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4 Opinión SÁBADO 14 10 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Sociedad, Cultura y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Nacional) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar ARENDT, EL SIGLO DEL TOTALITARISMO E LUZ DESENFOCADA SOBRE LA HISTORIA E L proyecto de ley que acaba de ser aprobado en Francia, que prevé penas de cárcel como castigo por negar que haya existido un genocidio armenio en Turquía, es una decisión desenfocada sobre un problema que está muy lejos de ser prioritario para la sociedad francesa: puestos a prohibir el negacionismo de episodios pasados de todo el mundo, el trabajo legislativo de la Asamblea Nacional quedaría bloqueado y acabaría, sin duda, desembocando en acontecimientos que los propios franceses han preferido dejar archivados en los anaqueles del olvido. De tratarse de un asunto más superficial, para explicar esta iniciativa socialista bastaría simplemente con recordar que Francia está en pleno periodo electoral y que tiene más votantes de origen armenio que turco. Sin embargo, sería una ingenuidad ignorar que este debate tiene mucho más que ver con una corriente social que discurre en silencio, pero con mucha fuerza, por los entresijos de todas las sociedades europeas, y la francesa en especial, preguntándose cada vez más abiertamente sobre las posibilidades de éxito de la convivencia con un país musulmán como Turquía en el seno de la Unión Europea. Los diputados franceses han tomado su decisión en un momento de graves tensiones entre Turquía y la UE, en las que el caso armenio no ha tenido nada que ver, pero que ha coincidido con la concesión del premio Nobel de Literatura al escritor turco Orham Pamuk, que precisamente ha sido de los primeros en denunciar el error de negarse a reconocer la matanza de cientos de miles de armenios. No debería extrañar la reacción orgullosa de los turcos, sometidos a su propia efervescencia electoral y para cuya opinión pública es fácil deducir que se ha producido una situación humillante en la que, por un lado, Francia castiga a los que nieguen un episodio que ellos conside- ran deshonroso, y por si fuera poco, Suecia le da un premio a quien se ha atrevido a hablar de ello. El resultado va a ser un previsible periodo de enfriamiento glacial en las relaciones entre Europa y Turquía, algo que muchos van a celebrar- -en Francia y también en otros países- -con el aliciente añadido de que podrán decir que es Turquía la que se aleja de la UE y no Europa la que cierra sus puertas. Si ése era el objetivo, el camino era el menos adecuado. Es cierto que en Europa hace falta un debate realista sobre sus horizontes y sus límites, y que sobre el caso turco en concreto los dirigentes europeos han dado pasos demasiado rápidos, guiados exclusivamente por una especie de pragmatismo ilustrado y sin tener en cuenta la sensibilidad de los ciudadanos. Más allá de las fronteras turcas, también es prioritario hablar seriamente sobre las relaciones entre el islam agitado por el fundamentalismo y el Occidente laico, porque éstas son las preguntas que están en la inquietud de nuestras sociedades. Sin embargo, la decisión de los diputados franceses que han tramitado este proyecto de ley tiene el efecto contrario: fija la luz en las interpretaciones interesadas de un episodio que existió realmente, pero que debería quedar en manos de los historiadores. Da igual que sea persiguiendo el negacionismo que promoviendo las revisiones interesadas de la historia, como se ha visto en otros casos: los que quieren mezclar la historia con la política- -o, peor aún, con la trifulca electoral- -no ayudan a nadie. Es cierto que los alemanes establecieron para sí mismos esa prohibición de negar el pasado como una prueba de arrepentimiento, y también para jurarse que no volverían a caer en semejante infierno. Ojalá los turcos lleguen a decidir, sin interferencias extranjeras, afrontar abiertamente su pasado, porque eso será la señal de que caminan en dirección a Europa. Pero para eso, esta ley francesa no sirve de nada. DEMAGOGIA CON LAS MUJERES F ALTANDO casi tres meses para que termine el año, el número de mujeres muertas por sus parejas en 2006 es ya similar al de todo 2005, lo que demuestra que la tragedia de la violencia doméstica parece no tener control, pese a la plena vigencia de la ley integral para la protección de las mujeres, aprobada en diciembre de 2004. Sin duda, el Gobierno socialista no es responsable de estas muertes, ni los jueces, ni los fiscales. Sólo aquéllos que matan a sus parejas y, por omisión, quienes silencian los malos tratos, que en muchas ocasiones preceden al homicidio. Pero el Gobierno sí es responsable políticamente de haber alimentado expectativas que, desde el primer momento, eran inviables; de haber hecho demagogia con el sufrimiento de miles de mujeres, apoyándose en la afinidad ideológica de la mayoría de las asociaciones feministas, hoy escandalosamente