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ABC JUEVES 12 10 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ENGAÑOS DE LA GEOGRAFÍA Tal vez lo peor de todo venga de las conclusiones, peligrosas por erróneas, a que llegamos limitándonos a mirar un mapa o a tomar en serio los cuentos de un guía en la Catedral- Mezquita de Córdoba... OCOS madrileños saben que en el emplazamiento de los rientes y turísticos jardines de la Plaza de España, en la explanada frontera al monumento a Cervantes, fueron fusilados por los franceses en la madrugada del 3 de mayo de 1808 los patriotas capturados el día anterior. Por descontado, a la sazón no existía nada de cuanto rodea el lugar actualmente: descampados y calveros acompañaron a las víctimas en sus últimos instantes, aunque la ubicación exacta constituya un asunto menor ante la trascendencia del acontecimiento, lo de verdad relevante. Sin embargo, la imagen del lugar cambia de manera radical si pensamos en su dramática historia y tratamos de despojarlo de banquitos, arriates floridos y paseantes con cámara. No es un ejercicio banal intentar entender nuestra realidad presente, también, dando un rodeo por un tiempo del que venimos Somos lo que somos, pero también lo que han sido otros apuntó certeramente José Saramago) a sabiendas de que la configuración de nuestras ciudades, en especial las grandes y punteras, se ha modificado hasta el extremo de convertirse en casi irreconocibles para sus habitantes de hace un par de siglos. Si el Capitán Contreras de verdad resucitase, no hallaría explicación lógica de que tal o cual iglesita o monumento del viejo Madrid (por ejemplo, la de San Nicolás o la Torre de los Lujanes) se encuentren en una urbe tan extraña. Y corto el río de adjetivos que a continuación se me ocurren. P co en 1607, o la ocupación de terrenos mal ganados al mar en el Malecón habanero provocan el hundimiento de monumentales construcciones del tiempo virreinal o la invasión de las aguas con incómoda frecuencia. El viajero que en Buenos Aires se atiborra de la mítica carne argentina, raramente evoca a un Pedro de Mendoza ingiriendo, muerto de hambre, las cinchas de los caballos tras haber acabado con los caballos mismos; del mismo modo que no es fácil imaginar aquella costa pelada y sin edificios, el primitivo fuerte, la segunda fundación. Ni siquiera el Cabildo de la ciudad, mutilado por las avenidas, sugiere el pasado, exhibiendo en los muñones de sus alas la fiebre modernista deseosa de cortar lazos con lo pretérito, con la Argentina virreinal, con la de la campaña. El problema- -creemos- -no reside en que sucediera, sino en que no nos percatemos de ello. S S on inimaginables la Catedral de Santiago sin la presente fachada del Obradoiro, el Acueducto de Segovia sin Casa Cándido, la Alhambra granadina sin japoneses. Arqueólogos e historiadores del Arte nos detallan, amorosos, las fases de construcción, de embellecimiento, pero sus trabajos no llegan al gran público y pocos sevillanos o visitantes son conscientes de que el airoso perfil de la Giralda se debe más a la mezcla y superposición agregada por los cristianos que a la sobria factura almohade. Que el aspecto y la vida misma de las poblaciones han cambiado es una evidencia cuya mera mención avergonzaría al propio Pero Grullo, por excesiva. Sin embargo, lo que no es tan patente ni diáfano es la idea que de ese cambio albergamos, pues la tendencia a creer que las cosas fueron así siempre- -un siempre medido con la vara de nuestra vida- -se impone de modo subconsciente y, al pensar en un edificio antiguo, su actual figura propende- -aunque no reparemos en ello- -hacia la eternidad. En la ristra de ejemplos, infinita, omitimos entrar en la deriva de los continentes (esos veinte centímetros anuales que se alejan América y África) en el afloramiento de tierras (Útica, Cádiz, O Grove) o en la venganza de la Naturaleza: la desecación de la laguna de Tenochtitlán, iniciada por el virrey Velas- abemos que Jaén no siempre estuvo cubierta de olivares, al menos tanto: no antes de la Reconquista cristiana, cuando, transcurridos dos o tres buenos siglos, comenzó a generalizarse el consumo de aceite. Como sabemos que los Arribes del Duero o la Ribeira Sacra del Sil, en tiempos no muy lejanos y sin embalses, en realidad flanqueaban cauces muy pequeños; o que el cairota barrio de Bulaq, famoso en el XIX por sus ediciones impresas, hoy en día en la margen derecha del Nilo, se hallaba hace cuatro siglos en la izquierda. El humilde regato sobre el que se riñó, en 1538, la Batalla de las Salinas entre almagristas y pizarristas a las afueras de El Cuzco, está reducido hoy en día a la función de albañal entre chabolas; el bonito barrio habanero de El Vedado era un bosque cerrado hasta el XVIII y el tránsito por él, prohibido con severísimas penas; la Salta que contemplamos en la actualidad difiere notablemente de la vista por Alonso Carrió hace más de dos siglos y mucho más de la que vislumbrara Reginaldo de Lizárraga en 1600. Ya no hay rastro de los fosos y aguas desmadradas que Concolorcorvo (alias de Carrió) casi denuncia, tampoco de las recuas de mulas, ni de las ferias o tratantes, aunque los cerros y montañas deben ser casi los mismos y las manchas de boscaje, hacia el oeste, también. Pero Carrió nos ilustra en los aledaños: Jurisdicción de Salta: Inmediato al Pozo del Pescado da principio ésta y al medio quarto de legua está el paso del río nombrado Tala pasado el río se camina un dilatado trecho entre dos montes tan espesos que sólo ofrecen el preciso paso a una carreta... Desde que el asturiano cruzara por esos parajes el bosque ha desaparecido y la deforestación avanza por doquier. Como en todas partes: si volvemos a los paisajes de nuestra infancia, para identificarlos plenamente, comprobamos que faltan árboles y sobran casas. N o tiene sentido discutir que ríos, mares, cordilleras, desiertos, climas o corrientes marinas han sido fronteras, facilitado o impedido el movimiento, el contacto, las migraciones y guerras, el comercio, la difusión de las técnicas, pero con los ejemplos precedentes- -y con los infinitos que se podrían añadir- -no más reflejamos cuán engañoso es fiar el juicio a las apariencias que a nuestra fantasía sugieren los ojos y conceder a la Geografía un poder determinante en la vida y los actos humanos, por mucho que los condicione: La Historia es esclava de la Geografía casi nos condena Pedro Antonio de Alarcón en La Alpujarra, concediendo a la segunda un carácter decisivo que, de hecho, dista bastante de la realidad. El determinismo geográfico no es invencible, la Naturaleza puede ser derrotada- -aunque no siempre- -si la voluntad del hombre actúa de modo ordenado y sistemático. Tal vez lo peor de todo venga de las conclusiones, peligrosas por erróneas, a que llegamos limitándonos a mirar un mapa o a tomar en serio los cuentos de un guía en la Catedral- Mezquita de Córdoba. Por eso se nos hace tan inaceptable que, engañados por la Geografía o disimulando sus pésimos objetivos, no falten gentes entre nosotros prestas a confundir Andalucía con al- Andalus, a considerar marroquíes a Ceuta y Melilla (preparando la entrega) sólo por encontrarse en la costa africana, o a proclamar a Turquía país europeo por estar un cuatro por ciento de su territorio en este continente. El buenismo aliado a la ignorancia, bebedizo para el sueño. SERAFÍN FANJUL Catedrático de la UAM