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ABC LUNES 16 10 2006 Sociedad 55 PERIODISMO ESPAÑOL, DOCE AÑOS DESPUÉS JUAN CIERCO Periodista D oce años seguidos residiendo en el extranjero y quince sin dejar de viajar por el mundo te dan una perspectiva muy distinta de España. Doce años en Moscú y Jerusalén te hacen mirar las cosas que pasan de distinto modo y te permiten descubrir los cambios a golpe de vista. Doce años dan para mucho. Sobre todo, aunque digan que son odiosas, para poder hacer comparaciones. Aterrizar en España y en particular en Madrid doce años después, te hace reflexionar pero sobre todo te obliga a contener la respiración. Según dicen algunos, escupen otros, vomitan los de más allá, España es un desastre, se desintegra, no merece la pena, es corrupta, sucia, golpista. Vivimos en una república bananera, nada funciona, el país se hunde miserablemente, los jueces, los fiscales, los policías, los guardias civiles, los políticos, los diplomáticos son imitadores baratos de Videla, compinchados para acabar con el Estado de Derecho. Mentira. España, vista desde el extranjero, desde esas comparaciones quizás odiosas pero imprescindibles, es un país envidiable y envidiado; que no ha dejado de crecer en los últimos años ya sea con Gobiernos del PSOE o del Partido Popular; cuya transición política y desarrollo económico se han convertido en un ejemplo a imitar en el resto del mundo y en materia de estudio en las más prestigiosas Universidades del planeta. Un país portada una y otra vez en los grandes medios de comunicación internacionales por razones positivas. Un país donde, por supuesto, se respe- ta el Estado de Derecho; donde la democracia no está en cuestión; donde la economía crece y no para; donde las instituciones del Estado cumplen con rigor con sus obligaciones; donde las libertades individuales y colectivas están garantizadas. Un país con empresas que se han instalado con enormes beneficios por todo el mundo; con políticos y diplomáticos que ocupan puestos de responsabilidad de primer nivel en organismos multinacionales; con catedráticos en las mejores Universidades occidentales; con jóvenes y mayores cooperantes y solidarios en cualquier rincón del orbe; con científicos que trabajan en los principales centros de investigación; con arquitectos que se han convertido en referente internacional; con actores que triunfan en Hollywood y en Europa; con deportistas que han conquistado el mundo... Un país cuyo Rey se ha convertido allá donde uno viaje, por muy lejos que sea, por muy poco que se conozca de España, en una figura respetada, admirada, querida y reconocida. España es un país trabajador, descentralizado, multicultural, amable, divertido, responsable, solidario, que ha cambiado, a mejor, su faz en las últimas tres décadas. Con problemas, como otros países de su entorno, víctima del terrorismo, con la inmigración, las diferencias territoriales, la corrupción urbanística, la vivienda, la inseguridad en el centro de las preocupaciones de sus ciudadanos pero dentro de una realidad ejemplar y con un futuro envidiable. Una España, en cualquier caso, que DANIEL G. LÓPEZ Baltasar Garzón, último objetivo de los conspiradores Esos profetas fundamentalistas del periodismo deberían provocar arcadas en sus propias redacciones, que callan acogotadas ha crecido en estos últimos doce años en dirección contraria a mi segunda reivindicación, el Periodismo. Un periodismo que cumplió un papel fundamental en la etapa de la transición pero que ahora no está a la altura del país, de sus ciudadanos, de sus empresarios, catedráticos, cooperantes, científicos, arquitectos, artistas, deportistas. Un periodismo que ya no está protagonizado por periodistas, donde importan más los intereses políticos, comerciales, conspiradores que la verdad, el servicio al ciudadano, la vigilancia responsable del poder. Un periodismo profundamente amarillo, sensacionalista pero disfrazado de una seriedad risible. Un periodismo desde el que no sólo se cuestiona el Estado de Derecho sino que, por intereses políticos, personales y comerciales, se pretende dinamitarlo. Donde se mezclan en el 11- M servicios de inteligencia marroquíes, con guardias civiles, policías, islamistas, etarras, jueces (Baltasar Garzón es la última diana) fiscales, periodistas, políticos, partidos, olvidando el daño que a las víctimas inocentes les produce la utilización asquerosa de su dolor. Un periodismo donde no se deja que la realidad se imponga para no estropear un buen titular. Donde impera el insulto, la mentira, la manipulación. Un periodismo de trinchera en el que se quiere meter, con nombres y apellidos, a los ciudadanos españoles, instándoles a que se avergüencen de sí mismos, de su país, de su democracia, de su historia, de sus empresas, de sus políticos y diplomáticos, de sus científicos, de sus catedráticos, de sus cooperantes, de sus artistas, de sus deportistas. Esos profetas fundamentalistas del periodismo deberían provocar arcadas en las redacciones de sus propios medios, compuestas por excelentes y admirables periodistas, (miraros al espejo y reconoceros) que se suman a la locura colectiva o callan acogotados ante los dictados de unos conspiradores irresponsables que han perdido el norte, el cariño a esta noble profesión, el amor a España. Que han dejado de ser, desde hace ya mucho tiempo, periodistas.