Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
8- 9 S 6 LOS SÁBADOS DE DÍAS DE JÚBILO Los chicos de Sabina i sobrina Loli me invitó a una fiesta de confraternidad organizada por sus compañeros de estudios entre españoles y americanos. Al principio me resistí. ¿Qué haría un señor de mi edad entre tantos mozos y mozas? Loli me comentó que también irían profesores y acabé aceptando. Cada cual bailó sus especialidades. Unos caribeños, salsa; unos colombianos, ballenatos y cumbias; a mí me tocó el tango y, con una dócil compañera, rememoré los pasos que me enseñaron mis primas, hace décadas, en Buenos Aires. Nos hicieron corro y debimos repetir. Después todos los chicos compartieron el rock español actual, del que estoy completamente indocumentado. Los veteranos organizamos una tertulia con copas, tomando distancia. De pronto, el baile se inmovilizó. De los altavoces surgió la voz ronca, destimbrada y convencida de Joaquín Sabina. Los muchachos y las muchachas (obsérvese lo políticamente correcto de la diferencia) se echaron a repetir en coro los versos del cantautor, diría que con algo de plegaria colectiva. Sabina no es de su generación, más bien pertenece a la de sus padres. ¿Qué obediente encanto emanaba de sus palabras sobre tanta juventud que se sabía los poemas sabinianos de memoria? No, ciertamente, la autoridad por decreto de un padre. Más bien, la compinchería que se da entre tíos y sobrinos, un poco a la manera como Loli me había llevado hasta aquella fiesta. Joaquín, en efecto, tiene la presencia de uno de esos tíos chiflados, extravagantes y encantadores que toda familia corriente guarda tras la puerta. Vestido con bombín y ropas de segunda mano, combinadas al azar, fingiendo rasgar una guitarra, se da un aire chaplinesco. También Charlot gasta chaqué y polainas en desuso, sombrero y bastón de gran señor en parodia. Pero hay algo más: Charlot no tiene casa, duerme bajo los puentes o los monumentos de la ciudad. Clama por que lo llevemos a la nuestra y le demos cobijo, reconociéndolo como un pariente de nadie y de todos. Y así Sabina. Todos los jóvenes de esa noche se lo habrían llevado a casa. Nunca será para ellos una carroza sino un compañero de juergas, sin edad, la renovada juventud del artista que siempre tiene una asignatura pendiente: no envejecer. M Blas Matamoro Li Hui, en su almacén, rodeado de mobiliario clásico recuperado o realizado a partir de maderas antiguas En caso de ser recién cortada, cada metro cúbico de madera vale 3.000 yuanes (294,66 euros) mientras que, si procede de las vigas de las casas antiguas, el precio sube hasta los 4.000 yuanes (392,90 euros) Antes sólo costaba 1.000 yuanes (98,22 euros) pero cada vez quedan menos hutongs por lo que el precio se ha disparado advierte el responsable de la compañía, que cada día trata con los chatarreros que, a bordo de sus desvencijados triciclos, recorren la capital china recogiendo todo aquello que después pueda ser vendido. Cuestión de gustos Hace diez años, Li Hui, dueño de Bao Yi Xing Long, regentaba una tienda en un mercado que ya no existe. Se hizo con una buena cartera, por lo que ahora exporta a Estados Unidos y Europa. A los chinos les gustan los muebles modernos, mientras que los extranjeros prefieren el estilo antiguo señala Li Hui, que también rehabilita mobiliario viejo. Sus artículos se basan en las dinastías Ming (1368- 1644) y Qing (1644- 1911) así como en la Primera República china. Entre los primeros, que destacan por su pureza de líneas, figuran sillas valoradas en 7.000 yuanes (689 euros) o una estantería de 9.000 (886 euros) De la época Qing, más barroca, sobresale una mesa con seis sillas de 8.000 yuanes (788 euros) Precios en alza Tras cortar las vigas y reducirlas a finos tablones, la madera vuelve a ser pulida con tanto esmero que parece totalmente nueva, por lo que es cortada en distintas piezas modulares para conformar luego los muebles. Aquí no usamos clavos; sólo cola y enganches a presión para montar el mobiliario aclara el dueño de Bao Yi Xing Long. En esta fábrica trabajan unos 100 empleados, en su mayoría emigrantes rurales provenientes de las pobres provincias cercanas de Hebei y Shandong. De ellos, 60 se dedican a labores de carpintería, produciendo al mes entre 500 y 600 artículos porque ca- da mueble necesita de dos a tres semanas. La mitad de la producción se basa en el reciclaje y la otra mitad en madera nueva especifica Li Hui, quien suele obtener un 30 por ciento de beneficio en sus artículos. Por ejemplo, cuesta hacer una silla cuesta unos 1.000 yuanes (98,22 euros) ya que el coste laboral asciende a 500 yuanes (49,13 euros) pero yo luego la vendo por 1.500 yuanes (147,40 euros) calcula el gerente de la compañía, que prevé una subida de precios por la desaparición de los hutongs Pero, por mucho que se eleven, tales desembolsos jamás serán similares a los que alcanzan los muebles chinos en los mercados occidentales, en los que los clientes pagan auténticas fortunas por los mismos, más convencidos de su valor histórico que de su comodidad. No en vano la exportación de muebles de estilo chino antiguo ya se ha convertido en un lucrativo negocio, puesto que antiguas piezas de coleccionista renovadas pueden costar hasta 200.000 yuanes (19.682 euros) Por bastante menos, entre 1.000 y 9.000 yuanes (entre 98 y 886 euros) se puede adquirir un mueble recién fabricado, pero con madera de 300 años de antigüedad.