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30 9 06 AIRE LIBRE Río de hielo El otoño en el gran glaciar Aletsch Una alfombra helada de veintitrés kilómetros de largo y mil metros de profundidad. El glaciar Aletsch, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, rubrica el espectáculo de las montañas suizas TEXTO Y FOTOS: JUAN FRANCISCO ALONSO RIEDERALP (SUIZA) Gastronomía En la mesa casi nunca faltan los quesos y el chocolate, preparados de mil formas, a veces como fondue, otras como raclette. En este valle presumen de una variante de nombre dudoso pero de sabor excelente: el cholera: patata, hojaldre, queso, cebolla... a lengua de hielo mide veintitrés kilómetros. Es una autopista blanca que zigzaguea entre las altas cumbres del conjunto de montañas JungfrauAletsch- Bietschhorn, en el sur de Suiza. Desde el mirador de Bettmerhorn, a tres mil metros de altura, este inmenso glaciar alpino tiene el aspecto de superviviente, de especie en peligro de extinción. Como si, súbito, asomara un mamut a la vuelta de la esquina. Los glaciares son masas de hielo formadas por la compactación de la nieve, un proceso que en muchos casos se pierde en la noche de los tiempos. Cuando las temperaturas se mantienen por debajo del punto de congelación, la nieve modifica su estructura, se convierte en neviza, y cuando esas capas de hielo y nieve que invitan a tiritar tienen espesores de varias decenas de metros, el peso se torna tan apreciable que la neviza desarrolla cristales de hielo más grandes. Un bellísimo prodigio de la naturaleza, incluido por la Unesco en su listado de Patrimonio de la Humanidad. El sol de septiembre lame la piel de este paisaje de Heidi, una ladera verde en la que las únicas manchas marrones las ponen las casas de madera, la silueta de algún que otro pequeño pueblo. El otoño en la montaña está lleno de senderistas armados de bastones, botas de campo, mochilas y abundante agua: se recomienda beber un par de litros al día para compensar el líquido que se llevan el esfuerzo y la altura. En la estación de tren de Brig, el centro urbano más importante de la zona, la cultura alpina se respira con la misma facilidad que el aire. Y muchos de los andarines que nos rodean se dirigen sin duda al gran glaciar, atraídos por este brochazo de hielo rodeado de crestas. Hace dieciocho mil años, el L área de Riederhorn- Bettmerhorn estaba completamente congelada. El glaciar de Aletsch y el del Ródano se miraban a los ojos y sólo los picos más altos sobresalían en el horizonte. A partir del siglo XV, en la llamada pequeña Edad de Hielo que se estiró hasta la mitad del XIX, el frente del glaciar medía 2,5 kilómetros más hacia el valle. Hoy, los científicos que estudian este espacio natural dicen que el cauce pierde unos treinta metros cada año, probablemente por el aumento de las temperaturas, aunque éste no sea un debate cerrado. De los cientos de glaciares que se cuentan en los Alpes suizos, el Aletsch, con una superficie de más de ochenta kilómetros cuadrados, veintitrés kilómetros de longitud y un espesor de mil metros en su zona central es el más grande, un espectáculo turístico y científico. La silueta del Cervino El acceso a este rincón sólo es complicado por lo lejos que se halla de las grandes ciudades del país, a dos horas y media en tren de Ginebra, a tres desde el aeropuerto de Zúrich. Un viaje entre túneles y montañas, un documental en vivo en la ventanilla. Una vez en la estación de Brig, otro tren de la exce- lente red suiza nos traslada en un cuarto de hora a Mörel o a Betten Talstation, y desde este punto el teleférico es el último paso hasta los pueblos cercanos al glaciar. Bettmeralp en nuestro caso, donde no está permitido el tráfico de vehículos, silencio abrumador. Desde la cabina de este autobús local conmueve la vista de los Alpes, una cadena montañosa con decenas de cimas por encima de los 4.000 metros. Entre esos dientes de sierra, allá lejos, sobresale la pirámide casi perfecta y blanca del Cervino (4.478 m. La verticalidad del entorno no debe asustar a los viajeros. Cual- Golf de altura. Tras el senderismo, otros deportes completan el menú en la montaña