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66 MARTES 3 10 2006 ABC FIRMAS EN ABC tas anunciadoras de la caída de Roma, que el pontífice haya sido quemado en efigie, es algo que se pasa de raya, algo a lo que no se hubieran atrevido hace unos años. ¿Cuántos? No dispongo de datos, que no es lo mío, pero sé que desde hace ya mucho tiempo se viene larvando esta conspiración que acaba de materializarse en esta protesta descontrolada y virulenta que ha desencadenado una cita del Papa sacada de su contexto e interpretada con odio y desmesura. Tan envalentonados están que ya no se cuidan de ocultar o disimular sus propósitos de reconquista y destrucción. Pero a pesar de tan claras muestras de sus intenciones, a pesar del riesgo seguro que entraña el fanatismo llevado al extremo, a pesar de que cualquier persona con dos dedos de frente ve con claridad meridiana la terrible amenaza que se avecina, ya con prisa y sin pausa, nadie levanta la voz contra tanto envalentonamiento por parte del enemigo, ni se detienen las cesiones y concesiones por nuestra parte. Hace falta estar ciego para no ver lo que se nos viene encima sin remedio, o sería mejor decir que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y aquí nadie quiere ver, nadie quiere saber, nadie quiere salir del limbo de inanidad y quietismo en que estamos sumidos, absortos en no sé qué suerte de felicidad doméstica asentidora y consentidora. Nuestro mundo, nuestra civilización está mal, están muy mal; se derrumban ante la mirada impasible o estólida de todos nosotros, los que no ven, los que no quieren ver y los que viendo no hacen nada, no pueden o no saben o no quieren hacer nada. Es comprensible tener miedo. Pero ¿acaso no es más terrible que este miedo a perder la comodidad, el bienestar, el buen vivir, esa anunciada, proclamada y gritada a los cuatro puntos cardinales guerra a los infieles, que somos nosotros? ¿Diálogo? ¿Cómo dialogar con quienes se aferran a sus creencias con la fuerza sin fisuras del fanatismo? ¿Alianza de civilizaciones? ¿Acaso se puede calificar de civilizado a quien se quedó estancado en el siglo VII? Estancado en sus valores, pero en posesión del potencial tecnológico que la civilización ha conseguido a lo largo de estos últimos siglos, un potencial que puede destruir todo aquello que lo ha originado y, en suma, al mundo infiel, al mundo occidental. Y esto los envalentona, los hace cada vez más exigentes, más violentos, más irascibles. Decretan un día de la ira y aquí, y en otros países de la Europa civilizada, viéndolas venir y tomándoselo con calma. Tal vez se piense que mis palabras, airadas y doloridas, pretenden ser una invitación a la guerra. nada más lejos de mis intenciones, pues ¿quién soy yo para tal osadía? Solo pido que cesen tantas concesiones, tantas genuflexiones, tanta buena cara a lo que se viene consintiendo y que ha dado lugar a este envalentonarse, a esta profusión de amenazas que, si Dios no lo remedia, llegarán a hacerse realidad no demasiado tarde. ANA ROSA CARAZO CATEDRÁTICA DE LENGUA Y LITERATURA ESPAÑOLAS ENVALENTONARSE Tan envalentonados están que ya no se cuidan de ocultar o disimular sus propósitos de reconquista y destrucción... HORA que ha enmudecido para siempre la voz incontenible de Oriana Fallaci, ahora que se ha extinguido su valentía sin límites para denunciar, sin miedo a nada ni a nadie, la amenaza que se cierne implacable sobre el mundo, ahora que nos sentimos un poco más desamparados y vulnerables, ahora precisamen- A te, qué coincidencia tan curiosa, se alza, más envalentonada que nunca, la voz de aquellos que incitan sin rebozo a la destrucción del mundo occidental. La chispa que ha hecho crepitar de nuevo las hogueras del rencor ha sido una frase del Papa, Benedicto XVI, extraída de su discurso en Ratisbona, du- rante su viaje a Alemania. Que haya habido manifestaciones en varios países de mayoría islámica, con pancar- TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO PERIODISTA EL HOMBRE QUE AMÓ A ORIANA E L día en que murió Oriana Fallaci, una de las grandes testigos del siglo XX y de lo que va del XXI hasta el pasado 15 de septiembre, fecha en la que murió, se habló someramente y, a veces con error, del hombre que fue el amor de su vida y con quién concibió un hijo que no llegó a nacer. Aunque escribió del niño malogrado, en los últimos años vivía entregada a una novela, Mi niño que quizás ha quedado inconclusa. La persona que verdaderamente amó se llamaba Alejandro Panagulis- -de hecho