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ABC JUEVES 5 10 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA VOZ DE LOS MEJORES La derecha en España, lo mismo que la izquierda, juega la batalla de las ideas en un terreno movedizo porque falta un acuerdo de fondo sobre el demos y su vertebración. Si no llega ese acuerdo, varias generaciones de españoles seguiremos sin remedio hablando siempre de lo mismo... S difícil ser liberal en España. Los peores gritan. Los mejores callan. La mayoría sigue a lo suyo, resabio del viejo particularismo. Época de democracia confusa: como escribe Sartori, algunos viven de hacer trampas con las palabras. Sin embargo, en las naciones bien vertebradas los tiempos difíciles suscitan ideas nuevas. Hablamos de políticos en activo y no de intelectuales refugiados en su laboratorio aséptico. Léase el documento Construir para durar proyecto a medio plazo de los conservadores británicos. Las reflexiones de N. Sarkozy y el manifiesto de M. Pera (publicados ambos por FAES) enfocan sin complejos una cuestión nuclear: Occidente ante el Islam. En Alemania, la democracia cristiana actualiza su mensaje en el marco del pluralismo moderado que domina la competencia electoral en las democracias maduras. Entre nosotros, los jóvenes del PP reclaman una revolución centrista mientras sus mayores siguen siendo prisioneros de las estrategias cruzadas. He aquí algunas claves ideológicas para comprender la teoría política conservadora y liberal de cara al siglo XXI. Hace tiempo que la derecha se siente incómoda consigo misma. Está segura de tener razón, avalada por la muerte sin gloria del modelo soviético, pero no consigue que nadie se la reconozca. Le irrita que antiguos marxistas reconvertidos sigan impartiendo lecciones de democracia. E tiene mucho que decir, en efecto. La clave reside en actualizar lo mejor de los principios ilustrados, más allá de cualquier prevención ante la libertad, sus riesgos y sus responsabilidades. La libertad política, económica y moral constituye un todo indivisible. No es lícito utilizar unas u otras facetas según la propia conveniencia. Frente al estatalismo, creador de un artificio que oprime a la sociedad civil en nombre de una supuesta seguridad, propone una visión de la política cargada de una fuerte dosis de genuina moralidad. E frece datos y cifras que no dejan lugar para la controversia. Da lo mismo: esta disputa se libra en el terreno intangible de las conciencias y no se gana ni se pierde en el ámbito prosaico de las magnitudes macro o de las decisiones micro En pleno desconcierto, abandona el campo de batalla y procura jugar en otro más propicio: una gestión eficaz liberada de la política de las ideas. No hay alternativa: cuando gobierna, tiende al pragmatismo; cuando está en la oposición, oscila entre la indignación y el desaliento. Necesita a su propio Gramsci, capaz de convencerla de que es fundamental el dominio sobre los resortes ideológicos. Por ahora, el mejor refugio es la economía, territorio inmune para las ambiciones de la izquierda más imaginativa. Sin embargo, la derecha no debería entregar las armas intelectuales sin ofrecer resistencia porque tiene mucho que aportar. En la retórica democrática, el elemento liberal funciona mejor que el discurso conservador, siempre difícil de traducir en propuestas atractivas para la sociedad de masas. En cambio, el componente social en la gestión económica (por ejemplo, el conservadurismo compasivo) vende mejor el producto que la defensa abstracta de la globalización o el elogio del beneficio empresarial. Así son las cosas en política, incluso entre la gente capaz de comprender que el mercado es la única fuente de la prosperidad individual y colectiva. La derecha moderna, abierta y convencida de sus propias ideas (lo que no siempre es el caso) O n este sentido, está mucho mejor dotada que la izquierda para resistir a la tentación posmoderna. La verdad objetiva (no necesariamente dogmática) impide concebir la realidad como un texto susceptible de múltiples lecturas esto es, no permite reinventar dicha realidad según nuestro antojo. De ahí el rechazo al diseño constructivista de las instituciones. De ahí también la imposibilidad radical de alterar la condición humana, de obligar al hombre a ser lo que no puede o no quiere ser. Otra cosa es la prudente mejora de la civilidad a través de la educación y la cultura. La libertad tiene su fundamento en la lucha frente al sueño tenebroso de la razón abstracta. Es decir, en la desconfianza frente a un poder armado de argumentos ficticios y, sobre todo, de violencia legal ejercida en régimen de monopolio. Hay otra derecha, no nos engañemos: incómoda ante la pluralidad, recelosa de las libertades, proclive a imponer sus dogmas. La dinámica electoral mueve a la izquierda a situar al conjunto de sus adversarios en estas posiciones potencialmente agresivas. Puede ser útil para ganar algunos votos por el centro, pero implica una profunda deslealtad hacia el Estado constitucional. No es justo, como tampoco lo es identificar a la socialdemocracia con el estalinismo. Nadie es dueño de sus orígenes remotos ni debe pagar peaje hasta el fin de los tiempos por el pecado de los ancestros. Lealtad es la palabra clave. La derecha española ha seguido de cerca en los últimos años la evolución de sus homólogas europeas. Los autores más lúcidos repiten con frecuencia las quejas del buen liberal ante la sociedad de masas y las letanías del buen conservador ante la decadencia de los valores fuertes. En el plano propiamente político, el adjetivo popular entronca con el humanismo cristiano, interpretado con criterios flexibles. Una política económica nominalmente liberal ha servido para gestionar con éxito las deficiencias del Estado de bienestar. La apelación al centro reformista refleja una imagen de marca que tiende a liberarse de las cargas autoritarias y de la rigidez dogmática. Los avatares de la historia llevaron por algún tiempo al gobierno de Aznar a posiciones cercanas a los neocons americanos en el marco de la política exterior: al margen de la coyuntura, es un giro inteligente hacia la única superpotencia contemporánea a la vez que rompe con la querencia antiamericana que comparten izquierdistas y derechistas tradicionales. En cambio, no es perceptible la influencia del Great Old Party en el refuerzo de los valores clásicos de tipo sociocultural, uno de los secretos- -a voces- -del triunfo electoral de Bush. Entre lo más novedoso del PP figura algún documento programático reciente acerca de la llamada cultura del respeto una intuición interesante que merece la pena explorar. En general, síntesis flexible y reticencia a plantear el debate en terrenos morales que no figuran- -si hacemos caso a las encuestas- -entre las prioridades de las sociedades europeas. Ya se sabe: seguimos empeñados en imitar a la clase media neoyorquina y su cultura posmaterialista de los años sesenta y setenta. Veremos en el futuro. or ahora, en plena quiebra de los consensos básicos, el perfil ideológico de nuestro centro- derecha se concentra en una apuesta por los principios intangibles; en particular, la unidad de la nación compatible con un generoso sistema autonómico frente a los desafíos de corte confederal contra la soberanía única. La situación no da para más. La derecha en España, lo mismo que la izquierda, juega la batalla de las ideas en un terreno movedizo porque falta un acuerdo de fondo sobre el demos y su vertebración. Si no llega ese acuerdo, varias generaciones de españoles seguiremos sin remedio hablando siempre de lo mismo. Si no se escucha la voz de los mejores, tendremos que sufrir la eterna condena que se impone Boris Vian en el preámbulo de La espuma de los días mucha gente piensa, en efecto, que lo más importante en la vida es emitir juicios a priori sobre todas las cosas Lo piensa, y por desgracia, lo practica. P BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas