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ABC LUNES 2 10 2006 Deportes 87 CAMPEONATO DEL MUNDO DE FÓRMULA 1 GRAN PREMIO DE CHINA Como sus ídolos Alonso y Schumacher, los conductores de Shanghai se juegan el bigote en cada adelantamiento. El tráfico de las grandes ciudades españolas es una mota de polvo comparado con el caos de los atascos y el estilo de conducción de los chinos Kamikazes risueños al volante JOSÉ CARLOS CARABIAS SHANGHAI. Las señales de tráfico son parte del paisaje en Shanghai. Motivos ornamentales, como las luces de neón o los dragones milenarios, que no ejercen influencia sobre los conductores. Si usted pierde los nervios en Madrid por las obras, desesperó en Nápoles con suicidas al volante o se jugó el bigote al cruzar una calle en Bogotá, dé una vuelta por Shanghai. Venga y verá lo que es de verdad el caos. El deporte español ejerce una fascinación especial en Shanghai. Un voluntario del circuito pasa lista a las estrellas ibéricas. Raúl, big star (gran estrella) Fernando Torres, big star; Nadal y Ferrero, big star; y Gasol, ¿está lesionado, no? Y cómo conduce Fernando Alonso. Es increíble El magnetismo de Alonso, su pericia al volante, parece ser el espejo en el que se mira esta ciudad inabarcable de 18 millones de habitantes. El ejemplo es éste. Carretera al circuito de Shanghai, ayer a las diez de la mañana. Una marea de coches en procesión y atasco, como siempre en esta urbe. Una oleada de bicicletas por la derecha, buscando su oportunidad en el caos. Un padre conduce una bici de los tiempos de Bahamontes, con su hija adolescente apretada junto a él en el sillín. Llega un puente y el artilugio no da para tanto. Ambos se bajan y suben empujando por el carril- bici, perfectamente delimitado del tráfico normal por un murete. En esto, asoma un co- se pasa por donde sea. Es un frenesí sin estrés. Siguiente escena. Penúltima rotonda antes del circuito. Hay un peatón parado en medio de un paso de cebra de seis carriles. Los coches circulan a su lado, por la derecha y la izquierda, sin atender al desamparo del hombre y a su derecho a cruzar de un tirón. Nadie se detiene y allí sigue, al tiempo que aparece una bicicleta con un padre y un niño de no más de cinco años pedaleando en contra del sentido del tráfico, como un boquerón ante la boca de una ballena. No pasa nada. Los coches pitan, se suben por los arcenes, invaden las rayas continuas, pero la vida sigue. El peatón logra llegar al otro lado al cabo de unos minutos y la bici desaparece entre unos matorrales después de sortear en zigzag a los vehículos. Descontrol organizado Por supuesto, en este descontrol perfectamente organizado nadie se abrocha el cinturón. Y cuando un europeo lo hace, el taxista o el conductor mira extrañado, como si el extranjero fuese un alien. La capacidad de sorpresa nunca termina en Shanghai. Un vendedor de cupones aprovecha el atasco para ganar su jornal entre los carriles tres y cuatro de la autopista. Una motocicleta da media vuelta entre dos camiones y aparece en contra dirección. Y en la entrada al circuito, todos los coches invaden los dos carriles contrarios, pero un coche de Policía que tiene prisa aprieta la tuerca. Se sube a la acera y desaloja a un par de viandantes, obligados a pisar la carretera donde los coches les pitan, por supuesto. Y ríanse del microsegundo de Madrid- -la fracción de tiempo que tardan en pitar los conductores cuando el semáforo se pone en verde- En Shanghai es mucho menos. Es la microcentésima. Una aficionada china con una bandera de España en apoyo a Alonso che con su conductor que ha perdido la paciencia por el atasco. Se mete en el carril- bici desafiando la ley, pita y pita para que padre e hija se aparten. No lo hacen. Cualquiera imagina el resultado en el estrecho pasaje. O se para el coche o se quitan los ciclistas. Nada de eso sucede. El vehículo pasa afeitando a los dos peatones, a un milímetro de sus brazos. Un respingo sacude a los periodistas europeos que presencian la escena desde el follón. Rechinan los dientes ante AFP el atropello que parecía seguro. Los ciclistas a pie no se inmutan, no protestan, no increpan al lunático que casi les pasa por encima, no dicen nada. Es la ley kamikaze de Shanghai. La ciudad más poblada de Asia es la sinfonía del claxon. Un concierto permanente, sin descanso para los tímpanos. Los conductores pitan y pitan, se dejan los dedos, una rutina estresante. Sin embargo, nadie se enfada. Nadie increpa al vecino del atasco. No hay insultos, ni siquiera palabras. Se pita y