatut y, sin embargo, ha sido ese porcentaje lo más olvidado de forma sistemática y seguramente efectiva. Algo serio está ocurriendo cuando la mitad de una sociedad desiste de dar su voto al gran recurso para la redención y el júbilo post- histórico. Convertidos en analistas políticos, la práctica totalidad de la nómina de graciosos del jijijajá y del micrófono fácil, la vertebración de la opinión pública no parece ser lo más urgente. Más de lo mismo, ósmosis mediática, grandes dosis de resistencia a la renovación política, calcificación del mini- sistema de partidos que lleva tanto tiempo rigiendo la vida pública de Cataluña y representándola en los escaños del Congreso y del Senado. Ésa es una campaña en la que, salvo alguna excepción, los adversarios más enconados coinciden en obstruir todo indicio de desviación paradigmática en el modus vivendi de la política catalana. Ritmos y ciclos derivan así hacia la inercia. Dicho con la mayor diafanidad posible, si esta campaña electoral catalana no es más o menos desaseada, ¿qué otra cosa podría ser? vpuig abc. es