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ABC VIERNES 6 10 2006 Opinión 7 TRIBUNA ABIERTA POR MARY ROBINSON CONTROL PARA LAS ARMAS CONVENCIONALES No hay armas para los que violan el derecho internacional. Un tratado así prohibiría a los gobiernos vender armas cuando hay un riesgo claro de que éstas se usen para alimentar conflictos ECUERDAN la emoción que sentimos cuando hace casi diez años se firmó en Otawa (Canadá) el tratado que prohibió las minas antipersona? Lo que comenzó como una campaña pequeña de las organizaciones sociales consiguió en aquel momento un acuerdo internacional legalmente vinculante para desterrar del planeta el azote de esos artefactos. En este mes de octubre tenemos una oportunidad similar de abordar los horribles excesos del comercio de armas porque, en los próximos días, Naciones Unidas votará una resolución para empezar a trabajar en un tratado sobre esta materia. Esto ocurre exactamente diez años después de que se le pidiera que votara una resolución para apoyar la prohibición de las minas antipersona. Es imprescindible que los gobiernos apoyen esta resolución y exijan que el Tratado sobre el Comercio de Armas gire en torno a los derechos humanos. Las armas biológicas, químicas y nucleares han estado controladas por medio de tratados internacionales durante décadas, pero no hay aún ningún tratado integral y legalmente vinculante que regule las ventas de armas convencionales, entre las que se incluyen desde los AK- 47 hasta los aviones de combate. Las minas antipersona son una de las pocas armas convencionales que están efectivamente controladas. Todo esto ocurre, a pesar de que se estima que sólo una parte de las armas convencionales, las armas pequeñas, matan cada día a 1.000 personas, la mayoría de ellas civiles. He visto por mí misma lo fácilmente disponibles que están estas armas en demasiadas zonas en conflicto, y cómo contribuyen a que se cometan graves violaciones de los derechos humanos. En Ruanda, armas pequeñas como el AK- 47 contribuyeron a las dimensiones del genocidio. Durante la guerra civil en Sierra Leona estaba claro que la proliferación de armas trajo consigo una epidemia de violaciones de mujeres y mutilaciones a punta de pistola. En Timor Oriental, en 1999, el acceso de los grupos armados a las armas les permitió aterrorizar a la población, y cuando ganó el sí, en el referéndum de independencia, en agosto de ese año, también les permitió matar. Ha llegado, pues, la hora de un Tratado sobre Comercio de Armas. Su proliferación descontrolada está destrozando vidas, comunidades y las oportunidades de muchas personas en todo el mundo, y el problema no hace más que empeorar. En los cinco años que han transcurrido desde el 11 de septiembre de 2001, en nombre de la llamada guerra contra el terrorismo se han suministrado un creciente número de armas a países con un pobre historial en derechos humanos. La resolución del Tratado sobre el Comercio de Armas ha sido presentada por los gobiernos de Argenti- ¿R na, Australia, Costa Rica, Finlandia, Japón, Kenia y el Reino Unido. Al hacerlo han dado un paso adelante muy valiente, que debería ser reconocido. Sin embargo, es esencial que el texto final de la resolución contenga referencias a las leyes internacionales sobre derechos humanos. Esto no es un mero matiz legalista: los derechos humanos deben ser la espina dorsal del tratado si se quiere prevenir que las armas caigan en manos de quienes los violan. Sólo de esta forma será efectivo a la hora de salvar vidas. La campaña en favor del Tratado sobre el Comercio de Armas cuenta con el apoyo de 20 galardonados con el Premio Nobel de la Paz y con organizaciones como Oxfam Internacional, Amnistía Internacional y la Red Internacional de Acción sobre las Armas Ligeras (IANSA) El tratado que piden estos grupos estaría basado en un principio muy simple: no hay armas para los que violan el derecho internacional. Un tratado así prohibiría a los gobiernos vender armas cuando hay un riesgo claro de que éstas se usen para alimentar conflictos, dificultar