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ABC SÁBADO 7 10 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LADRILLAZOS H FÓRMULA UNO IEMPRE han provocado mi perplejidad los mecanismos que rigen la información deportiva. Su tratamiento depende siempre de razones espurias de índole patriotera. Las carreras de rallies, por ejemplo, no interesaban a nadie hace diez o quince años; pero surgió un español llamado Carlos Sainz que de repente empezó a ganarlas y llegaron a colonizar las portadas de los periódicos. Pasaron unos años y aquel español se retiró; de inmediato, las carreras de rallies fueron relegadas a las gacetillas más esquinadas. Algo todavía más atorrante ha ocurrido en los últimos tiempos con las carreras de la llamada Fórmula Uno. Hasta que apareció Fernando Alonso nadie les prestaba atención; la aparición del asturiano prodigioso las ha hecho más ubicuas que las comparecencias ante la prensa de María Teresa Fernández de la Vega. De repente, a todo el mundo le mola JUAN MANUEL la llamada Fórmula Uno; todo el DE PRADA mundo madruga para chuparse unas retransmisiones televisivas que hacen divertido el debate sobre el Estado de la Nación y hasta aquella carta de ajuste que antaño señalaba el fin de la programación televisiva. Yo he oído a dos tipos hablando en el metro de neumáticos Michelin y Bridgestone como si en ello les fuera la vida, con aportación de datos peregrinos que ponían a prueba mi credulidad y un apasionamiento que seguramente no hubieran dedicado a defender la virtud de su madre. Lo confesaré. He probado a ver las transmisiones televisivas de la llamada Fórmula Uno. En realidad, una carrera de Fórmula Uno es como un videojuego de Fórmula Uno, pero sin accidentes ni adelantamientos, o sea un coñazo ecuménico. La primera duda ontológica que nos asalta mientras contemplamos tan tedioso espectáculo es si la llamada Fórmula Uno es en verdad un deporte. Uno no ve por S ninguna parte, ni siquiera arrimando la lupa, ninguna supervivencia deportiva en una competición cuyas únicas incidencias sobrevienen cuando falla un motor o un mecánico se olvida de apretar una tuerca. Pero partamos de la premisa de que la llamada Fórmula Uno es una disciplina deportiva, como lo es el lanzamiento de jabalina, que también es tirando a aburridillo, sobre todo si te lo ponen a la hora de la siesta. Enseguida nos topamos con un hecho que nos desasosiega y deja estupefactos: me refiero, claro está, a la escasa deportividad de quienes lo practican. La prensa española suele censurar el comportamiento del campeón alemán Schumacher, quien al parecer recurre a las maniobras más marrulleras para desalojar a sus rivales de la pista. Digo al parecer porque mi ignorancia sobre las reglas que rigen la llamada Fórmula Uno es pareja a la que tributo al sánscrito. Pese a mi desconocimiento oceánico del automovilismo, percibo sin embargo que Alonso, el campeón español, también prueba maniobras peliagudas que igualmente implican riesgo para quienes con él compiten; pero los volantazos del asturiano son siempre celebrados por los comentaristas como si fueran ardides de un genio. Más chocante aún resulta el juicio que merece el comportamiento crispado, agrio y a veces casi belicoso del campeón español. Cuando no gana las carreras apenas participa de los alborozos del podio; en las ruedas de prensa se muestra tenso y hosco; y en los días posteriores a cada carrera empieza a despotricar contra todo bicho viviente: contra los organizadores, a quienes acusa de querer beneficiar a Schumacher; contra los patrones y mecánicos de su equipo, sobre quienes arroja sombras de sospecha; contra un tal Fisichella, con quien comparte escudería. Me pregunto qué opinaríamos de Fernando Alonso si no fuera español. Pero, dejando aparte los patrioterismos que enardecen el deporte, creo que su conducta no merece exactamente el calificativo de caballerosa. A sido todo a una: empezar a sonar tambores de precampaña municipaly autonómica y ponerse en marcha el ventilador de la corrupción urbanística. Como si nuestros próceres se acabasen de enterar de que existen las mafias del ladrillo y la grúa, y hubiesen descubierto de repente un pocero debajo de la cama... ajena, claro, porque en este toma y daca parece que sólose corrompeel adversario. Nadie se mira los bajos del pantalón, que muchos llevan sucios de cemento y polvo de hormigonera. En materia de mangazos urbanísticos puede que en todas partes cuezan habas, pero el puchero del PSOE huele peor porque en él se quema la carnaza de Marbella. Con lo que se ha robado allí bajo la anuencia- -pasiva o acaso políticaIGNACIO mente cómplice- -de la CAMACHO Junta de Andalucía, y con una cabeza de lista imputada hasta los tuétanos en el fangal, no debería ningún candidato socialista arrimarse a las aspas de un ventilador que escupe demasiada mierda. Empero, los hay que no aprenden; en Madrid Simancas ha ido a por uvas sin escarmentar del tamayazo y en Valencia las huestes de Pla han tenido que frenar en seco cuando el gobierno de Camps ha señalado a un alcalde sociata que permitió levantar 1.200 casas sin licencia. Con todo, eso es calderilla al lado de las 30.000 viviendas ilegales de Marbella, y de esas 12.000 en el secarral de Seseña, en ambos casos bajo la teórica custodia regional de administraciones del PSOE, aunque en el caso del Pocero existan peligrosas conexiones transversales, medallas incluidas. Por no hablar de ciudades como Sevilla, donde después de ocho años de rapiña andalucista, el PSOE ha firmado los mayores pelotazos de la generosa historia urbana de recalificaciones bajo sospecha. Sí, la mangancia en la construcción se extiende sin distinción de siglas, pero unas siglas están más manchadas que otras. El fenómeno es complejo por tres razones. Una, porque el lápiz del urbanismo es una herramienta de dinero rápido y fácil. Dos, porque el Gobierno asfixia económicamente a los municipios y éstos recurren para financiarse a la venta de suelo, ámbito propiciopara la derrama en beneficioparticular. Y tres, porque desde que la ley (del PP) permite los convenios bilaterales entre ayuntamientos y propietarios, no hay manera de frenar el abuso y la depredación del territorio. Lo peor de este caos cementero es que, salvo conocidos casos flagrantes, la mayor parte de los disparates se han cometido con casi todas las bendiciones legales. Por eso, en vez de atacarse a ladrillazos, lo que tenían que hacer los dos grandes partidos es suscribir un pacto contrala corrupción, y que caiga quien tenga que caer. Como no está el patio para mandangas de acuerdos, seguirá el tuya- mía de acusaciones, a ver quién encuentra el cohecho más gordo. Va a ser un curso muy animado y nos vamos a enterar de historias muy sabrosas, pero a alguno que se ha metido sin casco en esa obra política a medio terminar se le puede caer un ladrillo en el cogote. Y hacen pupa.