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ABC MIÉRCOLES 11 10 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL GRITO Un lienzo considerado un icono de la modernidad, por lo que explicita de la angustia y desolación del hombre de hoy, tal y como su autor nos relató, recordando las circunstancias de su creación... H ACE unas semanas la policía noruega recuperaba El Grito, uno de los cuadros más célebres de Edvard Munch, que había sido robado dos años antes de la Nasjonalgalleriet en la ciudad de Oslo. Un lienzo considerado un icono de la modernidad, por lo que explicita de la angustia y desolación del hombre de hoy, tal y como su autor nos relató, recordando las circunstancias de su creación, el año de 1895 al hilo de su viaje a París: Una noche anduve por un camino. Por debajo de mí estaban la ciudad y los fiordos. Estaba cansado y enfermo. Me quedé mirando el fiordo, el sol se estaba poniendo. Las nubes se tiñeron de rojo como la sangre. Sentí como un grito a través de la naturaleza. Me pareció oír un grito. Pinté este cuadro, pinté las nubes como sangre verdadera. Los colores gritaban Un relato que nos acerca a las mejores, pero afligidas páginas de Fedor Dostoievsky y Sören Kierkegaard. La obra expresa así, desde los parámetros plásticos simbolistas del artista, el alarido pesaroso y la incertidumbre más feroz y desconsoladamente existencialista. Los ojos del sujeto, literalmente desencajados, se escapan de sus órbitas, mientras una incisiva boca, cual cuchillo cortante, aúlla toda la aflicción y el tormento del hombre perdido en su congoja brutal y nihilista: Es tanto el peso de mi alma- -nos indicaría el pintor nacido en Löten- -que ningún pensamiento puede transportarla, y no hay alas capaces de elevarla a lo inmaterial... En mi pecho anida una opresión, un temor que adivina un terremoto bredimensionado en su crueldad y sofisticación para no sólo derrotar al enemigo, sino perpetrar su aniquilación. Como recordaba hace poco el periodista Carlos Besanson en El Diario del Viajero, El desarrollo constante de nuevas tecnologías convirtió a las guerras no solamente en discutibles e injustas matanzas, sino también en destrucciones que estropeaban por mucho tiempo la vida de los sobrevivientes de ambas partes... Las guerras políticas, con sus iracundias siguen desarticulando el entendimiento. Puede haber legítima defensa, pero no justo ataque N a moderna Historia del Arte, es cierto, ha tratado de exorcizar el horror y la muerte de la guerra. Traigamos a la memoria El coloso, La carga de los mamelucos o Los fusilamientos del 3 de mayo, de Francisco de Goya; el Fusilamiento del Emperador Maximiliano de Édouard Manet; y, por supuesto, el Guernica y Masacre en Corea de Pablo Picasso. Pero, por lo que se constata, dada la tozudez humana en continuar matándose genérica e inmisericordemente, con escaso éxito. Una paz narrada de manera insuperable, no ya sólo estética, ¡que por supuesto que sí! sino épica y hasta éticamente, en el abrazo, como recordaría el maestro Díez del Corral (Velázquez, la Monarquía e Italia) con la mano derecha del general Ambrosio de Spínola al derrotado Justino de Nassau en La rendición de Breda de Diego Velázquez. Pero en cuanto abandonamos la pintura, la realidad impone su cara despiadada. Está visto que no hay forma de detener las guerras que asolan, de norte a sur y de este a oeste, nuestro planeta. Y no les hablo de lejanos conflictos, sino cercanos en el tiempo: Albania, Bosnia, Moldavia, Georgia, Nagorno- Karabaj, Kosovo, Macedonia, el Sahara, Etiopía, Liberia, Eritrea, Somalia, República del Congo, Afganistán, Irak, Sudán, Burundi, Indonesia, Haití, Camboya, Rwanda, Líbano, etc. Una realidad que el desarrollo tecnológico ha so- L o comparto por tanto la clásica argumentación de Carl von Clausewitz, de que La guerra es la continuación de la política por otros medios pues no considero que la guerra moderna sea, sin más, un acto político ni que pueda articularse como silogismo de una construcción racional. ¡Qué puede hallarse de racional en matar! Y, menos aún, que, iniciado el conflicto, éste no deba detenerse jamás hasta abatir por completo al enemigo: Constituye un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad Hay mucho más en toda guerra que los, por otra parte, inteligentemente desgranados elementos que el Canciller alemán diseccionaba en su extenso Tratado de la Guerra en ocho tomos: de una parte, el odio, la enemistad y la violencia primitiva; y, de otra, el juego del azar y las probabilidades. Como tampoco es asumible la construcción de Carl y su comprensión de la Política como la tensión indefectible de la dialéctica amigo- enemigo público (hostis) Enemigo es sólo un conjunto de hombres que siquiera eventualmente, de acuerdo con una posibilidad real se opone combativamente a otro conjunto análogo. Sólo es enemigo el ene- migo público, pues todo cuanto hace referencia a un conjunto tal de personas, o en términos más precisos a un pueblo entero, adquiere eo ipso carácter público A mí, por el contrario, me conmueven las palabras del escritor alemán Thomas Mann: La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz O los mandatos recogidos en la Constitución española de 1931- España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional (artículo 6) -o del Preámbulo de la vigente Carta Magna de 1978- La Nación española proclama su voluntad de: Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra Si bien, también es verdad, como puntualizaba Clausewitz, que las pasiones que deben prender en la guerra tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance que lograrán el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar dependerá del carácter del comandante en jefe y del ejército; los objetivos políticos, sin embargo, incumbirán solamente al Gobierno Y habríamos de ir más allá. Se trataría de postular un derecho fundamental a la paz, ya que como afirma Pérez Esquivel, desde la Cátedra para la Paz y Derechos Humanos, éstos se encuentran vinculados a la vida digna y a la paz. Traigamos a colación así la Declaración de la Constitución de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) donde se argumenta que puesto que las guerras nacen en las mentes de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes para la paz La paz duradera es pues premisa y requisito para el ejercicio de los derechos y deberes humanos. Y se sigue puntualizando: No la paz del silencio, de los hombres y mujeres silenciosos, silenciados. La paz de la libertad- -y por tanto de leyes justas- de la alegría, de la igualdad y de la solidaridad. Hemos de poner empeño en atajar los conflictos en sus inicios. Mejor aún es prevenirlos. La prevención es la victoria que está a la altura de las facultades distintivas de la condición humana. Saber para prever. Prever para prevenir. Actuar a tiempo, con decisión y coraje, sabiendo que la prevención sólo se ve cuando fracasa Yo, mientras alcanzamos tan deseable y necesaria aspiración, sigo rememorando las sabias palabras de Herodoto, que también sabía mucho de la guerra (recordemos sus narraciones de las Guerras Médicas entre griegos y persas) Ningún hombre es tan tonto para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba, y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba PEDRO GONZÁLEZ- TREVIJANO Rector de la Universidad Rey Juan Carlos