el desarrollo de los países o violar los derechos humanos. Hay quien afirma que un tratado sobre comercio de armas no funcionaría jamás, que los mayores productores de armas en el mundo no lo firmarían y que, si lo hicieran, tampoco habría mucha diferencia. La experiencia que tenemos con el tratado sobre minas antipersona es contraria a este argumento. Varias de las mayores potencias militares del mundo no han ratificado aún el Tratado de Otawa. Sin embargo, se han salvado miles de vidas en la última década; y, tan importante como esto, ha cambiado el comportamiento de todos los gobiernos, porque muy pocos países se atreven ahora a comerciar abiertamente con minas antipersona, como hacían antes de que el tratado entrara en vigor. Se estima que el conflicto en la República Democrática del Congo ha matado a más de tres millones de personas desde 1998. En este país, Naciones Unidas realiza habitualmente operaciones de recogida de armas, en las que se encuentran piezas fabricadas en países de los cinco continentes. Armas hechas en Bélgica, China, Egipto, Alemania, Francia, Rusia y EE. UU. se encuentran en manos de los grupos rebeldes. El comercio incontrolado de armas es un problema global. Todos los gobiernos que fabrican, venden o transfieren armas participan en él. Puede que estos gobiernos no vean la destrucción que estas ventas de armas causan, pero nosotros no podemos mirar hacia otro lado. La población civil de las áreas en conflicto- -particularmente las mujeres y los niños- -claman por una solución conjunta a este problema global. Ex Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, es presidenta de Realising Rights: The Ethical Globalisation Initiative y presidenta honorífica de Oxfam Internacional. Ha sido galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2006. REVISTA DE PRENSA POR JUAN PEDRO QUIÑONERO AZNAR Y EL 11- M En unas declaraciones al diario chileno El Mercurio, José María Aznar no cita a ETA en ningún momento, ni como protagonista ni como sospechosa de los atentados del 11- M, subrayando que: Es muy difícil acertar al cien por cien ante amenazas terroristas de tales proporciones. Lucía Santa Cruz pregunta: ¿En el momento de recibir la noticia de los ataques del 11- M se dio usted cuenta del significado político que iba a tener? Aznar responde: Se me vino a la cabeza una cosa muy rápida. Los terroristas habían tratado una y otra vez de evitar que yo llegara al Gobierno, intentando asesinarme. Ahora ya no era candidato, pero los terroristas decidieron despedirme intentando que mi partido no continuara en el poder Aznar sigue matizando de este modo las consecuencias del 11- M a la corresponsal de El Mercurio: Bueno, los terroristas siempre quieren intervenir en el proceso electoral de un país, pero para que tengan éxito hace falta que se dé otro proceso- -el que se dio en España, desgraciadamente- -que es que la oposición, mayoría ahora, en lugar de responsabilizar a los terroristas del atentado, responsabiliza al Gobierno español. Lo que afirmo siempre es que sin el ataque del 11- M las elecciones españolas habrían sido distintas Lucía Santa Cruz pregunta: Mirando retrospectivamente, habría manejado de manera distinta la crisis? Y Aznar responde: Uno toma decisiones con la información que tiene y, desde ese punto de vista, lo que tenía que hacer el Gobierno era informar a la gente, atender a los heridos, garantizar la seguridad y que las elecciones se celebrasen con normalidad. Lo difícil de la lucha contra el terrorismo es que siempre tienes que acertar al cien por cien. O aciertas al cien por cien o llega el momento en el que te golpean. Hay que acertar al cien por cien todos los días del año, de todos los años de la vida, mientras haya terrorismo. Eso es muy difícil Sobre el proceso político que se pondría en marcha tras aquella tragedia, Aznar hace este balance: En el 2004, ETA estaba prácticamente liquidada, y ahora está resucitando. Hace dos años, el problema es que ETA se rindiera. Hoy, desgraciadamente, la cuestión es cuánto tardará el Estado en rendirse