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36 Internacional VIERNES 6 10 2006 ABC Los últimos atentados han propiciado que el presidente Mubarak mantenga la línea dura contra los islamistas Pero los atentados terroristas cometidos en El Cairo y, sobre todo, en las zonas más turísticas de la península del Sinaí desde 2004, son el as que tiene guardado en la manga el actual presidente para seguir manteniendo la línea dura contra los islamistas con el beneplácito de Europa y Estados Unidos, a los que cuesta reconocer que todo está justificado para combatir al extremismo. Habrá que ver sin embargo cuál es la reacción de Occidente ante el órdago nuclear lanzado recientemente desde el Partido Nacional Democrático (PND) que controla sin competencia los hilos del poder. En la reciente conferencia anual de la formación se destapó la posibilidad de construir una planta nuclear para poder hacer frente al suministro energético que, según dicen, requiere una población que no deja de crecer de manera muy desmesurada. Aunque Washington y Bruselas no consideran al rais tan díscolo como a Mahmud Ahmadineyad, sólo la mención del asunto y en pleno avispero de Oriente Medio ya pone los pelos de punta a muchos. El complot para matar a Sadat tomó cuerpo el 6 de octubre de 1981 durante una parada militar AFP Un cuarto de siglo después de que un fanático del islam asesinara al presidente Sadat, Egipto intenta una imposible travesía del desierto manteniendo dos rumbos a la vez: el mundo árabe y Occidente De Sadat a Mubarak, 25 años de incertidumbre en Egipto LUIS DE VEGA Falta de líderes alternativos Las discusiones por la ausencia de líderes alternativos se trufan con los rumores sobre la salud de Hosni Mubarak, que tiene ya 78 años de edad, unos rumores convertidos en la comidilla diaria en cafetines, zocos y mezquitas. No digamos en la prensa y en los círculos del poder, donde desde hace tiempo se habla de su hijo menor, Gamal, como su sucesor después de ser aupado a las altas esferas del PND. Pero el eterno heredero puede llegar a encontrar en el misterioso elixir de la juventud de su padre- -los carteles electorales son dignos de la mejor campaña de Corporación Dermoestética- -a su principal enemigo. A pesar de todo, el anunciado traspaso no extrañará a nadie si llega el día. Sólo hay que girar la vista a derecha e izquierda en el mapa para observar a hijísimos de otros países árabes como los de Siria o Marruecos. Por el momento, el rais renovó hace un año su mandato hasta 2011 con más del 88,5 por ciento de los sufragios en unas elecciones sin observadores y tremendamente contestadas por el olor a pucherazo que desprendían. Y eso que por vez primera había abierto en falso la puerta- -nadie más que él con las normas impuestas podía triunfar- -a algunos competidores. Pero la carcasa tersa y la cabellera presidencial sin atisbo de canas no parece que se correspondan con sus maltrechas entrañas. La cuestión que se dilucidará en los próximos años es si Mubarak cumplirá los 83 atornillado al poder y si será capaz de capear la tormenta de arena que oscurece el futuro del Egipto del siglo XXI. TÁNGER. Todavía retumban los disparos de la ametralladora que, en manos de un islamista radical, acabaron con la vida del presidente de Egipto, Anuar el Sadat, cuando presenciaba un desfile militar en El Cairo el 6 de octubre de 1981. Y un cuarto de siglo es el tiempo que lleva en la poltrona su sucesor, Hosni Mubarak, otro amigo íntimo del poder que soporta el paso del tiempo sin despeinarse. ¿Qué ha pasado en el país del Nilo en todo este tiempo? La semilla del sueño panarabista que dejó sembrada Nasser no acabó de agarrar en la tierra de los faraones cuando su repentina muerte en 1970 alzó a la presidencia a Sadat, hasta entonces segundo de a bordo. Es verdad que Egipto acoge la sede de la Liga Árabe, de la que fue uno de los fundadores, y, con cerca de 80 millones de habitantes, es el más poblado de estos países. Pero también es verdad que la realidad cotidiana sigue marcada por su renqueante economía y la falta de libertades a nivel interno así como los tiras y aflojas con el mundo árabe y Occidente en el ámbito exterior. de Mubarak. El asesinado presidente anotó en rojo en su hoja de servicios la histórica firma de la paz con Israel después de que la guerra del Yom Kipur no hiciera otra cosa más que empeorar la situación en Oriente Próximo. Si acaso recordó al Estado hebreo que la valla de su particular sembrado no estaba del todo libre de las pisadas de sus vecinos árabes. El rais actual sigue aguantando a duras penas la tensa cuerda de sus relaciones con Israel ante la atenta mirada de países como Siria o Irán, que le arrean para que sea más incisivo en su defensa de la causa palestina y los intereses del mundo árabe. Ayudas de Estados Unidos Esas críticas que llegan de la línea más dura del antioccidentalismo no obvian que Egipto es, tras Israel, el país del mundo que más ayudas recibe de Estados Unidos en materia de seguridad. Y eso no es poco en un país que desde el asesinato de Nasser vive bajo un interminable estado de excepción que la población local soporta cada vez con ma- yor dificultad. La sociedad civil y política se ha ido organizando poco a poco en estos veinticinco años, pero aún no tiene la fuerza suficiente para levantar el yugo al que les somete la doctrina Mubarak. Manifestarse sigue siendo sinónimo de regresar a casa con el cuerpo amoratado, si es que no se acaba entre rejas. En este sector de la oposición es donde ha levantado cada vez más el vuelo el islamismo, representado por los Hermanos Musulmanes, que en las legislativas de noviembre y diciembre de 2005 pasaron ni más ni menos que de 17 a 88 escaños y en estos momentos ocupan el 20 por ciento del Parlamento. Y todo gracias a candidaturas independientes por ser una formación tolerada pero ilegalizada. El dilema de la respuesta El dilema de cuál sería la respuesta de los islamistas ante su llegada al poder ya se planteó cuando Sadat les acarició el lomo antes de girar en seco y ser acribillado. Ese fantasma ha vuelto a reaparecer durante los últimos años a pesar de que el líder de la hermandad, Mehdi Akef, insiste en su escrupuloso respeto a las reglas del juego. Eso sí, están empeñados en cambiarlas, según dicen, no tanto para imponer la sharía (ley islámica) como para poner fin a la asentada corrupción que la era de Hosni Mubarak está dejando. Problemas reeditados Muchos de los problemas con los que tuvo que torear Sadat, como las relaciones con los israelíes y el islamismo radical, se han reeditado, incluso agravado, décadas después, hasta convertirse en los más pesados para la estabilidad La realidad cotidiana del país sigue marcada por la renqueante economía y por la falta de libertades