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60 DOMINGO 24 9 2006 ABC FIRMAS EN ABC TULIO DEMICHELI PERIODISTA UNA ASIGNATURA PENDIENTE DEL PP La derecha renunció, muy gentilmente, al territorio de la cultura popular incluso durante los ocho años de su mandato. Y lo pagó muy caro, ahí se vio la implacable ofensiva del frente cultural socialista entre 2002 y 2004... la enseñanza pública al menos durante 16 años, ha instruido a la generación que hoy deambula por la treintena- -asegurándose cierta sensibilidad social, moral y estética. A su lado, editoriales de bandera como Alfaguara y Taurus invisten prestigio intelectual y literario bajo la cobertura de El País, aunque no sean hegemónicas. El diario, además de haber generado opinión que luego la SER amplifica, marcó y aún marca tendencias al orientar, digamos, una manera de ver y de vivir la vida: sexualidad, educación, deporte, ocio, turismo... de la decoración a la restauración pasando por el vestir y la cosmética. Es decir, la izquierda colorea nuestra vida cotidiana y también, la imaginaria: los gustos literarios, musicales (radio y discográficas) y los cinematográficos, teatrales y televisivos, importando, produciendo y surtiendo durante años no sólo a las salas de exhibición, sino a la televisión pública y ahora, como es natural, a sus propias televisoras. Todo un entorno de vida, su influencia ciertamente excede mucho a su electorado natural y ha sido vehículo de intervención política, minando al PP con el goteo continuado de una literatura, un cine, un teatro, una música popular y unas ofertas de televisión que deforman su imagen en lo hondo de la caverna platónica. Ha sabido modular los gustos y modas del mercado procurándose una brillante cuenta de resultados: aún vivimos al gusto Prisa. Y es negocio. Mi amigo Juan Manuel de Prada seguramente pensará que ésta ha sido una operación de ingeniería social desde luego anunciada en 1982 por Alfonso Guerra: A España no la va a reconocer ni la madre que la parió Pero esa evidencia es tan engañosa como seguir aplicando las categorías de derecha e izquierda en la sociedad de la comunicación, siendo el centro la gran mayoría sociológica- -el mercado y el ágora- -que se alivia ideológicamente de ellas. En realidad, en 1982 se impuso un recambio generacional muy contundente en toda la sociedad, no sólo en el Parlamento y en la Administración; y lo hacía rompiendo con una prolongada gerontocracia. En dos días se había coronado el Mayo del 68 y ahora se despertaba en Carnaby Street para construir el Estado del bienestar. Por eso la Movida fue tan pop, tan colorista, hippy y psicodélica. Un recambio generacional que puso en escena el estreno de la alternancia democrática y de la racionalidad moderna. O mejor dicho: posmoderna, porque nuestra refundación política, social y económica fue posindustrial, fruto del desarrollo económico que nos igualaba con Europa. Y a la vez, de la emigración, que al retornar contagiaba su simpatía por aquellas democracias tan prósperas y sociales; del turismo, que hizo tan deseables su liberalidad de costumbres y alto nivel de vida; y por último, de la urbanización: la España agraria, la más tradicional, iba en fuga. P ARA bien y para mal, en España la izquierda es uniforme y la derecha, plural. El PSOE y también IU, donde el PCE se enmascaró tras la caída del Muro, más que partidos clásicos son la expresión de un movimiento al que también se vincula el anarquismo. La Primera, la Segunda y la Tercera internacionales abrevan en fuentes ideológicas hermanas y su beneficiario, que fue abandonando sus fundamentos de violencia revolucionaria, es el actual socialismo democrático, cuyos flancos lindan con el liberalismo social en el centro; y a su izquierda, con un marxismo atenuado y con sus propios jacobinos. Más allá de la línea, una extrema izquierda de nuevo cuño: las fuerzas antisistema. Juveniles, anárquicas y muy radicalizadas, pero más emocionales que ideológicas, reivindican una Arcadia premoderna cuando desafían, y no sin razones, al capitalismo desalmado de la globalización- -al que la Iglesia de Roma igualmente combate. En su conjunto, la izquierda no se mira en el liberalismo político que propició la democracia parlamentaria, sino en el movimiento socialista, cuya naturaleza es más o menos utópica, antiliberal y estatista. Movimiento, o si se prefiere: partido de masas (frente a los partidos liberales o conservadores clásicos) el PSOE de Suresnes además se hermana con el PRI mexicano, setenta años partido sistema, a cuyo techo social aspiraba Felipe González durante la campaña de 1982, aquella del Cambio. La derecha, por su parte, se organiza en pequeños partidos que se arraciman por necesidad: UCD conformó una variopinta coalición, como luego lo fue siendo el actual PP y ya lo había sido la CEDA durante la República. Partidos que responden a intereses puntuales muy variados: económicos, religiosos, locales o regionales. Y también, los nacionalistas. A diferencia de la Transición, hoy la derecha ya no limita a la derecha con Falange ni con Fuerza Nueva, las cuales tampoco han sido sustituidas por organizaciones neofascistas como Democracia Nacional o la Alianza para la Unión Nacional, sin impacto mediático o electoral alguno. El discurso fuerte más próximo lo abanderan los católicos militantes que postulan una recristianización de la vida política y social, para derrotar a un laicismo al que condenan, sin paliativos, por hedonista y relativista. Así, la Conferencia Episcopal, las asociaciones fundamentalistas