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ABC LUNES 2 10 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL DESAMPARO N OTRA MENTIRA A celebración del septuagésimo quinto aniversario del reconocimiento del derecho de sufragio femenino me ha permitido comprobar, una vez más, cómo se adultera la verdad con fines de propaganda ideológica. Al espectador que haya contemplado los reportajes, infectados de topicazos y merengosidad, que a la efemérides han dedicado varios canales televisivos le habrá sorprendido comprobar que la consecución de este logro se presenta como una conquista de la izquierda; en algún caso, incluso, se ha llegado a afirmar que la derecha conspiró contra tal conquista. Los lectores de ABC han tenido ya ocasión de leer un muy bien documentado y perspicaz artículo de Alberto Lardiés donde se refutan tales apriorismos. Como una puñalada trapera para la República definió el socialista Indalecio Prieto la decisión parlamentaria que extendió el derecho de voto a las mujeres. Aunque, quizá, el gran JUAN MANUEL debate sobre esta cuestión no se proDE PRADA dujo en el momento de su aprobación, sino dos años más tarde, cuando se aproximaban las elecciones de noviembre de 1933. Fue entonces, en vísperas de aquellas elecciones, cuando los partidos de izquierda más obcecadamente se pronunciaron contra el derecho recién adquirido por la mujer. Muchas fueron las voces que, desde posturas presuntamente progresistas, recomendaron despojar otra vez a la mujer española de su derecho de sufragio, por temor a que terminara votando al candidato que le impusiera su marido o le aconsejase el cura desde el púlpito. En un reportaje publicado en la revista Crónica unos meses antes de la elecciones, la periodista y poetisa Ana María Martínez Sagi, pionera del feminismo a quien dediqué mi libro Las esquinas del aire entrevista a varias mujeres adscritas a formaciones de izquierda; casi todas se pronuncian sin ambages sobre la inconveniencia del sufragio femenino. Así, por ejemplo, una militante de la Unión L Socialista declaraba: Es un peligro evidente el apoliticismo de las mujeres. Su abstención, no sólo posible, sino probable, influirá con preponderancia en el sentido reaccionario femenino. Un país que en el año 33 del siglo XX no tiene resuelta aún la enseñanza primaria, gratuita y obligatoria no tiene derecho a pedir al pueblo la comprensión de valores de organización civil ni política; y una sociedad que, bajo un falso barniz de europeización, deja al hombre y a la mujer en un aislamiento roto únicamente por las relaciones sexuales, no tiene tampoco derecho a pedir a sus mujeres la comprensión amplia y generosa que el camino de las ideas justas y renovadoras exige Vamos, que la militante socialista sólo parecía dispuesta a transigir con el sufragio femenino cuando se garantizase la adhesión inquebrantable de las mujeres a la doctrina socialista. Más descarnadas resultan aún las declaraciones de una militante independentista: La mujer, por falta de independencia ideológica, no aportará a la política ninguna nueva orientación. Sin espíritu crítico, no hay independencia de ideas. La mujer es primitiva y apasionada. Es por este motivo que acepta sin discutir las ideas políticas que el hombre quiere imponerle. El día en que la mujer comprenda que los sistemas de gobierno pueden mejorarse, transformarse incluso, sin que esto suponga atentado alguno contra aquellas verdades supremas que ella defiende, aquel día la mujer empezará a actuar conscientemente dentro de la política, y entonces habrá llegado el momento oportuno de hablar de su influencia. Ahora, no En las elecciones de 1933, en las que finalmente las mujeres acabarían votando, obtendría la victoria la CEDA. Inmediatamente, Indalecio Prieto, en un alarde de respeto a las reglas de juego democráticas, advirtió: En caso de que las derechas sean llamadas al poder, el Partido Socialista contrae el compromiso de desencadenar la revolución Acaso no lo supiera, pero acababa de infligirle a la Segunda República una puñalada trapera mucho más feroz que el reconocimiento del sufragio femenino. I una palabra. Eso es lo que el presidente Zapatero dedicó ayer a las decenas de miles de ciudadanos que se manifestaban en Sevilla a la misma hora que él celebraba un mitin preelectoral en Alcorcón. Ni una sola mención, ni la más mínima cita, ni una puntual referencia. Sólo silencio; un mezquino, ruin y cruel ninguneo en medio de su fanfarria partidista. Una ignorancia deliberada que se califica por sí misma, habida cuenta de que ese clamor estruendosamente desoído proviene de la memoria viva del horror, de las vestales de nuestra democracia. De las víctimas del terrorismo. El debate político en España se ha envilecido de tal forma que pasa por encima de un detalle esencial: que las víctimas no han elegido su bando. ZaIGNACIO patero podía negociar o CAMACHO no, y eligió negociar. El PP podía apoyarlo o no, y eligió retirarse. Los propios terroristas podían haber optado por la acción política o el crimen, y eligieron el crimen. Pero las víctimas no eligieron el horror, ni sus familiares y allegados se involucraron voluntariamente en la tragedia de la orfandad, el luto y la desesperanza. Ellos resultaron elegidos por un azar macabro que les empujó por una pendiente irreversible de dolor, cuyo único paliativo posible es una cierta dignidad de la memoria, un mínimo rescate del olvido que ahora parece haberse convertido en un estorbo, un engorroso e inoportuno fastidio para los arúspices del pragmatismo. Lo ha contado Teresa Jiménez Becerril, en cuyo coraje reside, junto al de otras mujeres valerosas- -Irene Villa, Mar Blanco, Maite Pagaza, María San Gil- la última frontera de la dignidad perdida: los eurodiputados socialistas les dieron la espalda en su reciente visita a Estrasburgo. Pusieron pretextos, disculpas, evasivas; tenían cosas más importantes que hacer que escuchar el relato del sufrimiento incomprendido. Por ejemplo, preparar el inminente debate que convertirá el proceso de paz en un asunto de política parlamentaria. La memoria del horror se ha vuelto molesta, perturbadora, pesada, demasiado embarazosa para la buena conciencia indolora de este tiempo acomodaticio y pactista. Dejaron solas a las víctimas, abandonadas a su desconsuelo. Como ayer Zapatero, en su frío, calculado desapego ante el clamor que reventaba la mañana indecisa, otoñal, de una Sevilla que no olvida a sus muertos inocentes ni a las vidas segadas en un forzoso tributo de sangre. Y sin embargo, no habrá paz verdadera mientras el horror habite en los pliegues de una sociedad que se siente traicionada. Mientras un latido de amargura, abatimiento y tristeza palpite en el corazón de las tinieblas. Mientras miles de ciudadanos se sientan desoídos y postergados en su trágica soledad de víctimas, y teman que en su nombre se pueda perpetrar una ignominia. Mientras se les considere un obstáculo y se les niegue una palabra, un afecto, un gesto de solidaridad y amparo, una garantía moral de que no va a ocurrir nada de lo que tengan que avergonzarse.