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ABC LUNES 16 10 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC UN ASUNTO DE FAMILIA Puede que esa Cataluña en nombre de la cual dicen hablar y que en realidad sólo existe en su imaginación estuviera mejor independiente en Europa, sin la tutela, el amparo ni los sueldos ni los empleos del Gobierno español que pagamos todos... E L que es no busca el ser. La esencia no necesita la representación. El ser se basta a sí mismo y la política es todo lo contrario al ser. La política es un arte constructivo, representativo, que necesita ser contrastado. La política es por tanto lo contrario a la esencia, a la identidad y a la religión. Poner en el centro de la política el problema de la esencia y de la identidad es cubrir la vida de la polis de mixticismo. Cuando la religión se alía con la política, mala cosa, y el nacionalismo no es ni más ni menos que una rama del sentir identitario y religioso. Entre aquellos curas que defendían a Franco desde el púlpito y estos políticos e intelectuales que defienden el nacionalismo como proyecto político hay un rancio fondo común. El derecho a ser y a ejercer el ser (cristiano, musulmán, gallego, español, deficiente, superdotado) es un derecho, y no puede ser una imposición, y por eso la única norma democrática aceptable es aquella que asegura la libertad de elegir. La política tiene muy poco que ver con la esencia y la identidad, y muchísimo más con la moda. Como la moda, los políticos tienen sus pasarelas y sus avances de temporada. Son sus propuestas. También tienen sus top model. No me cabe ninguna duda que el gran top model de la política española ha sido y es Maragall, un hombre que sabe lucir la última propuesta con toda la desenvoltura y el estilo necesarios para colarlo en el mercado. Al margen de sus virtudes o sus defectos, ha sabido mantenerse en un lugar alto de la pasarela, y a la gente le gusta verle desfilar. Tiene un estilo propio y una personalidad que le hacen estar por encima de la opinión pública y de los mismos diseñadores de la colección. Pero al público lo que al final le interesa es la calidad y la seriedad de la propuesta. i tuviéramos que hacer un análisis del diseñador que viste a Maragall, lo tendríamos francamente difícil. Se trata de un equipo con muchas cabezas pero con poca visibilidad. El Estatut, la propuesta con la que Maragall ha culminado su carrera, se nos ha presentado durante dos años como la aspiración de una Cataluña incómoda dentro de España, una Cataluña que se siente nación, con el abierto o velado chantaje de la escisión y la independencia. Con la alianza del nacionalismo, y sobre esa base esencialista y pseudo religiosa del sentimiento nacional, una base populista pero completamente trasnochada y antipolítica se ha constituido un Estatut escasamente refrendado pero que para muchos, quienes lo votaron, era una esperanza y una confianza en su política. El pasado mes de septiembre el actual president de la Generalitat ha venido a despedirse a la Residencia de Estudiantes, y, como las grandes modelos ya fuera de pasarela, ha dicho que eso de la independencia para Cataluña es una barrabasada y que no ha lugar. Ahora que ya nada más se le puede exprimir a las boutades de un nacionalismo de alta costura, Maragall nos lanza, como avanzadilla de la próxima temporada, una nueva versión de esa ubre inagotable que son los modelos de Estado y descarta por completo los diseños enloquecidos de la independencia. L a política sólo es posible con alianzas, diálogo y flexibilidad, pero hay márgenes que no deben ser traspasados. La amenaza velada, el chantaje, el grito que el niño pone en el cielo si no se le da lo que pide, está fuera de un juego político que ofrezca garantías. Es normal que tras estas declaraciones Esquerra Republicana se sienta estafada como aliado, y sobre todo quienes votaron al PSC, los votantes legítimos que esperaban de Maragall una política de izquierdas, que se ocupara de los ciudadanos reales y no imaginarios, y que tuviera en cuenta la libertad de ser y de pensar en una Cataluña plural y moderna. Es legítimo que uno quiera administrar su territorio, se supone que eso es el Estatut, pero no es tan legítimo que uno quiera además administrar el territorio de los otros, y eso es lo que destilan las palabras de Maragall cuando se desmarca de los independentistas después de utilizarlos y aterriza en la Residencia de Estudiantes confesando su españolidad. Da la impresión de muchas cosas, de frivolidad, de oportunismo, de aprovechamiento. Ser español sólo para lo que conviene, negociar con los sentimientos de la gente, alejarse y aproximarse según haya algo que perder o ganar, no acaba de ser una propuesta que ofrezca muchas garantías. La falta de compromiso de estos políticos que visten a Maragall, y su modo de cimbrearse por la pasarela, haciéndose odiar hoy y haciéndose querer mañana, sacando hoy las uñas de una catalanidad insobornable y mañana queriendo acaparar también lo español, suena a señorito mimado, a tío aprovechado que no respeta cotos: en todos se siente con derecho a pescar. Puede que esa Cataluña que Maragall y Carod y Pujol decían defender, esa Cataluña que es como un hermano mayor tirano, como un hereu que se cree con alguna clase de derecho superior, o como un benjamín con eternos celos y complejos de inferioridad, esa Cataluña en nombre de la cual dicen hablar y que en realidad sólo existe en su imaginación, estuviera mejor independiente en Europa, sin la tutela, el amparo ni los sueldos ni los empleos del Gobierno español que pagamos todos, catalanes y no. L S a independencia como susto, la independencia como chantaje y baza a jugar, era lo peor de este Estatut. El diseñador del Estatut y el sastre de Maragall la han jugado. Pero saben muy bien que la independencia es algo que sólo pueden costearse cuatro, una moda excluyente y exclusiva que ha dado de sí lo que tenía que dar en la pasarela y que ahora le conviene transformarse en otra cosa: una moda asequible, algo que ponerse más normal. Tras esa alianza con la religión identitaria nacionalista, a Pasqual Maragall ahora hay que hacerle una confección más de la calle, de todos los días. El ser, la identidad, ha sido para estos artistas curiles e iluminados la piedra de toque de su política. El ser de Cataluña, la identidad del pueblo catalán, sin duda merece su lugar, como el ser gallego o vasco, pero no sabemos si más bien nos las están dando o usurpando. La confortabilidad de los catalanes con su nueva norma aún está por ver. Aparte de las salidas de tono de Rubianes (que en ningún caso justifican la censura posterior) o de la falta de educación de los jóvenes independentistas abucheando a la escritora Elvira Lindo en el pregón de la Mercé, no acaba de verse muestra alguna de la benignidad del Estatut, salvo que la gran muestra de su benignidad sea esta necesidad intrínseca de Maragall de cederle la administración real a CIU en las próximas elecciones (El hereu! Por fin apareció el hereu! y ellos, los segundones, los díscolos, los avanzados, seguir dando misa en Cataluña y cobrando sueldos en Europa y Madrid. LUISA CASTRO Escritora