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16 Nacional ELECCIONES CATALANAS ANÁLISIS DOMINGO 15 10 2006 ABC El Estatuto que pulverizó el tripartito y lanzó a CiU como formación decisiva El proyecto estrella de Maragall chocó con la indiferencia ciudadana y la objeción de PSOE y PP b La parálisis legislativa y el clima de crispación son algunas de las consecuencias de una reforma estatutaria que ha despertado escaso interés ciudadano MARÍA JESÚS CAÑIZARES BARCELONA. Esta es la crónica de un triunfo con sabor a fracaso. El nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, eje de los programas electorales de todos los partidos, menos del PP, ha sido el protagonista absoluto de esta legislatura. Pero también, el principio del fin del pacto tripartito de las izquierdas y del propio presidente Pasqual Maragall. La reforma estatutaria, una clásica reivindicación del nacionalismo catalán, fue el precio que tuvo que pagar el dirigente socialista para ganarse el apoyo de ERC y poder así arrebatar la presidencia de la Generalitat a CiU tras las elecciones de noviembre de 2003. El propio presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se comprometió a apoyar el texto que saliera del Parlamento catalán. Eso ocurría a principios de 2004, cuando el PSOE estaba en la oposición y era muy fácil lanzar eufóricas promesas. Pero el 11- M cambió el curso de los acontecimientos y, ya en el poder, los socialistas comenzaron a recelar de los trabajos de la ponencia estatutaria, donde el PSC secundaba propuestas demasiado rupturistas para algunos barones del PSOE. La definición de Cataluña como nación, la financiación o el llamado blindaje competencial chirriaban desde el punto de vista constitucional, no sólo para el PP, que siempre fue partidario de exprimir el texto de 1979 en lugar de embarcarse en una reforma, sino también para el propio Zapatero y el entonces ministro de Industria, José Montilla, incómodos ante la presión de ERC y preocupados por el papel relevante que CiU comenzaba a tener. La formación liderada por Artur Mas tuvo a su favor la aritmética parlamentaria, pues sin sus votos, el Estatuto nunca sería aprobado por la Cámara catalana. Artur Mas jugó bien sus cartas, pero no todo el mérito es suyo. Maragall nunca pudo liderar el proyecto, quizá porque su partido no le dejó, según se comprobaría meses después. El tacticismo político comenzó a ganar terreno y pese a las advertencias del Instituto de Estudios Autonómicos, asesor de los trabajos, los contenidos del texto perdieron rigor jurídico. En la ponencia comenzó a vislum- brarse un frente común CiU- ERC en favor de los derechos históricos, reivindicación que sirvió de excusa al PSC para amenazar con abandonar la ponencia si prosperaba esa idea. Paralelamente, las declaraciones de dirigentes nacionales del PSOE como Bono o Ibarra contribuían a caldear el ambiente, al tiempo que el PP emprendía una recogida de firmas en contra del proyecto catalán, criticado duramente por el socialista Alfonso Guerra, presidente de la Comisión Constitucional del Congreso encargada de tramitar el texto. El enemigo exterior Mientras, ERC abonaba el clima de la crispación recurriendo al clásico enemigo exterior A la campaña contra la candidatura olímpica de Madrid propuesta por Josep Lluís Carod- Rovira le siguió el estrafalario boicot al cava catalán. La actividad legislativa en Cataluña, por su parte, sufría una parálisis sin precedentes. En este estado de cosas, el Consejo Consultivo, órgano de consulta del Gobierno catalán, puso seny a los trabajos con un dictamen en el que advertía de los visos de inconstitucionalidad del proyecto que, finalmente, fue votado el 30 de septiembre de 2005 en el Parlament por todos los partidos catalanes, excepto el PP. Convergència optó por secundar el texto a sabiendas de que el PSOE nunca lo aprobaría. A partir de ese momento, comenzaban las negociaciones en Madrid, una oportunidad de oro para que el partido de Artur Mas recuperara su protagonismo a nivel español. Para entonces, ERC ya se había convertido en un socio incómodo para el PSOE, que se volvió hacía CiU. Socialistas y nacionalistas designaron a dos pesos pesados para llevar a cabo las negociaciones del Estatuto. Alfredo Pérez Rubalcaba y Josep Duran Lleida, respectivamente. Pero fueron Saura, Maragall y Carod, tras la sesión de investidura del segundo Zapatero y Mas los que, a finales del pasado mes de enero, se hicieron la foto en la Moncloa. Para CiU fue un enorme golpe de efecto: el Gobierno había pactado el proyecto estrella de la legislatura con el jefe de la oposición, a espaldas de ERC y del propio Maragall. Ese fue el principio del fin. Los republicanos, dolidos por haber quedado relegados, amenazaron con no votar el nuevo Estatuto en el Congreso. Esta situación generó un importante debate interno en las filas de ERC, donde Carod seguía siendo partidario del sí mientras que Puigcercós y la militancia pugnaba por el no El 31 de marzo, el Estatuto fue aprobado en el Congreso con los votos contrarios de ERC, PP y EA. La formación independentista justificó su no en la ausencia de un acuerdo sobre el traspaso de la gestión de El Prat, cuestión que quedó fuera de las negociaciones entre CiU y PSOE y que todavía no está resuelta. La situación del tripartito se volvía insostenible por momentos, pues en el mismo seno de un Govern que estaba llamado a desarrollar el nuevo Estatuto convivían dos formaciones- -PSC e ICV- -a favor del proyecto- -con una tercera- -ERC- -contraria al mismo. El referéndum de la abstención Superada la votación en el Senado, le llegó el turno al pueblo catalán y, con él, la última oportunidad de que los republicanos rectificaran. Maragall no logró que Carod impusiera sus tesis en un partido que, finalmente, hizo campaña por el no en el referéndum sobre el Estatuto. El 10 de mayo, el presidente catalán, muy a su pesar, acordó la expulsión de los seis consellers de ERC de su Ejecutivo y el adelanto de las autonómicas. De esta forma, quedaba finiquitado el tripartito y la imagen del president que puso sus últimas esperanzas en lograr un amplio respaldo ciudadano a su proyecto. Ni eso pudo ser. El 18 de junio, más de la mitad de los catalanes llamados a las urnas se quedó en casa. Esa alta abstención empañó el gran porcentaje de síes un 73 por ciento frente a un 20 ERC se convirtió en un socio incómodo para el PSOE que se volvió hacia los nacionalistas catalanes El pacto entre Mas y Zapatero, a espaldas de ERC y de Maragall, precipitó el adelanto electoral