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ABC MARTES 17 10 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC AULAS EUROPEAS POR DECRETO A las clases magistrales les sucede una fórmula de relación entre profesor y alumno en forma de seminarios y tutorías, con grupos muy reducidos. Un sistema que se sabe hace mucho que supone una manera excelente de educar en la Universidad... OMIENZA estos días en la Universidad española un nuevo curso. Todos los años sucede tal cosa a principios de octubre pero, en esta ocasión, no es un año académico más el que se abre paso. A lo largo del curso 2006- 2007 va a producirse un cambio crucial: la puesta en marcha de los nuevos postgrados, diseñados de acuerdo con las directrices del llamado Compromiso de Bolonia que regula, para los países firmantes- -España entre ellos- la manera como ha de llevarse a cabo la enseñanza superior en toda Europa. Pese a que es probable que cualquier ciudadano interesado por el mundo de la Universidad esté al tanto de lo que implica el compromiso, tal vez sea bueno recordar sus pautas generales porque los cambios son gigantescos. Por un lado, el sistema actual de licenciatura más doctorado, con algunos estudios de ciclo corto en número muy menor, da paso a unos grados que se cursarán en tres o cuatro años como escalón universitario primero y común, o parecido al menos, para todos los estudios. Quienes quieran ir más allá de ese primer peldaño, al que probablemente se llamará licenciatura y no sólo grado (cosa que tengo por un error de bulto) deberán hacer un máster de uno o dos años. Más allá, queda el periodo de doctorado, en general sin carga docente y destinado a realizar la tesis doctoral. C cuerpo docente a las enseñanzas de nuevo cuño sin formar antes a los profesores? Pues bien, los primeros postgrados comienzan, como digo, este curso. La razón de que sea así se debe a que los sucesivos ministros- -dejemos de lado a la actual responsable de la cartera que, a todas luces, habría dado marcha atrás al disparate si pudiese, que no puede- quienes aceptaron el Compromiso de Bolonia, digo, decidieron ponerlo en marcha con la idea primera y bien brillante de comenzar por el tejado. Se dio paso a los proyectos de postgrados sin que existiese siquiera un esbozo de los grados. Las universidades no saben, pues, qué profesores necesitarán para impartir unas enseñanzas de graduación de las que se desconoce casi todo y, aun así, tienen que proponer- -las que han decidido hacerlo, que no son pocas- -nuevos máster y doctorados. Q S i la transformación fuese sólo de nombres y periodos docentes, poco habría que comentar. Se trataría una vez más de los cambios lampedusianos que sirven para que todo siga igual. Pero el Espacio Europeo de Enseñanza Superior se fija objetivos mucho más amplios. Es la forma misma de enseñar la que se vuelve- -en teoría, al menos- -mucho más cercana a la que se utiliza en aulas como las del Reino Unido. A las clases magistrales les sucede una fórmula de relación entre profesor y alumno en forma de seminarios y tutorías, con grupos muy reducidos. Un sistema que se sabe hace mucho que supone una manera excelente de educar en la Universidad. Excelencia es, de hecho, el mantra que circula en nuestras aulas en los últimos años. Se supone que los profesores universitarios nos volcaremos en esa nueva manera de enseñar a los alumnos, y que lo haremos en términos competitivos ofreciendo un nivel de excelencia jamás logrado. Pero ¿cómo? Por ahora, mediante orden ministerial. Dos reales decretos, 55 2005 y 56 2005, con algunas modificaciones posteriores, fijan unas reglas del juego a las que han de ajustarse las universidades. Pero éstas cuentan con unos profesores que llevan muchos años- -toda la vida, en algunos casos- -dando sus clases de acuerdo con el sistema anterior. ¿Alguien cree que será fácil, o incluso posible, adaptar sin más el grueso de ese ue en tales condiciones haya estudios de postgrado diseñados en un tiempo brevísimo, con suficiente nivel de excelencia para pasar los muchos filtros y sometidos a la pesadilla de los infinitos informes, memorias y tablas diseñados por los burócratas de turno es un milagro. Pero un