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ABC LUNES 25 9 2006 Cultura 63 Una colección de lujo. A partir del próximo domingo los lectores de ABC podrán conseguir en sus kioscos la primera entrega de esta fantástica colección de doce películas de Audrey Hepburn en DVD y con sus libretos explicativos correspondientes. El resto de entregas se hará en sábado. Vacaciones en Roma. Domingo, 1 de octubre, con el ejemplar de ABC más 5,95 euros. Sabrina. Sábado, 7 de octubre, con ABC más 7,95 euros, el mismo precio y día que el resto de entregas. My Fair Lady. 14 de octubre. La calumnia. 21 de octubre. Los que no perdonan. 28 de octubre. Una cara con ángel. 4 de noviembre. Desayuno con diamantes. 11 de nov. Dos en la carretera. 18 de noviembre. Guerra y paz. 25 de noviembre. Always. 2 de diciembre. Encuentro en París. 9 de diciembre. Sola en la oscuridad. 16 de diciembre. Hepburn abolió para siempre los cánones caducos de una belleza que aún se guiaba, como las básculas, por el exceso. ondina o náyade que camina sobre la tierra sin llegar siquiera a rozarla. Cuando Colette la conoció por azar en Montecarlo, exigió que fuese ella la protagonista de la adaptación teatral de su obra Gigi que estaba a punto de representarse en Broadway. Esa misma iluminación que sacudió a la gran dama de las letras francesas la experimentaría también William Wyler, que enseguida comprendió que la princesa de incógnito de Vacaciones en Roma no podía ser otra que aquella muchacha que detenía la órbita de los planetas cada vez que pestañeaba. Luego la princesa se disfrazaría de cenicienta en Sabrina de noble rusa en Guerra y paz de novicia en Historia de una monja de pindonga en Desayuno con diamantes de florista barriobajera en My Fair Lady de mujer que intenta sobrevivir al naufragio de su matrimonio en Dos en la carretera de ciega desvalida en Sola en la oscuridad hasta que, ya al fin de su carrera, Steven Sielberg le otorgó en Always el papel que reconocía su naturaleza seráfica. es porque un día Audrey Hepburn se los puso, redimiéndolos para siempre del vaivén de las modas voltarias. No hubo nunca una mujer más hermosa que Audrey Hepburn; no la habrá nunca, por mucho que los planetas sigan girando en su órbita. No hace falta que añada que el hombre que más he odiado en mi vida, el hombre al que de buen grado hubiese estrangulado con mis propias manos, ofuscado por la más cochina envidia, fue Mel Ferrer. Tampoco hace falta que añada que cada vez que veo a una petarda tratando de imitar a Audrey Hepburn, me entran ganas de tirarla a una trituradora de carne. Que nadie la toque, que así es la rosa; que nadie ose parecerse a la más hermosa criatura, a la más deliciosa actriz, al ángel más conmovedor y luminoso que jamás pisó la faz del orbe. Y que ustedes, lectores de ABC, verdaderos aristócratas del espíritu, disfruten de este regalo patricio que su periódico les hace. Para nosotros, las experiencias sublimes; dejemos para quienes no leen ABC las exposiciones cárnicas y los entretenimientos plebeyos. Amor sin lujuria Lo confesaré sin ambages: Audrey Hepburn ha sido siempre la mujer de mis sueños. Esta elección me ha garantizado unos sueños desaforadamente castos, incluso en la adolescencia, que es edad proclive a la lujuria. Audrey Hepburn postula un amor sin lujuria, un amor ingrávido, hecho de luz, que no conoce el enardecimiento ni el hastío. Edda Kathleen van Heemstra Hepburn- Riston, que así es como fue bautizada, nació en Bruselas en 1929. Hija de un banquero irlandés y una baronesa holandesa, recibió una estricta educación británica y se crió en Arnhem y Ámsterdam, tras recibir una estricta educación británica. En su adolescencia quiso ser bailarina; y algo de aquella gracilidad primigenia se contagió a su labor interpretativa. Audrey tiene algo de cisne en su lago solitario, algo de ciervo matinal que se asoma entre la maleza, algo de Ingenua y pizpireta No ha habido una actriz tan pintiparada para la comedia romántica: sabía ser ingenua y pizpireta, sabía ser elegante y conmovedora, muy frágilmente conmovedora, a un tiempo. Era la mejor partenaire de los galanes otoñales (Humphrey Bogart, Gary Cooper, Rex Harrison, Henry Fonda, Fred Astaire) quizá porque transmitía esa dosis de atónita ternura que sólo los hombres de cierta edad saben apreciar (como ya me voy haciendo mayor, barro para casa) Con la ayuda de Hubert de Givenchy, se convirtió en uno de los emblemas más imitados e inimitables del siglo XX: si hoy las gafas de sol de enormes lentes y los pañuelos atados en la barbilla nos siguen pareciendo distinguidos y como recién estrenados En su juventud quiso ser bailarina; y algo de aquella gracilidad primigenia se contagió a sus interpretaciones