se ha llevado un recuerdo suyo a la tumba- a quién dedicó un libro, Un hombre (1979) Cuando días atrás se habló de Oriana, él quedó difuminado en conceptos diversos, y quizá a ella le agradaría que quedara en su sitio. Cuando entrevistó a Alekos, un ateniense de 1939, se disponía a conversar en septiembre de 1973, con el griego que acababa de ser puesto en libertad por los coroneles que dieron un golpe de Estado el 21 de abril de 1967. La mano férrea y abominable de la Dictadura se había aflojado- incluyendo torturadores para algunos presos. Alekos salía de una estancia de 5 años, 3 de ellos condenado a muerte, por haber intentado asesinar a Georges Papadopoulos. Yo no soy capaz de matar a un hombre, quería matar a un tirano. Antes de abril del 67 no concebía la idea de acabar con la vida de nadie decía el entrevistado a la periodista. Durante los años de presidio salió, en bastantes ocasiones, para ser llevado al hospital a causa de las torturas físicas que sufría. Decía Oriana que los coroneles no se habían atrevido a fusilarlo para no convertirlo en un héroe. De hecho, el propio Alekos le confiaba que la decisión de ponerlo en libertad significaba que su designio era más ambicioso, porque pensaban legalizar la Junta en el ámbito de la Constitución y buscar el reconocimiento de antiguos adversarios Pero él, no cayó en la trampa. Cuando el comandante de la cárcel le espetó, Panagulis, has obtenido la gracia él respondió: ¿Qué gracia? No he pedido nada a nadie Pero esto no es todo. Al ser llamado para leerle el decreto de amnistía, con toda la parafernalia de las dictaduras, ¡de pie! le ordenaron. Sentado, respondió: ¿Por qué? ¿porque tienen que leer el papel de un coronel? No se movió. Hubo una tercera provocación cuando un teniente coronel fue a buscarlo a la celda- -de cemento, 2,5 metros por 1- y le pidió que recogiera sus pertenencias. La respuesta fue, no recojo nada, no he pedido que me dejen salir de aquí Y efectivamente, hubo maleteros que las llevaron hasta la salida. Tras conversar con Alekos, Oriana descubrió que era uno de esos escasos hombres para quienes morir se convierte en una manera de vivir, por la manera en la que supieron emplear sus vidas Su desprecio por los coroneles era tanto que le reconoció a Oriana: Estaban en su derecho de matarme, porque había cometido un atentado. Pero no tenían derecho a enterrarme vivo en lugar de muerto. Siento rabia por esos payasos que ahora me permiten dormir en mi lecho Torturas aparte, hubo un intento de asesinarlo en la cárcel. Incendiaron su colchón y para cuando lo sacaron de la celda estaba en estado de co- ma. Así se encontraba cuando Servan Schreider visitó Atenas para, previsiblemente, llevárselo con él a Francia. Dada la situación le regalaron a Teodorakis poeta y resistente a la Dictadura, que hizo canción algún que otro poema de Panagulis. Los poemas de éste, por cierto, recibieron galardones. Pero el poeta fue, también, un revolucionario. Le decía a la mujer que amó: Mi única ambición es la de dar mi vida para poner fin a esta Dictadura, mi único deseo es el de ser el último muerto en esta batalla. No para vivir más que los demás, sino para dar más que los demás Y añadía que no se podía convertir Grecia, el lugar en el que nació la democracia, en un rebaño. Negaba, tajantemente, ser comunista, porque donde hay dogma no hay libertad Era ateo, pero hablaba de Jesucristo con severo respeto: Aunque sólo fuera hijo de los hombres, reconozco su grandeza, por su voluntad de aliviar el dolor humano. El hecho de que haya sufrido y muerto por los hombres, me basta Para él, ser un hombre consistía en tener valor, dignidad, creer en la humanidad y amar. La política era un deber; la poesía, una necesidad. Hacer política en democracia se convierte en algo tan bello como hacer el amor con amor afirmaba. Se enamoró de Oriana Fallaci, una mujer que fue llevada a los tribunales, que recibió varios tiros cubriendo una información en la plaza Tlatelolco, en México (1968) que luchó contra el fascismo desde los 14 años, que estaba convencida de que el cáncer se lo debía a Sadam Hussein, porque ella fue una de las afectadas por la nube negra que siguió a la quema de pozos de petróleo en Kuwait. Alekos y Oriana vivieron su amor seguidos por policías, que no ocultaban su condición, en restaurantes, aviones, en fin, allá donde fueran. Alejandro Panagulis murió en Atenas el 1 de mayo de 1976, según unos en extrañas circunstancias; según otros, asesinado. Oriana, Alekos, descansad en paz.