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ABC LUNES 16 10 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA LLAVE DE SANT JAUME I Artur Mas se convierte en el próximo presidente de Cataluña con el apoyo activo o pasivo del Partido Socialista, las elecciones generales de 2008- -o antes- -serán un trámite para José Luis Rodríguez Zapatero, al que le bastará con asegurarse que Convergencia i Unió no pueda aliarse con el PP para arrebatarle el Gobierno de España sin riesgo de perder el de la Generalitat. Y eso es probablemente lo que va a ocurrir a tenor de las encuestas de la recién comenzada campaña catalana, que pronostican un triunfo convergente por la mínima, lo que dejará a Mas a merced de las alianzas que quieran tejer sus rivales. La reedición del tripartito se perfila como una opción matemáticaIGNACIO mente viable, pero resulCAMACHO ta difícil que Zapatero esté dispuesto a jugarse su propio sillón para sentar a un charnego en el de la plaza de Sant Jaume. Con un resultado parecido al de los sondeos, la decisión final estará en manos del presidente del Gobierno, y acaso ya esté tomada desde la famosa tarde de los pitillos en la Moncloa. Quedará por aclarar si se forma esa coalición sociovergente- -CiU más PSC- -que entusiasma a los poderes fácticos de Barcelona o si los socialistas prefieren dejar que Mas gobierne en minoría, rehén de una moción de censura tripartita en el caso de que se atreva a aproximarse al PP. El candidatode Convergencialo sabey ya ha emitido al respecto una señal, al dirigirse a un notario para certificar que no pactará con los populares, como un anexo solitario del ignominioso repudio firmado en el Tinell. Desde que llegó al poder, el rasgo más coherente del proyecto de Zapatero ha sido el de poner al PP fuera del juego democrático. Ése era exactamente el guión del Tinell, pacto del que Maragall hizo autocrítica no para admitir su espíritu excluyente, sino para reconocer que había sido un error explicitar con toda crudeza el destierro político de un adversario. A estas alturas, la convergencia del PSOE con los nacionalistas sigue siendo el seguro de vida del zapaterismo. El presidente no tiene ganadas las próximas generales, pero la única posibilidad del PP consiste en adelantarle por unos puntos, volcando la actual correlación de fuerzas. En esa hipótesis, para Zapatero sería vital garantizarse que CiU no repita el pacto del Majestic, y para eso no tendrá mejor herramienta que la llave de la Generalitat guardada en su bolsillo. Esa llave no será esta vez de Esquerra, sino del PSC. Montilla arranca la campaña con cara de chivo expiatorio, pero es un hombre de partido y hará lo que tenga que hacer. Por eso es candidato; Maragall jugaba sus propias bazas y ya no era fiable. A la postre, la obsesión anti- PP se ha transformado en el eje real de la política española. Ya es triste que un candidato haya tenido que prometer ante notario que no dialogará con el partido apestado. Y, sobre todo, es triste que en la España del siglo XXI se pueda hablar con ETA, pero no con una fuerza que representa a casi la mitad de la nación. S EL VALOR DE DELIBES OCAS veces se puede acertar tanto en la concesión de un premio. Vocento ha querido honrarse premiando a Miguel Delibes, el último mohicano de una literatura hecha a la medida del hombre, desbordante de austero humanismo, ensimismada en la contemplación de las grandezas y mezquindades humanas. A Delibes se le puede premiar por muchas razones; quizá la más merecida de todas sea la de ser un hombre que, a través de la escritura, ha contribuido a salvar lo que queda de humano dentro de nosotros. Para un escritor criado en Castilla como yo, pueden imaginarse que Delibes ha sido, desde los albores de mi formación, una luz señera, inspiradora y próvida, inagotablemente próvida. Creo que Delibes fue el primer escritor vivo que leí; todavía en mi biblioteca se alinean aquellos modestos volúmenes de Destino, en edición de bolsillo, donde Delibes fue publicando, con impertérrita lealtad, casi toda JUAN su obra. Enseguida descubrí en DeliMANUEL DE PRADA bes una virtud que por entonces (hablo de mi adolescencia envenenada de literatura) ya era difícil encontrar en un escritor vivo; una virtud que, en estos últimos años, ha acabado muriendo por inanición: la capacidad para construir personajes habitados de pasiones elementales, netas como el pan o el vino, ferozmente humanas; pasiones que a veces eran trémulas y apenas susurradas y a veces asomaban enardecidas, sobre el telón de fondo del paisaje castellano, al que Delibes también ha guardado siempre una impertérrita, o más bien alborozada, lealtad. Los personajes de Delibes aman sin displicencia, son abnegados y sufridos, miran el mundo con una perplejidad del tamaño del universo, a veces también son taimados y crueles, a veces tienen algo de alimaña entreverado en las costuras del alma; pero, por encima de cualquier otra consideración, son personajes con alma, personajes que sienten y callan pudorosamente sus sentimientos, personajes traspasados de trascenden- P cia, personajes henchidos de espíritu. Personajes, coño, personajes. También son, con frecuencia, seres ateridos, inermes, expuestos a la orfandad, al abuso, a la pujanza de pasiones oscuras. Delibes, que nunca juzga a sus criaturas, tiene una cualidad distintiva que le permite ensimismarse samaritanamente en su dolor, para comprenderlas desde dentro, con sus lacras y sus claudicaciones, hasta el extremo de que al final el lector acaba identificándose con ellas, se produce esa concordia (dos corazones latiendo al unísono) que es el signo distintivo de la verdadera literatura, la que nos emociona y enaltece. Delibes es el más cabal de nuestros humanistas cristianos; hombre de fe, sus páginas siempre están hilvanadas con un hilo de hermosa e invicta caridad: caridad hacia las debilidades de sus criaturas, caridad para redimir siempre al hombre, aun cuando parezca que su brutalidad lo conduce a la sima de los atavismos o hacia la sima aún más destructiva de un progreso deshumanizado. En Delibes también comprobamos la veracidad de aquella sentencia que identifica el estilo con el hombre: si al hombre lo imaginamos sobrio, huidizo de los halagos, sin recámara ni doblez, es sobre todo porque hemos llegado a dilucidarlo a través de su estilo. No es cierto, como a veces el propio Delibes ha dicho modestamente, que escriba como habla: pero su escritura nos procura ese encantamiento de la naturalidad, esa fuerza de convicción que sólo poseen las palabras cuando brotan de manantiales de agua limpia, cuando aspiran a condensar la escueta y ardua verdad. Delibes, a quien debemos la supervivencia literaria de un lenguaje ya extinto, el lenguaje ancestral y riquísimo de los pueblos de Castilla, es un escritor que a través de la palabra ha sabido cincelar los recovecos del alma humana. Con frecuencia felicitamos al ganador de un premio por su consecución. Creo que en esta ocasión debemos felicitar a Vocento por haber premiado a este raro ejemplar de escritor y de hombre, maestro humanísimo y cordial, mi maestro desde la adolescencia. Enhorabuena por la elección.