milagro que existe. El acontecimiento sobrenatural se explica por el trabajo ingente, estajanovista casi, gracias al que una parte menor del profesorado ha sacado tiempo de debajo del somier para diseñar los máster que comenzarán en breve a impartirse. Otra cosa distinta es que lo puesto sobre el papel corresponda, siquiera de lejos, a lo que vaya a la postre a hacerse en las aulas. Porque cabría pensar en que el ministerio ha echado toda la carne en la parrilla para ayudar a las universidades a dar ese paso crucial en la reforma docente. Pero es al contrario. Pondré un ejemplo. Los diseñadores de los máster europeos que estrenamos este año han recurrido, para alcanzar los niveles de excelencia soñados, a invitar a profesores de gran prestigio de otras universidades del continente. Tuvieron que hacerlo tirándose a la piscina sin saber cuánta agua habría en ella pero, quizá por aquello de que los dioses existen, el ministerio sacó- -después de que se hubiesen puestos las piedras maestras de cada máster- -unas ayudas a la movilidad del profesorado. Pues bien, éstas no sólo obligan a tener tantos profesores extranjeros invitados como españoles (dicho de otro modo, no se puede invitar a más profesores de dentro que de fuera) sino que cada uno de los visitantes ha de estar en la universidad donde colaborará a prestigiar el máster un mínimo de un mes. ¿Treinta días teniendo como invitado a una lumbrera de reconocimiento internacional? ¿Cómo se hace eso? Ese tipo de profesor no suele estar un mes completo ni en su propia universidad de origen. Pero dejemos de lado las anécdotas. Lo más preocupante del proceso de cambio es la necesidad de pasar de las universidades organizadas mediante clases masivas, en las que la palabra excelencia no había sonado nunca, a una enseñanza de élite calcada como la impartida en las mejores universidades anglosajonas. Imaginemos que se dispone de los profesores necesarios para dar ese salto adelante. ¿Cómo se financiará el poder contratarlos y pagarles el sueldo adecuado? ¿Cómo ofrecer no sólo a los invitados, sino a todos los profesores de un postgrado de excelencia lo que unos profesores así cobrarían, por ejemplo, en la universidad de California o, por no irnos tan lejos, en las de Suiza? La respuesta es fácil: de ninguna forma. Se supone que las universidades españolas tienen que adaptar sus recursos actuales destinándolos al nuevo sistema de educación. Yo en particular no creo que eso baste pero, incluso si ando equivocado, es seguro que no hay ni para empezar salvo que se jubile anticipadamente a quien no servirá para la docencia europea y se flexibilice la contratación de nuevos talentos. Olvidémonos del funcionariado, de las oposiciones, de la ausencia de controles... Pues bien, ¿habrá algún rector lo bastante suicida como para entrar en esa dinámica? ero los postgrados, con los profesores disponibles y la precariedad de medios descrita, comienzan ya. Esos mismos dioses que animaron al ministerio a poner algo de dinero para la movilidad de los docentes tendrán que hacer trabajo extra si quieren compensar, mediante la providencia, el disparate del diseño. Pronto sabremos en qué medida lo han logrado. Pese a las dudas, los sustos, las prisas y las carencias, el reto está ahí. Por primera vez en décadas, si no en siglos, la universidad española dispone de una oportunidad- -todo lo mísera que se quiera, pero oportunidad al menos- -de subirse al carro europeo. Quienes han apostado su trabajo y su carrera por ello, aguantando los escepticismos e incluso la hostilidad de quienes no quieren que cambie nada, ven con ilusión este curso que ahora comienza. Lo peor que podría pasarnos en él es lo que, hace cosa de diez años, me dijo un profesor francés, a título de confidencia, en Méjico: Cambiarán los ministros, cambiarán los rectores, cambiarán las carreras, cambiarán los planes de estudios, cambiarán los sistemas. Pero lo que no cambiará nunca es que el mismo profesor dirá las mismas cosas, a la misma hora, en la misma clase Hagamos votos por que mi colega de la Sorbona anduviera equivocado. P CAMILO JOSÉ CELA CONDE Director del Laboratorio de Sistemática Humana de la Universidad de las Islas Baleares