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10- 11 S 6 LOS SÁBADOS DE Pareja de pistolas de acero, oro madera y plata, encargo de Felipe V para Fernando VI. Se usaban para cazar jabalíes a caballo austria, donde estaban las armas imperiales El segundo hecho novedoso que se aporta es que esa armería, que llegó a tener 380 escopetas, fue objeto durante la guerra de la Independencia de una operación de salvamento ordenada por la Regencia, que temía que el gobierno intruso de Bonaparte expoliara aquel tesoro. La producción de armas de lujo para la corte del XVIII- -relata a S 6 el conservador- -fue de las más importantes, hasta el punto de que los príncipes de toda Europa se preciaban de tener armas hechas por los arcabuceros reales de Madrid. Estas piezas sólo se conseguían por regalos de los reyes y por los propios arcabuceros, pero con permiso real Este puesto prominente de Madrid es un aspecto de la historia de la Villa totalmente desconocido, porque pensar en su producción artística es hacerlo en los tapices de la Real Fábrica o en las porcelanas del Buen Retiro, pero muy pocos se acuerdan de los arcabuces madrileños y, sin embargo, para sus contemporáneos, tanto españoles como europeos, era lo más preciado y envidiado, según los testimonios de italianos, franceses e ingleses, y de toda una rica literatura, entre la que está la del mismísimo Jovellanos Incluso, -añade el historiador- -se conocieron casos de espionaje industrial cuando llevaron arena del Manzanares a Inglaterra, creyendo que el secreto de la perfección de los cañones madrileños estaba en las partículas del río. Evidentemente no era eso, sino la transmisión de los conocimientos que se fraguan en el siglo XVII junto al ingenio de uno de sus maestros arcabuceros. Sabían que uno de los riesgos a eliminar era que el cañón reventara, poniendo en peligro la vida del que lo estaba usando, y que en este caso era ni más ni menos que el Rey. Pues bien, Nicolás Bis (rebautizado de esta manera por los madrileños incapaces de pronunciar su nombre alemán) inventó un sistema de forja de los cañones que consistía en comprar herraduras viejas Espionaje industrial Elegante escopeta de Isabel de Farnesio (a la derecha) afamada cazadora, y la encargada para Fernando VI siendo príncipe vizcaínas que, con tanto tute era imposible encontrar hierro más batido- -la base del acero- recortarles los extremos y meterlas en la fragua para fundirlas otra vez y, sobre eso, forjar los cañones. El acero era de una calidad sobresaliente. Luego, estos cañones se acompañaban en muchos casos de una serie de lujosas decoraciones, aunando calidad técnica y última moda, que en aquel 1700 es la que marcaba Francia, pero cuyos diseños reinterpretan los arcabuceros madrileños embutiéndolos de diamantes, entre plata y oro Según la tasación que en 1813 la Regencia encargó al armero vasco José Bustindui- -y cuyo orden de valía se sigue literalmente en el catálogo de Soler del Campo- -la escopeta más cara de la ballestería es una de retrocarga, en acero, oro, madera, plata, pedrería y esmalte, hecha por José Cano como regalo a Felipe V, y que se valoró en 29.000 reales de vellón cuando por diez retratos de Carlos IV y su familia se pagaron a Goya 16.634. A la arcabucería de lujo la mata la guerra de la Independencia. Y precisamente de ella el conservador de la Real Armería extrae el antes citado episodio inédito, que hoy bien podría ser el argumento de una producción cinematográfica a dos años de conmemorarse el bicentenario de aquel conflicto. Cuando los franceses entran en Madrid, ésta era una ciudad armada porque había mucho cazador. Es verdad y está documentada esa visión romántica de la resistencia con señoras que pertrechadas de tijeras destripaban caballos, pero al ejército de Bonaparte lo que le preocupaba eran las armas de fuego y que los madrileños se liaran a tiros desde los balcones. Eso explica el Bando de Murat, en el que anuncia que se fusilará a todo el que tenga armas, y cuadros tan famosos como el de Los fusilamientos del 3 de mayo La regencia del Reino está en Cádiz y desde allí, conocedora del imponente valor de la colección de la Armería de la Real Ballestería, ordena su rescate con lo que hoy sería una auténtica operación de comandos dirigida por Manuel Mantilla de los Ríos, quien exponiendo su propia vida en una heroica gesta, aprovecha una de las salidas de Bonaparte para sacar en cuatro carros 83 arcabuces de los 380 existentes, sorprendido por la inesperada vuelta de Pepe Botella De tal manera se suceden los acontecimientos, que cuando el francés está entrando por Chamartín, la arcabucería sale por los caminos de Toledo hacia Cádiz, donde ante la quiebra económica de la Real Caballeriza se vendieron las piezas más regulares, por lo que a Madrid sólo regresaron 41 Eso sí, las mejores. DÍAS DE JÚBILO Tardor C Blas Matamoro uando Madrid cambia de olores, el otoño ha llegado. Gasolina quemada y polvo de obras públicas, los secos aromas del verano, dejan paso a la leña ardiente y las asaduras de los castañeros. Sobre el cobre de las hojas secas, la otoñada hace surgir la presencia mojada de jardines y parques (a ver si es cierto esta vez) Los botánicos han corroborado la intuición de los poetas decadentes: con precisión, el otoño es lo contrario, algo esplendoroso. Las vegetaciones concentran su ciclo antes del sueño invernal. Los módicos bosques municipales se adornan de variedades: verde hierro, ocres, el rojo de la viña silvestre, los amarillos que lucen como el oro al menor contacto solar. Momento de la reflexión y la concentración de las estaciones, sus frutos parecen obra de ebanistas primorosos, hechos a mano uno a uno y brillantes de barniz o cera: castañas, avellanas, nueces. Los romanos lo representaban como un señor maduro, cargado con racimos de vid. Le dieron un nombre que seguimos deformando en nuestras lenguas romances: Auctumno. La lengua catalana tiene, por excepción, una denominación más cercana y tangible: tardor. Suena a cosa tardía, que llega cuando los demás se han marchado, cuando estamos solos, cada cual consigo mismo, en el silencio de la memoria y el recuento. Pero también suena a tarde, a esa parte del día que sucede al trajín iniciador de las mañanas pero conservando todo el estallido de su luz. Hay episodios de nuestras vidas que sólo pueden ser tardíos, otoñales, así como hay propuestas de la jornada que sólo pueden suceder durante la tarde. Es la hora de mirar lo que hemos explorado, tomar distancia y echar las cuentas. De todas las estaciones, el otoño parece ser la que se hace esperar, la que esperamos. El invierno nos arrincona, la primavera nos lleva por delante, el verano nos atenaza y nos inmoviliza. En cambio, el otoño, el templado tardor mediterráneo, nos deja en libertad, con la memoria cargada de lo vivido y lo no vivido. ¿Cuándo empieza el ciclo de las estaciones? Como es circular, como todo se repite en ellas, podría situarse en cualquier etapa. Propongo que le demos comienzo por el otoño, al que se suele dejar de lado, como anuncio del final y es lo contrario. Lo que llega con la tarde en ese largo día que solemos llamar la vida, es lo que permite organizar el tramo que sigue. No es un término sino una iniciación.