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ABC DOMINGO 24 9 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL CENTRO, IDIOTAS C LOS 100 METROS PASO DE PEATONES RAS el carné por puntos, los semáforos por puntos. Puntos de luz. En casi todas las ciudades están renovando los semáforos, ¿será por tirar los caudales públicos? Los viejos semáforos de cristalote rojo, ámbar y verde y lámpara gorda con bombillón enorme están siendo sustituidos por los semáforos de puntos. De intensos puntos lumínicos que en su conjunto dibujan la torta de Castilleja del disco rojo, verde o amarillo. Aseguran que son más exactos, que el sol no da reflejos equívocos y que ahorran tela de electricidad. Igual que Esperanza Aguirre, en plan olla exprés de Fidel Castro, te cambia la lavadora por una que gaste menos luz, con la energía que se ahorra con los semáforos por puntos hay electricidad, ¿qué digo yo? para iluminar por lo menos tres chachachás de la Nietísima del Generalísimo en la Televisionísima Españolísima. ANTONIO Hasta aquí, en la parte de los disBURGOS cos de colores para los automovilistas, nada que objetar a los semáforos por puntos. Da gloria verlos cuando vas en coche y te los encuentras en verde y sin embotellamiento. Lo malo es la parte de los pasos de peatones. De Olimpiada o de infarto. La parte peatonal también representa en lucecitas como digitales los clásicos muñecos del rojo peatón que espera y del verde peatón que puede cruzar. Si hubiera sido la simple sustitución de luces en los pasos de peatones, perfecto. Pero, ay, han puesto en los pasos de peatones unos semáforos olímpicos, de infarto. Usted los habrá visto, porque son una ola que invade España, ¿quién se llevará la comisión? Hasta ahora, llegabas al semáforo, veías el hombrecito rojo, esperabas. Y te disponías a cruzar tranquilamente cuando aparecía el hombrecito verde. Ahora aparece el hombrecito rojo, con puntos lumínicos. Muy malamente dibujado, por cierto. Más que T peatón que espera parece el signo que viene en el puerto del ordenador portátil para enchufar el ratón. Pero vale. Lo malo es cuando aparece el hombrecito verde. Empieza entonces o bien la olimpiada, o bien el infarto. Porque, en efecto, sale el hombrecito verde, pero... ¡corriendo si hay que correr! Sería divertido, sobre todo para los niños, esto de la conversión de los semáforos en dibujos animados, Lunnis del Código de la Circulación. Lo malo es la parte olímpica. Mientras en la parte inferior el hombrecito verde se pone a correr, a tajelar, como las balas, en la parte superior aparece un segundero digital que empieza una alocada cuenta atrás. Según la anchura de la calle, 39,38,37,36, o 19, 18,17,16... Pero, Dios mío de mi alma, ¿esto qué es, un semáforo o Cabo Kennedy? Yo aquí qué tengo que hacer, ¿cruzar la calle o batir el récord de los 100 metros lisos? Es angustioso cruzar la calle con un marcador olímpico señalándote la cuenta atrás de los segundos que te faltan. ¡Qué estrés! Sobre todo cuando se acercan los últimos y entonces el hombrecito verde, que ya corría más que el tío de la lista, se pone a carrera abierta, como alma que lleva el diablo. Y con su sombrero calado. Lo más ridículo es el sombrero del corredor de fondo. ¡Si por lo menos fuera en chándal de adosado y barbacoa, Pilates total! No: va el tío perfectamente vestido, hasta con sombrero, dispuesto a ganar los 100 metros lisos del paso de peatones. Y a que nos dé el infarto. Nunca hasta ahora habíamos pasado tanta angustia para cruzar una calle. Claro, como el asfixiante intervencionismo del Estado nos quitó del tabaco, ahora cree que podemos correr los 100 metros semáforo en menos de 40 segundos, por mal que estemos de pinreles y de fuelle respiratorio. Lo raro es que nadie haya protestado hasta ahora por este caso generalizado de maltrato a peatones. Tanto hablar del español de a pie y los pasos de peatones de la cuenta atrás lo están poniendo al borde del infarto, con una etapa contra reloj de la Vuelta en cada esquina. ARAMBA con los cachorros del PP. Caramba con Javier Arenas, el jovial campeón que debe de quitarse unos cuantos años recordando sus tiempos de líder de los juveniles. Caramba con estas Nuevas Generaciones que en plena tormenta de rayos crispados se han puesto a reivindicar el Centro. Sin complejos y en voz bien alta: el Centro. Con un par; por bastante menos truenan al amanecer los muecines de la intransigencia, predicando la guerra santa contra los infieles moderados. Que el Centro no existe, repiten, que eso es cosa de traidorzuelos, mariconcetes y gentucilla pusilánime. Y resulta que llegan estos muchachos que no le deben nada a nadie y piden nada menos que una revolución IGNACIO ideológica desde el CenCAMACHO tro Con mayúsculas. Sed realistas, pedid lo imposible. Recuerdo bien a Javier Arenas hace veinticinco años, cuando peinaba ricitos y encabezaba la rama juvenil de UCD. Olía a ministro, hablaba del personalismo cristiano de Mounier y creía en una España plural, abierta y solidaria. Ministro ha sido varias veces, peina canas y el pragmatismo liberal leha borrado los perfiles democristianos, pero sigue creyendo en un Estado de ciudadanos y en una España de oportunidades. Como ha ganado y perdido varias veces, tiene autoridad para hablar de los caminos del éxito y del fracaso. Ayer se lo dijo a las juventudes del PP: sólo se gana unidos y desde el centro. Lo repitió dos veces. Centro reformista. La herencia de la UCD, el legado del primer mandato de Aznar. La única receta de una mayoría social. Parece que algo se mueve ahí abajo, en esascapas de población joven que no se siente heredera de ningún pasado porque lo que quiere heredar es el futuro. Gente con un proyecto de país que defender y sin negocios oscuros que privilegiar. Gente que pisa las calles sin protegerse tras los cristales de los coches blindados. Gente que escucha los problemas del pueblo en vez de fabricar estrategias de salón cortesano. Gente que no se ha metido en política para perder elecciones a cambio de ganar influencia en los medios de comunicación. Gente que aún quiere cambiar las cosas, que no se resigna a la derrota. En ese congreso de Nuevas Generaciones no huele a rancio, ni a pasado, ni a cabreo, ni a revancha. No huele a tres millones de votos irreductibles, ni a intereses mercenarios, ni a discursos victimistas. Huele a futuro. Huele a once millones de votos que hay que buscar levantando un proyecto de reformas capaces de ilusionar a las capas medias de la población española. Huele a pragmatismo y a modernidad. Huele a ese impulso que necesita el Centro- -con mayúsculas, sí, las mayúsculas de la Mayoría- -para convertirse en un lugar donde la gente se sienta cómoda. Algunos líderes sensatos lo han repetido para quien lo quiera oír, como aquellos asesores de Clinton que le ponían carteles en el despacho- la economía, estúpido -para recordarle lo que era de verdad importante. El Centro, idiotas. Esa alcanzable utopía en que no esté el mañana en el ayer escrito.