y las de educadores y padres de familia confesiona- les denuncian que los valores esenciales de la vida cristiana- -el matrimonio, la familia patriarcal- -y la misma fe tradicional se encuentran en gravísimo peligro y aun, amenazadas por el Estado. Han tirado fuerte del PP durante esta legislatura, y éste ha desplazado su centro de gravedad hasta una confesionalidad nada ambigua y, quizá, poco atractiva como reclamo electoral. Por la derecha, a su vez discurren demócrata- cristianos menos beligerantes; tecnócratas neoliberales o neocons sólo interesados en la economía; liberales de siempre y a su izquierda, los social liberales, llamémosles así, todavía secundarios en la estructura de poder del PP, pero muy numerosos en los caladeros centristas y en los funcionariales, más proclives al PSOE. Éstos, apenas se diferencian de los socialdemócratas en su concepción del Estado y en el papel que le asignan. Se pide mayor o menor providencia pública y se defiende una mayor o menor libertad e iniciativa económicas de la sociedad civil, si bien unos y otros se acompañan en asuntos de moral privada y pública, en gustos culturales y modas de todo orden, así como en su laicismo político. La derecha es muy plural, culturalmente fragmentaria y su opinión pública se canaliza a través de diversas cabeceras: ABC, La Vanguardia, El Mundo, El Norte de Castilla, La Razón, El Correo... Los grandes consorcios audiovisuales en que participa, como Antena 3 y Telecinco, o las nuevas plataformas digitales, se distinguen por su neutralidad ideológica, pues son empresas mercantiles muy competitivas que se atienen sólo a razones de audiencia- -y nunca la violentan. En cambio, la izquierda es culturalmente uniforme y su opinión pública busca sustento en El País, ahora en La Cuatro y, sobre todo, en la cadena SER, así como en la radiotelevisión autonómica y estatal cuando gobierna. Pero la izquierda, además, considera doctrinalmente que la cultura es estratégica para abonar sus fines. Justamente éste- -el de la cultura popular, sus modas y gustos- -constituye un ámbito de influencia al que la derecha parece haber renunciado desde 1975, ya no se entiende bien por qué razones. Aboguemos por el diablo. El grupo Prisa no sólo ha sido una aventura empresarial extraordinaria, sino el aparato de reproducción ideológica del movimiento socialista, hasta ahora la garantía de su uniformidad y prevalencia. Por una parte, Santillana, su potente sello escolar, que fue hegemónico en Democracia era prosperidad. La gente española había ido muy por delante de su clase política desde finales de los años 60. Aguardó estoicamente a que el anciano dictador muriera en la cama; y al desaparecer éste, rechazó la ruptura que propugnaba la oposición democrática, aún clandestina, para sintonizar con una reforma institucional que habrá de convocar unas Cortes Constituyentes. En realidad, hacía algún tiempo que los españoles habían cambiado, así que Adolfo Suárez- -bajo la sombra tutelar del Rey- -materializó sus expectativas elevando a la categoría de lo normal lo que es normal en la calle El movimiento socialista ha colonizado esa calle- -el Cambio- -no sólo porque transitaba por ella, sino porque supo ver que la sociedad emergente era social y culturalmente como era: Carpe diem. Clase media, entre atea o agnóstica y practicante de un cristianismo a su manera, o como la Iglesia lo llama: a la carta; pues esa mayoría se compone de católicos culturales- -incluso ateos por la gracia de Dios como diría Buñuel- -políticamente laicos y desenfadados consumistas. Animadores de bautizos, primeras comuniones, funerales y bodas de todo tenor que usan anticonceptivos, abortan en último extremo, se divorcian en la Rota o por la vía exprés, vuelven a casarse de blanco o en el ayuntamiento y comulgan de Pascuas a Ramos. Guerra lo vio y la derecha renunció, muy gentilmente, al territorio de la cultura popular incluso durante los ocho años de su mandato. Y lo pagó muy caro, ahí se vio la implacable ofensiva del frente cultural entre 2002 y 2004. Cierto, el PP no se había provisto de un equiparable batallón sagrado de artistas, escritores, cineastas, músicos, actores, etc. que subrayara su discurso, coreando sus éxitos afuera, reavivando su prestigio en las crisis y que sirviera de altavoz en los cuarteles de invierno, ya en la oposición. Quien domina la cultura popular está presente incluso cuando no está, porque ésta revitaliza su carisma. El PP tampoco conjugó una plataforma mediática ni consolidó a su favor una alianza razonable de opinión, a pesar de que una se constituyera y hubiera logrado descabalgar al PSOE en 1996; pero fue la corrupción la que perdió a González, no el discurso ideológico de sus adversarios. Así pudo ser tan súbito el vuelco electoral del 14- M por mucho que el PP hubiera alcanzado, en 2000, la mayoría absoluta más holgada de nuestra democracia. Sólo era la economía, idiota, la economía que decía Clinton, y ese consenso se vino abajo tras el atentado, en mayor medida, porque antes ya se había desairado a la opinión pública- -y también, a la Iglesia. A lo mejor, el PP no hizo suya ni atemperó la manera de ver y de vivir la vida del centro mayoritario- -la de esta amplia calle. Ojalá y todavía pueda aprender de Prisa, porque la cultura popular sí es estratégica, con muy altos réditos. Mas no será sencillo; para bien y para mal la derecha es plural y tacaña, mientras la izquierda, ya se sabe, un movimiento muy rumboso, no algo imparable si hubiera alianzas creativas y apuestas inversoras.