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ABC JUEVES 28 9 2006 Cultura 69 FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN Bolero en clave de cine negro ROBERTO HERRERO SAN SEBASTIÁN. Un bolero en clave de cine negro Así explica Antonio Chavarrías su película Las vidas de Celia que narra una historia dramática en la que todos sus personajes tienen un lado oculto. Mientras esa parte oscura permanece en secreto no pasa gran cosa, de hecho podrían seguir así el resto de sus vidas, pero al conocerse una de esas realidades todo estalla. Me gusta descubrir cómo en lo cotidiano hay un mundo oculto que es el reflejo de lo que se muestra. Cine negro, aunque su director confiesa que esta vez no quería que lo fuese tanto, pero es que me sale, me siento cómodo con este tipo de películas, con lo que estaría totalmente incómodo sería con una comedia o un musical Y ya promete que su siguiente producción será aún más negra, esa sí, desde el principio Chavarrías ha escogido en Las vidas de Celia una forma de rodar lo más naturalista posible, practicamente sin iluminación. Las escenas de calle nocturnas están hechas sólo con la luz de las farolas destacó Tosar, quien como todos sus compañeros destacó la labor del iluminador y del foquista, ambos mexicanos. De izquierda a derecha, Menchu Romero, Aida Folch y Najwa Nimri, ayer en San Sebastián AFP Un thriller muy batido, no agitado... y con una aceituna Antonio Chavarrías presenta en competición Las vidas de Celia E. RODRÍGUEZ MARCHANTE SAN SEBASTIÁN. Najwa Nimri, Luis Tosar, Daniel Jiménez Cacho, Aida Folch, Álex Casanovas... eran las estrellas del día, a pesar de que andaba por aquí Kate Beckinsale (está tan pálida que deberían darle una gilda que son guindillas ensartadas entre aceitunas y anchoas y que tanto entonan el cuerpo que serían muy útiles a la salida de las autopsias) Su película, Las vidas de Celia dirigida por Antonio Chavarrías, también estaba un poco ensartada por el centro en una mezcla de tiempos e historias muy al último estilo narrativo, que consiste en cascar lo sucesos, batirlos bien batidos y presentarlos en forma de tortilla... Suele quedar jugosa si te llamas Tarantino o Iñárritu. Sacada del quicio de la linealidad, Las vidas de Celia podría parecer una película de intrigas psicológicas (un thriller batido, no agitado) en la que los personajes esconden ladinos secretos y traumas indescriptibles alrededor del asesinato de una joven del barrio, mientras que un policía investiga los hechos y se inmiscuye en la vida de todos ellos. Como suele ser habitual, el policía está sometido a unas tensiones excepcionales a causa de que está dejando de fumar y de que su vida de pareja es un desastre y la mujer que quiere está con otro, lo cual lo convierte en pasto de arrebatos y cóleras que no ayudan precisamente al buen paso de la investigación: a punto están de retirarlo del caso... Pero, poco a poco, la bruma se va despejando, las relaciones, traumas y pecados afloran, el asesino asoma la patita... y uno de los ingredientes de la tortilla se queda completamente crudo: ¿por qué? Siempre hay que decir algo bueno de la película que se comenta. Ahí va: Aida Folch respira y hace respirar verdad a su parte de la historia, que es al tiempo la más sórdida y creíble de cuanto se narra, y eso que no es fácil salir airosa de un plano compartido con un actor con la fuerza de Daniel Jiménez Cacho. O sea, la aceituna del cóctel sería ella, Aida Folch. Un samurái pacifista La otra película a competición era japonesa, Hana del admirado Hirokazu Kore- eda, aquel que ganó un premio en Cannes con la excelente Nadie sabe Trae ahora una historia de samuráis, de uno torpe y pacifista concretamente, que se atasca en el deber de vengar a su padre y matar al que lo asesinó. Hana tiene algunos de los ingredientes propios del cine japonés: es una película muy larga, hermosamente retratada, liosamente contada, donde personajes y acciones se te enredan a los pies y no te dejan cruzarla con limpieza. No obstante, se pueden sacar de ellas algunas ideas y varias frases bonitas sobre la paz entre culturas y los almendros que florecen cada año más hermosos y cuyas hojas tienen una vida breve pero bella, como la de los propios samuráis, quienes, al parecer, aprovechaban cualquier coyuntura adversa para darse matarile y poner el tatami perdido de sangre y vísceras. Como ellos luego ya no lo tienen que limpiar...