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62 Cultura LUNES 25 9 2006 ABC DOCE DIAMANTES Hepburn interpretó uno de sus mejores y más difíciles papeles en la película Sola en la oscuridad La imagen de Hepburn en Desayuno con diamantes a la derecha fumando en pipa, se ha convertido en un icono de belleza y distinción Con motivo de la colección Doce diamantes -una docena de excelentes películas de Audrey Hepburn, en DVD y cada una con su libreto explicativo- -que ABC ofrecerá a sus lectores a partir del próximo domingo, nuestro colaborador nos presenta en el siguiente artículo a la actriz y al mito que causó el mayor cataclismo estético del siglo XX La masa corporal de Audrey Hepburn JUAN MANUEL DE PRADA A mi mujer L os fascistas de la pasarela Cibeles la habrían rechazado, por no alcanzar los índices de masa corporal exigidos; pero los ángeles no tienen masa corporal, son criaturas de luz. Recuerdo que hace algunos años, la revista Playboy, especializada en exposiciones cárnicas, preguntó a sus muy marranazos lectores quiénes eran las mujeres más hermosas del siglo XX; aquella lista execrable la encabezaban pechugonas plebeyas, entre las que sólo eché en falta a la estanquera de Amarcord Si la encuesta se hubiese hecho entre lectores de ABC, verdaderos aristócratas del espíritu, la lista la hubiese presidido Audrey Hepburn, sin duda el mayor cataclismo estético del siglo XX. Cuello juncal y adorable Billy Wilder, quien la dirigiera en dos películas inmarcesibles, ya lo anunció: Esta chica conseguirá convencer al mundo de que los pechos grandes y las curvas son vestigios inútiles del pasado En realidad, lo que consiguió Audrey Hepburn fue confirmarnos aquella verdad enunciada por Platón y reiterada, en otras vertientes artísticas, por gentes tan imprescindibles para la cultura de Occidente como Dante o Botticcelli: la belleza reside en el alma y se comunica al cuerpo como un aura luminosa. Audrey Hepburn aterrizó en un cine devastado por rubias mamarias e impuso su originalidad impar, su belleza nunca repetida y sin embargo cotidiana, su delgadez extrema y sin embargo nada enfermiza. Audrey Hepburn, frente a la masa gregaria de sus contemporáneas (Marilyn y demás carnazas) impuso su propia moda, fue ella en sí misma una moda imperecedera: con su sonrisa ancha e impremeditada, capaz de desarbolar cualquier reticencia; con sus ojos de gacela que aún no han contemplado la maldad; con su rostro purísimo de pómulos y mandíbula insuperables; con su cuello juncal y adorable, creado para la tarea grata de los besos; con su busto donde la arquitectura de los hombros y las clavículas sustituye otras protuberancias más caedizas (pero los connaisseurs sabemos que la belleza es cuestión de esqueleto) Audrey