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ABC DOMINGO 15 10 2006 La Entrevista 11 En una prisión de Kazajstán A. S. La izquierda rechazaba en 1974 las revelaciones del Gulag por reaccionarias Los muertos y la Historia TULIO DEMICHELI Alexandr Solzhenitsyn, a bordo de un tren en Rusia de moderación autoimpuesta de sus deseos y exigencias, por la franca avaricia de los ricos y poderosos (personas y también Estados) y por el desgaste de los sentimientos de benevolencia humana. -Muchos pensadores y escritores occidentales apoyaron activamente la dictadura soviética. Básicamente, fue sólo la postura resuelta que usted adoptó y el efecto que causó en el mundo lo que provocó un cambio en todo esto. De hecho, usted se negó a reunirse con el filósofo y escritor francés Jean- Paul Sartre por este motivo cuando él visitó la Unión Soviética. ¿Realmente se produjo una traición de los intelectuales como el filósofo francés Julien Benda lo denominó, una infidelidad, por tanto, de los intelectuales a los valores de la Ilustración? -El apoyo generalizado a la dictadura comunista a partir de los años treinta entre los pensadores occidentales es una señal y una consecuencia del declive del humanismo laico: ahora lo estamos padeciendo, y seguiremos haciéndolo en el futuro. -Probablemente ningún otro escritor, desde el autor francés del siglo XVIII Voltaire, haya tenido un efecto político tan profundo como el de usted... ¿Está satisfecho, o hay cosas que todavía desea finalizar? -En varias ocasiones, he instado a las potencias occidentales a no equiparar el comunismo soviético con la propia Rusia y su historia. Pero, desgraciadamente, muchas potencias occidentales no han hecho esta diferenciación. Y la política de las potencias occidentales, incluso después de la fragmentación de la dictadura soviética, apenas ha modificado su ferocidad hacia Rusia. Eso es lo que más profundamente me decepciona. Pero los acontecimientos en Rusia desde los años noventa han tomado una senda incluso peor. Antes de que pudiera producirse una recuperación nacional, tanto moral como económica, las fuerzas tenebrosas no tardaron en dominar la situación; los ladrones con menos principios se enriquecieron gracias al saqueo sin trabas de las propiedades de la nación, afianzando así el cinismo de la sociedad, y el daño moral ya estaba hecho. Fue una catástrofe para toda Rusia. Experimenté un gran dolor por estas transformaciones. ¿Cómo voy a hablar entonces de satisfacción Y ahora, a mis 87 años, y por si fuera poco con una mala salud, me falta la fuerza para ejercer una influencia real en el curso de los acontecimientos. -Para concluir, le haré la pregunta Reuter NYT inevitable: ¿cómo será el futuro de Rusia? ¿Democracia o Estado autoritario a semejanza del modelo chino? -Estoy muy preocupado por el futuro de Rusia. No voy a aventurar ninguna predicción. Sus preguntas guardan relación más que nada con el orden social. Esto es extremadamente importante, aunque el orden moral todavía lo es más. En lo que respecta a la esperada democratización de Rusia, presenté mi propio modelo ya en 1990 (en un ensayo titulado Cómo reorganizar Rusia un plan para la creación progresiva de estructuras democráticas, empezando por una administración local autónoma y ascendiendo hasta el nivel gubernamental. La actividad de la administración local autónoma en muchos países occidentales es un modelo que yo animo a mis conciudadanos a emular. Mi modelo es distinto del sistema parcialmente parlamentario que domina en Occidente. La existencia de partidos políticos cuya única preocupación es subir al poder no me parece algo positivo, sino todo lo contrario. Hasta el momento, mi propuesta no ha sido recibida con simpatía. Aun así, preferiría ver una futura democracia rusa que una traducción heredada de Occidente. En 1974, Íñigo logró uno de los mayores éxitos de Estudio abierto al entrevistar a Solzhenitsyn, quien acababa de ser expulsado de la URSS tras la publicación en Francia de Archipiélago Gulag Recuerdo con claridad el dramático contraluz con el que se vistió la puesta en escena y la grave y pausada voz de su protagonista que revelaba lo que no queríamos oír ni creer quienes militábamos en la izquierda. Aunque fuera verdad lo que cuenta- -nos decíamos- Solzhenitsyn es un reaccionario y un cómplice del imperialismo, pues sus revelaciones ponen objetivamente en peligro el socialismo real No importaba que el Pacto de Varsovia poco antes hubiera acabado con la Primavera de Praga (pese a las tímidas protestas de Carrillo y Berlinguer) ni que Castro les hubiera mostrado los colmillos a los intelectuales durante el caso Padilla en 1971, ni que la Revolución Cultural- -jaleada por Sartre y Godard- -estuviera acabando con la burocrática vida de varios millones de chinos. Era la misma historia de siempre. Tampoco nadie quiso oír ni creer las críticas de Souvarine al régimen de Stalin. También los intelectuales se sumaron al auto de fe celebrado en el Congreso de Valencia contra André Gide tras la publicación de su valiente libro Retorno de la URSS A Valentín González, el Campesino, sus camaradas le dieron la espalda cuando llegó a París tras haber escapado a pie, milagrosamente, del paraíso soviético. Ni Artur London ni Koestler fueron muy celebrados... En fin, Solzhenitsyn realizó un gesto de gran simbolismo cuando, al visitar Francia, quiso ir a La Vandée para honrar a los muertos del Terror de la Revolución Francesa- -mataron a muchos más campesinos que nobles- -porque, aún hoy, tampoco nadie quiere saber nada de ellos.