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ABC DOMINGO 8 10 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA PAZ SIN JUSTICIA D EL RECUADRO EL TOREO, EN LA ACADEMIA E L título de la institución es precioso: Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba. Están viendo el estrado isabelino y su ambiente romántico, tan Duque de Rivas, ¿no? A ese estrado ha subido un torero a ofrecer una disertación académica. El torero es Enrique Ponce. Con el Niño Marchena el flamenco llegó a la Universidad y sentó cátedra de conferencia y cante en la de Sevilla. Con el Niño de Chivas el toreo le ha puesto paño de seda bordada al púlpito civil de la Academia de Nobles Artes. ¿Habrá arte más noble que la Tauromaquia, que lo iniciaron los caballeros hijosdalgo y luego echó pie a tierra con los héroes del pueblo, y que fue nuestra verdadera Revolución Francesa, el auténtico fin del Antiguo Régimen señorial? Pedro Romero y Pepe Hillo, a efectos del protagonismo del pueblo soberano reemplazando a la nobleza, vienen a ser nuestros Danton y Robespierre. ANTONIO Han pintado oros de toros en las BeBURGOS llas Artes de Córdoba estos días. Los Reyes entregaron la medalla de las Bellas Artes a José María Manzanares en la mezquita de los califas (de los califas del toreo, naturalmente) y Ponce se echó los folios a la izquierda para dar una conferencia sobre Toros y toreros: ayer y hoy en una Real Academia. Donde tienen que estar los toros. Medalla en pecho de Antonio Ordóñez, de Curro Romero, de Pepe Luis Vázquez, del Viti, nadie duda ya que el toreo es una de las Bellas Artes. En la lista de la concesión anual de las medallas de Bellas Artes hay siempre una plaza... de toros. Alguna vez plaza montada, como cuando se la dieron a don Alvaro Domecq. En cuanto a la disertación de Enrique Ponce, no se crea que es el primer intento de llevar el toreo a una Academia. En la Real de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla se habló alguna vez de elegir numerario a un diestro. Al fin y al cabo, Ponce pro- nunció el discurso de ingreso de la Tauromaquia en las Academias españolas. Algunos deseamos que sea mejor en singular, y pronto: en la Real Academia Española. En la Real Academia debería estar el toreo. ¿Por qué? Pues por una frase que sobre Ponce en la Academia de su Córdoba dijo la ministra de Cultura, a la que me encanta poder elogiar en esta ocasión: Una parte importante del vocabulario que hablamos los españoles tiene un argot taurino muy valioso La Fiesta es fuente viva de creación de lenguaje. Más que las Ciencias Naturales o el Álgebra. ¿Y por qué tiene que haber siempre en la Española un académico en representación de la Biología o las Matemáticas, si la química o la trigonometría no enriquecen para nada el habla cotidiana, y no hay en cambio ningún numerario torero, crítico taurino o ganadero, siendo la Tauromaquia fuente vivísima del lenguaje de la vida cotidiana? ¿Quién no dice que ve los toros desde la barrera, que le puso un buen par de banderillas, que está para el arrastre, que se lo salta a la torera, que viene con las de un miura, que está al quite, que se alivia a toro pasado, que lo levanta el puntillero, que no hay quinto malo o que hasta el rabo todo es toro? El DRAE está lleno de voces y expresiones taurinas. Y más habría y más rigurosas si en la Academia estuviera quien tiene que estar: alguien en representación de la cultura de la Fiesta. Así, por ejemplo, podrían añadirse nuevas acepciones a palabras que el mundo de los toros ha cambiado de significado en nuestros días, como encerrona que dice el DRAE que es lidia de toros en privado cuando es El Cid con seis toros de Victorino para él solito, a plaza llena. O como portazo que no es cerrar la puerta para desairar a uno sino salir en triunfo por la puerta grande. Figurar entre las Bellas Artes con medalla no es suficiente para el toreo. Debe estar con medalla de numerario en la Real Academia Española. Y si el elegido es Curro Romero, filosofía pura de la riquísima y creadora expresión taurina, pues... ¡hasta la bola! ESDE su lúcida soledad de cascarrabias, Ramiro Pinilla ha celebrado el Nacional de Literatura con una impecable requisitoria moral sobre el terrorismo: Me duelen los 900 crímenes y la actitud de medio País Vasco mirando a otro lado Con un certero hachazo de aizkolari, el viejo novelista del drama pétreo de los valles del Norte ha levantado astillas en el tronco carcomido de una sociedad enferma, sin cuya silenciosa anuencia cómplice no se explica la longevidad de la carnicería. Recuerdo muy bien una escena de la campaña electoral de 2001. ETA acababa de asesinar a un dirigente del PP en Zaragoza, y en una plomiza tarde bilbaína se concentraban en la Plaza Moyúa los habituales de la resistencia: Ibarrola, IGNACIO Vidal de Nicolás, Savater, CAMACHO la gente del Foro de Ermua y de Basta Ya. Un puñado de personas decentes aguantaba la mirada indiferente de los transeúntes del centro junto a una boca de Metro diseñada por Norman Foster. Pasaron dos señoras bien vestidas, fenotipo gemelo de la apacible burguesía que merienda en el barrio de Salamanca, en Los Remedios o en Sant Gervasi. Miraron al grupo estoico con el mismo desapego displicente que el resto de los viandantes, y una le transmitió a la otra el diagnóstico de la situación: Ya están ahí los de siempre Los de siempre eran esas docenas de ciudadanos honrados que no se resignan ante la rutina del crimen. Los que perturbaban con su silencio de estatuas la próspera normalidad de una comunidad acostumbrada a mirar para otro lado cuando suenan los tiros en su cuidado jardín. Una sociedad hemipléjica que ha compatibilizado la existencia de treinta años de terrorismo con la realidad de un visible desarrollo económico, bajo la premisa de que el drama, la extorsión y el sufrimiento sólo alcanzan a los que están dispuestos a involucrarse en ellos. Una sociedad que ha acabado culpabilizando moralmente a las víctimas por perturbar la ficción de un orden sin libertad. Esa sociedad permeabilizada por el nacionalismo, mimetizada con un paisaje de dominancia establecida como una costumbre, ha recogido durante años las nueces que caían del árbol de la violencia, creyendo que sus manos estaban limpias porque no agitaban los ramajes de terror. Es la misma que ahora se dispone a recoger el fruto de una paz sembrada sobre el dolor de otros, cuyo sacrificio quedará orillado como un estéril tributo de dignidad sin recompensa. Una sociedad infectada por el virus del desafecto, de la tibieza, de la insensibilidad ante la aflicción ajena. Una sociedad herida en la que una mitad disfruta del privilegio confortable de una estabilidad basada en el padecimiento de la otra media. Ha tenido que ser el viejo Ramiro Pinilla, autoexiliado en el interior de su conciencia, el que recuerde esta verdad dolorosa como un puñetazo en el alma. La que seguirá latiendo con toda su tristeza en la médula del honor colectivo cuando doblen las campanas triunfales de una paz sin justicia.