mudas a pesar de que la tragedia no cesa; y de haber hecho creer, por ejemplo, que una ley que castiga más al hombre que a la mujer, sólo por razón de su sexo, iba a proteger más a las mujeres. Los resultados son realmente malos, pero el efecto de la propaganda ha sido tan eficaz que está tapando la dimensión del fracaso: en la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) correspondiente al mes de julio, sólo el 1,6 por ciento de los encuestados consideraba que este tipo de violencia era un problema principal de España. Así es cómo, gracias a una estrategia de pura propaganda, las mujeres víctimas de la violencia de sus pare- jas han ganado una ley ineficaz y, en paralelo, han perdido el respaldo de la sociedad. Pero el problema existe y se agrava. El ministro Caldera, cosechando otro fiasco- -y, por elevación, todo el Gobierno- buscó la foto fácil y el aplauso general con una ley probablemente inconstitucional (basta contabilizar todas las cuestiones de inconstitucionalidad presentadas por tribunales penales) y totalmente condicionada a una política de gestión y de financiación que no se ha producido. Se ha confiado exclusivamente en el efecto disuasorio de la sanción penal, con unos juzgados especiales ya saturados y unos mecanismos procesales excepcionales- -como la orden de protección inmediata- -a los que se acude en ocasiones para fines ajenos al amparo frente al maltrato. Tampoco se ha atendido como era debido la dotación de sistemas administrativos de asistencia a las víctimas, ni la coordinación entre administraciones públicas. No se ha buscado la implicación de familiares y vecinos en la denuncia de los malos tratos- -verdaderos encubridores, en muchos casos, de estas agresiones- -y se ha provocado un abuso de medidas cautelares penales más para tranquilidad de los jueces que por exigencia del principio de proporcionalidad. Lamentablemente, se ha convertido en costumbre que este Gobierno siempre confíe en que se le juzgue más por la eficacia de su propaganda que por la calidad de sus resultados. Lamentablemente, hoy ya hay tantas víctimas como el año pasado. L miedo cubre la vida intelectual como una nube tóxica escribía la filósofa Hanna Arendt- -hoy se cumplen cien años de su nacimiento en Linden, Alemania- -a su colega, el eminente Karl Jaspers. Fue el miedo el que cubrió no sólo la vida intelectual, lo que caracteriza buena parte de la historia política del siglo XX. El siglo del totalitarismo, el siglo de los apátridas, de los perseguidos, de los exterminados. Sólo con los crímenes de Estado pertrechados por Hitler, Stalin y Mao, y todavía queda un reguero de criminales por señalar, el siglo XX deja una siniestra estela de sangre y persecuciones, por lo general, ideológicas, es decir, políticas. Hanna Arendt se enfrentó a la gran pregunta de ese siglo: ¿cuáles son los orígenes del totalitarismo? ¿cuál su base y su fundamento para que arraigue, y de qué manera, en pueblos y naciones otrora centros de la civilización, de la ciencia y del progreso? Son el antisemitismo y el nacionalismo europeos del siglo XIX el arranque de una deriva histórica que, ya en el XX, desembocará en el nazismo y los comunismos soviético y chino. Mediante el terror y la propaganda, el totalitarismo pretendía forjar el hombre nuevo El totalitarismo- -escribe en su obra más conocida, Los orígenes del totalitarismo (1951) -busca no la dominación despótica de los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos De ahí que en su obra posterior La condición humana (1958) intentara encontrar la respuesta a tan inquietante pregunta: ¿cómo llegó a ocurrir lo que nunca debió suceder? La política, algo necesario, urgente, insoslayable, que ya no vivía apoyada de la religión, se convertía en un enigma. El pensamiento de Arendt, complejo, a veces contradictorio, siempre vigoroso, indestructible en su voluntad de perfilar el ser y el deber de la política, enfrentado a los desasosiegos que provoca el dantesco espectáculo de decenas de millones de asesinados, trató- -y a ello se dedican hoy las páginas de ABCD de las Artes y las Letras- -de abrir una esperanza a la libertad de los individuos, más allá de las razas, las religiones y los pretendidos mundos perfectos... Cuando el gran historiador y ensayista Gershon Scholem le acusó de no mostrar amor por su pueblo, le escribió: Jamás en mi vida he amado a ningún pueblo o colectivo, ni al alemán, ni al francés, ni al norteamericano, tampoco a la clase trabajadora o cualquier otra. De hecho, yo sólo quiero a mis amigos, y soy incapaz de cualquier otro amor No es poco y es el único. Hanna Arendt fue, y por ello se conmemora su centenario, una mujer imprescindible, con una asombrosa capacidad premonitora de la deriva que tomaba la maltrecha condición humana; proclamó la banalidad del mal y mostró una indestructible pasión por la libertad. Sabía que el grado de libertad política de los ciudadanos es el fundamento de la convivencia y, como europea, de la dignidad.