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ABC DOMINGO 24 9 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA TREGUA DE ETA (1) DE CUANDO LA BANDA ESTABA DERROTADA En marzo de 2004 ETA estaba al borde del descalabro. La ilegalización de Batasuna le privaba de discurso en las instituciones, de presencia social y de recursos económicos... P OR desgracia, no existen datos objetivos que permitan suponer que ETA haya entrado en una reflexión- -operativa o valorativa- -que le conduzca a una autodisolución y al abandono definitivo de sus prácticas terroristas. Desde que anunció la suspensión permanente de sus acciones delictivas, la banda ha explicitado de manera pública, contundente e indubitable- -y lo ha hecho por escrito y sin recato en cinco ocasiones- -que los propósitos que persigue con esta tregua no son otros diferentes por los que ha venido luchando desde su infeliz alumbramiento, esto es, la autodeterminación y la denominada territorialidad de Euskadi. Desde la perspectiva de la banda, la actual situación es un episodio de su propio y natural devenir que, como ha podido comprobarse en la reciente historia, unas veces se ha materializado en fortísimas campañas criminales, otras en períodos de latencia terrorista y, como ocurre ahora, en tiempos de inactividad mediante la declaración pública de una cesación temporal de su actividad terrorista. Las treguas de ETA han sido estratagemas tácticas de repliegue para la regeneración en unos casos, para la recomposición en otros, y, ahora, seguramente, como un tiempo muerto de recuperación tras un período de depresión que ha bordeado la derrota total de la organización. La situación, sin embargo, no es ya reversible en los términos en que lo fueron las dos anteriores treguas. ETA puede romper la actual y regresar a las prácticas terroristas más crueles, pero es altamente improbable que los acontecimientos no hayan hecho en la organización criminal una mella irreparable. zar al máximo las contradicciones del sistema democrático español. O en otras palabras: para optimizar en su favor los errores de sus enemigos; es decir, nuestros errores. ETA ha hecho de la política española su propia circunstancia de tal manera que bien podría afirmarse que la banda- -en los peores momentos de su existencia- -ha parasitado las contradicciones del sistema político español hasta extraer de ellas elementos para su propia fortaleza. Esto es lo que está ocurriendo. C a ETA de hoy, por mucho que se pueda decir lo contrario, es sólo una sombra de la que fue y el regreso a sus acciones criminales tradicionales propiciaría una aceleración de su fin. La reversibilidad de la situación del alto el fuego es posible, pero adquiriría nuevos perfiles, próximos a las prácticas mafiosas. Sería otra ETA, que, aunque con capacidad para perturbarnos, no tendría capacidad de reposición criminal. Sencillamente: porque la historia le ha pasado por encima y la realidad actual- -nacional e internacional- -la entendería como un cuerpo por completo extraño y sería universalmente reprochada. Dicho lo cual y pese a las expectativas generadas por el Gobierno- -en ningún caso por la propia ETA ni por Batasuna, que no se han apeado de sus exigencias habituales- -la realidad es que podríamos estar en puertas de una negociación política muy próxima en sus planteamientos iniciales a la pretendida durante décadas por la banda y su entorno. Debemos atender a un dato permanente en la macabra historia de la banda: la capacidad de sus dirigentes en cada momento para rentabili- L uando la banda remite al presidente del Gobierno una carta proponiendo una negociación, después de las traumáticas elecciones de 2004, los etarras conocían la precariedad del actual Ejecutivo, su extraordinaria y nociva dependencia de los partidos nacionalistas, su compromiso con el tripartito catalán; e intuían la imposibilidad de un racional y eficiente entendimiento en cuestiones de Estado entre el Partido Popular y el PSOE y el Ejecutivo, lo que previsiblemente, se llevaría por delante el denominado Pacto antiterrorista, como así ha sucedido. Entonces- -en marzo de 2004- -ETA estaba al borde del descalabro. La ilegalización de Batasuna le privaba de discurso en las instituciones, de presencia social, y de recursos económicos. Por otra parte, el terrorismo islamista- -el del 11- S y el del 11- M, y más tarde el de 7- J de Londres o el del 11- J de Bombay- -le restaba dimensión a su práctica criminal y cualquier asesinato etarra habría desencadenado una reacción europea insoportable para la organización cuya retaguardia sigue instalada en Francia, algunos otros países europeos y varios iberoamericanos. Tampoco su propio entorno- -Batasuna y afines- -estaban, ni lo están ahora, en condiciones de absorber el impacto de actos terroristas a gran escala. ETA estaba parada, acosada, arrui- nada y observando, además, como su propio rol en el mundo del nacionalismo se veía amenazado por la invisibilidad institucional de su brazo político. Y las organizaciones terroristas saben que sin una penetración en el sistema, su discurso se agosta, se hace inaudible y se produce una derivación hacia la irrelevancia. De ahí que la banda propiciase un giro estratégico al amparo de unas circunstancias políticas nacionales sobrevenidas abruptamente por los atentados del 11- M que iban a cambiar- -y así ha sido- -el rumbo de los acontecimientos. Los atentados islamistas del 11 de marzo de 2004 en Madrid, resultan así un punto de inflexión que afecta directamente al sistema español y, por simpatía, repercuten sobre la estrategia de ETA que, aún llevando entonces un tiempo largo sin asesinar, no había dejado de intentarlo. La apuesta etarra al plantear a Rodríguez Zapatero el alto el fuego permanente tenía que ver- -y mucho- -con su ya aludida pérdida de protagonismo en el ámbito nacionalista. La banda no podía permitir perder la pelea por la primogenitura nacionalista. La operación de apoyo batasuno al Plan Ibarretxe para que se estrellase en el Congreso de los Diputados, se inscribió en una composición táctica que el PNV comprendió perfectamente, pues en sus planes jamás estuvo aprobar el proyecto secesionista en aquel momento- -2003- ni hacerlo con los votos del entorno etarra. El PNV quería el plan de Ibarretxe para esgrimirlo amenazadoramente en una acción de sustitución de la acción de la propia ETA a la que los nacionalistas daban por prácticamente periclitada en unos plazos asumibles para deglutir en su provecho los restos del naufragio de una izquierda abertzale desarbolada. odas estas circunstancias propiciaban que ETA estuviera en una tesitura agónica, terminal, prácticamente desesperada porque al acoso judicial, policial, social e internacional, se añadía la evaporización de su brazo político en Euskadi y la depredación de sus anteriores posiciones a manos de los otros nacionalismos, bien del PNV, bien de EA. En vez de esperar y persistir en la estrategia de máxima presión sobre ETA y Batasuna, el presidente del Gobierno, probablemente necesitado de bazas políticas que diesen cuerpo a su propia gestión de forma coherente a su discurso muy ideológico y revisionista, asumió la sugestión de que la violencia terrorista de ETA se encontraba en un trance último cuyo trayecto hasta el final definitivo era preciso acortar con una fórmula emparentada con la solución dialogada prevista en el Pacto de Ajuria Enea de 1988. Y, lamentablemente, se ha confundido. Lo iremos viendo. T JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC