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ABC DOMINGO 8 10 2006 Cultura 61 Antonio Mingote: Es terrible oír decir a alguien que se jubila El académico y dibujante brinda a los lectores su poema inédito Nunca estuvo en Chicote bA sus 87 años, Mingote sigue dibujando un chiste al día, crea mosaicos para Ribadesella y lleva tallando desde hace un año su incipiente obra poética BENJAMÍN LANA MADRID. Si le dijera a Antonio que no tiene nada que hacer en una semana se moriría dice Isabel, su mujer. El día que me levanto y no tengo nada que hacer soy feliz afirma Mingote. Ella baja el toldo para que el sol de principios de otoño que se cuela por la cristalera no arruine el café. Mientras, él sigue la explicación y desbarata la aparente contradicción. Me cabrean los compromisos y las leches. ¿Dibujar? Ah, eso no es trabajo. Al revés, cuanto más mejor La vida es intensa en su casa. Mingote toma café solo y fuma un montecristo cuando tiene amigos en casa y confía en que la tertulia sea animada. Aspira el humo blanco y dice: Es terrible oír a alguien cuando dice que se jubila, esa es una palabra gravísima. La jubilación es la muerte. La muerte miserable Aunque dice que es una rémora fuera de juego, sin autoridad para hablar porque tengo 87 años y este mundo no es mi mundo sentencia con lucidez: Los españoles nos hemos vuelto una cosa que nunca hemos sido. El español ha sido de todo menos cursi. Ha sido cruel, sanguinario, revolucionario, pero cursi, no. Ahora que somos ricos nos hemos vuelto cursis. Estamos perdidos porque la cursilería, en el fondo, es la zafiedad, la grosería, la poca espiritualidad Y prosigue: Todas las civilizaciones se han destruido con la invasión de los bárbaros. Ahora resulta que los bárbaros vamos a ser nosotros mismos A Mingote no le gusta el humor actual ni el comportamiento de los políticos: La política contribuye a la confusión. Sólo funciona medio país, porque la otra media está anulada. ¡Y eso no puede ser, coño! Falta categoría intelectual La libertad, para Antonio Mingote, es un don del cielo que, sin embargo, está teniendo algún efecto negativo al aplicarse, como es facilitar el paso a la zafiedad y a la ordinariez En estos momentos- -afirma- -falta categoría intelectual y la culpa es de la televisión y de la prensa Él sigue fiel a su ABC, en cuyas páginas publica un chiste diario desde el 19 de junio de 1953. Ahora los humoristas trabajan con pareja, entre dos. Yo no puedo entender eso. Y encima algunos dibujan lo que sugiere o dice el director. Yo me niego. Lo que agradezco a ABC es que me dejara el espacio para desarrollarme y la libertad absoluta. Nunca me Antonio Mingote e Isabel, su mujer, en el estudio de su casa han dicho lo que tenía que hacer, ni me lo han insinuado. Ni antes, ni ahora Mingote se ilusiona pensando en la colocación, en el Paseo de la Grúa en Ribadesella, de los episodios de su historia y relata la caza de la ballena y la importación de sal de Bretaña por los vecinos de la villa. Doña Letizia está al tanto de sus ilusiones y de todo lo que se cuece, incluido el mosaico en el que aparece con Don Felipe, y se ha mostrado muy interesada. Mingote cree que La Codorniz aho- BENJAMÍN LANA ra fracasaría: No sé por qué, pero a la gente ahora el humor inteligente no le interesa. El hombre salvaje difícilmente tiene humor. El humor es de gente evolucionada Y pasa del verbo punzante al poema inédito que brinda a los lectores sobre la tertulia de Chicote y la generación de Mihura, Neville y Tono. Porque Mingote ha empezado a escribir poesía. Lleva un año cincelando sus poemas. Antonio Mingote no cierra puertas. Sigue abriéndolas día a día. Nunca estuvo en Chicote Nunca estuvo en Chicote. Allí en la provincia piadosamente rutinaria donde anhelantes ríos subterráneos difícilmente afloraban en las páginas del diario local, y los ecos de ecos atronaban penosamente amortiguados, él pensaba en Chicote, acodado en la barra de la melancolía. -Aquí, le digo, se acodaban habituales y algunas putas, putas risueñas y también melancólicas y amables (por eso las amaron) y escritores de vuelta del teatro, tal vez del Ateneo (o del sastre) un pintor también, camino de la incierta, escurridiza gloria. Y el que viene de la provincia sólo a eso lo mira todo, esperando el regalo de un recuerdo imposible puesto que nunca estuvo aquí. -En esa mesa, le digo, se sentaba Miguel. ¿En esa misma? -Y los de siempre, Joaquín y Tono y Toni y Edgar, Enrique y el otro Enrique, Álvaro y Fernando y Jerónimo. Para reírse. Siempre se reían. Se reían muy tristemente a veces mientras extendían por nuestro pequeño mundo aislado y triste, como una llaga, la delgada capa de su humor poético y absurdo la rara mantequilla benéfica y nutriente que nos mantenía verticales a salvo de la severa vigilante inanidad a los jóvenes ahora lejanísimos. Ellos nos enseñaron la risa sin zafiedad, la burla sin crueldad, la poesía sin truculencia a hacer el mundo soportable sólo abriendo la ventana que deja entrar la luz. Era una revista descomprometida (dicen ahora los comprometidos en la tonta ronda de la política menuda y tal vez rencorosa) porque nunca dijeron las cosas ahora elementales entonces tan complicadas y naturalmente, no había que advertirlo, prohibidas. Pedir peras al olmo, eso sí decía Tono que estaba prohibido claramente. Pero pedir peras al peral sin el aval debido, sin el carné adecuado sin permiso eclesiástico tal vez podía ser subversivo pues era temerario pedir lo que era natural pedir en otras partes declaradas sospechosas por la autoridad competente. El que nunca estuvo en Chicote pasa la yema del dedo por el cuero como hacía en la provincia cuando pensaba que en Chicote se estarían riendo aquellos de cuya risa era la suya un eco amortiguado porque era más difícil reír en la provincia bajo vigilancia. -Fuimos muy afortunados- dice el que nunca estuvo en Chicote- Fue una suerte para nosotros el tenerlos. Mira los viejos asientos, al pasar camino de la puerta. -Gracias- -musita. Yo oigo claramente la voz de Miguel el inconfundible acento, pausada entonación: -De nada, hombre. En la Gran Vía son las once y media de la mañana, que no es gran cosa. Pero aquí suceden cosas emocionantes en cualquier momento. ANTONIO MINGOTE