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30 9 06 EN PORTADA Novias A la izquierda, Piedy Rosillo y su madre Carmen Martos O Neale, de Dior y Balenciaga, en 1950: lucen dos trajes magistrales frente a frente. A la derecha, la Marquesa de Tamarit vestida de novia por Balenciaga en 1955. Su traje de virgen medieval fue una auténtica revolución internacional por su línea POR PATRICIA ESPINOSA DE LOS MONTEROS Balenciaga De nuevo, fuente de inspiración us amigos le llamaban Cristóbal, sus empleados, maestro, y en la prensa mundial se le entronizó, sin dudarlo, como rey. Sigue siéndolo. Este año ha inspirado los desfiles de París. Ghesquière ha relanzado algunos de sus grandes diseños. Fendi, Burberry, Chloé, Moschino o Stella McCartney se han mirado en él. Según Prêt- à- Porter prestigiosa revista de moda en la Red, este otoño no eres nadie si no cuentas con un cristóbal en tu armario. Como entonces. Por su casa de la avenida George V pasaron desde Sofía Loren a la duquesa de Windsor, y todas salían sintiéndose reinas. Unas lo eran de verdad, como las de España o Bélgica, pero había soberanas de otro estilo, como Mrs. Firestone, reina de los neumáticos, o Marella Agnelli, reina del automóvil. Pero si París era el brillo y la jet Eisa, su casa de Madrid en plena Gran Vía, era la absoluta discreción. Un santuario para sus fieles clientas, casi todas españolas. Allí se hacían pases privados, sin focos, sin flashes, sin música ni prensa. A cada clienta se le daba un cuaderno donde anotar los modelos; mientras desde los probadores el modisto observaba a través de una rendija. No salía ni a saludar. En aquellos talleres se confeccionaron trajes legendarios, y otros menos conocidos, pero todas las mujeres que alguna vez disfrutaron de aquel ambiente único recuerdan su experiencia. Conocí a Balenciaga en París, en el año 1946- -cuenta Aline Gri- S ffith, condesa viuda de Romanones- Yo estaba trabajando para el Servicio Secreto americano, acababa de terminar la guerra y fui a hacerme dos trajes a su taller. La encargada me comunicó que el maestro iba a venir en persona a probarme las toiles Llegó muy tímido, callado y serio. Se dio cuenta enseguida de que yo llevaba la ropa de forma diferente. Me preguntó, sin saber quién era yo, si no me importaría que me hiciera unas fotos con estos trajes, que saldrían en el Vogue americano. Accedí encantada, ya que era experta en esto, pues en América compaginaba mis trabajos de Abrigo capa Meye Allende con un abrigo- capa en 1958. A la derecha, el maestro, visto por Gyenes, tras un pase en Gran Vía