Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES 22 9 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA COMEMIERDAS E EL DESAFÍO DE LA IRA H OY es el día señalado para la ira. Las voces de los almuédanos entonarán la llamada a la cólera santa y una regurgitación furiosa surgida de las entrañas del islam hará temblar las cortinas de los palacios occidentales, tan vacíos ellos de trascendencia religiosa y tan repletos de esa visión utilitaria y aberrante de la vida propia de los infieles. Ignoro qué estará pasando a estas horas en los centros mismos de la fiebre musulmana, pero los histéricos avisos de los pastores islamistas no auguran más que rostros desencajados, chispas de fuego eterno y griterío furibundo, cuando no sangre derramada de unos cuantos inocentes desprevenidos. Vaya usted a saber. Occidente mira para otro lado y no quiere percatarse de que el Papa de Roma ha señalado crudamente sus contradicciones, su cobardía y su permanente inclinación a todos los relativismos posibles. Sabía muy bien lo que decía. Sabía lo que había CARLOS de pasar. Y, afortunadamente, no ha HERRERA hecho más que dar explicaciones y no ofrecer disculpas, por más que el afrancesado Moratinos no lo entienda. Lo ha escrito claramente Roger Garaudy, el converso francés considerado faro y guía de la revolución espiritual islamista española- -negador, de entre otras evidencias, del Holocausto- Occidente es un accidente. Su cultura, una anomalía Hay que entender el islam como algo más que una religión, como un hecho social, como una revolución cultural y militante, dice el pájaro, y por esa vereda debemos comprender la comprensión y o fascinación que esa disciplina ha sembrado entre seres de procedencia marxista y atea. Lo explica Rosa Rodríguez Magda en su imprescindible libro La España convertida al islam muchos de los conversos procedentes de esos ámbitos ideológicos buscan en el islam una estructura de análisis político, una revisión de la historia y una ética hedonista que recoja las influencias hippies de la contracultura anticapitalista. El occiden- te que ha sobrevivido a las ideologías totalitarias debe ahora ser vencido por la única civilización que le puede hacer frente. La tesis de Huntington del choque de civilizaciones pasa a convertirse, de lleno, en una sustitución de civilizaciones La dirección de la humanidad por Occidente ha tocado a su fin, vienen a decir los ideólogos de cabecera de los que hoy están gritando en las calles. Y mientras, ¿a qué se dedica ese Occidente? a perezosear intelectualmente y a observar con languidez por la ventana la invasión de sus jardines. De ahí el arreón del Papa. Unos cuantos majaderos ignorantes manejan impunemente la tesis de que al- Andalus no fue conquistado por la invasión, sino conseguido mediante la introducción fascinadora y aperturista de un puñado de musulmanes llegados a la península. En virtud de ello, algunos pensadores insinúan que el ideal hubiera sido el mantenimiento del islam en coexistencia mediterránea con otras tradiciones en lugar de la aborrecible Reconquista que tantos males nos ha traído. Los pocos que contestan a esa memez son señalados crudamente como apologistas del enfrentamiento y el imperialismo. Y ahí afuera siguen gritando que es el día de la bestia, el día de la ira. Habrá, no obstante, quienes no lo quieran oír: todo progresista que se precie desea tener de sí mismo tal imagen atractiva que se entiende esa visión mitificada del pasado y esa negación a aceptar la crudeza de una realidad que en cualquier momento puede pasar de ser un ejercicio intelectual de minorías hedonistas a un golpe sangriento en la convivencia a manos de quienes llegan a Europa- -o ya están en ella- -con las duras prácticas del radicalismo religioso. Nosotros somos el problema, nuestro permanente complejo de culpa, nuestra irrefrenable tendencia a la autoflagelación, esa que nos hace considerarnos culpables de que nos maten. Ahí afuera, ahora mismo, nos están desafiando. Ha tenido que ser el Papa quien nos avise y quien excite el debate. Que no sea tarde. www. carlosherrera. com SAS cintas de Marbella, con su crudo lenguaje de mangantes sin tapujos, son todo un retrato de época. Como lo fueron en su momento las del caso Ollero tan parecidas, y antes las del caso Naseiro en las que se oía a un futuro prohombre decir aquello de yo estoy en la política para hacerme rico En ambos precedentes, las escuchas acabaron anuladas por defecto de forma, y sus protagonistas absueltos, pero jamás podrán eludir la condena moral de su desvergonzada indecencia. Dos o tres golpes más y me retiro decía un comisionista de la trama del Cacerolo. Hay que coger el dinero, que esto se acaba urgía en Marbella un concejalillo venal. Y García Marcos, la política presa que se autodenominaba presa política, senIGNACIO tencia en una frase para CAMACHO la historia de la infamia: Yo, papel que hago, papel que cobro Quizá lo más grave, lo más doloroso de toda esta procaz compraventa de voluntades sea la evidencia descarnada de la trastienda pestilente de nuestra escena pública. Cada vez que la policía pega la oreja a los teléfonos de unos próceres, lo que se oye es el ruido de unas cañerías saturadas por el fango de la corrupción y la mentira. Tipos con apariencia respetable que roban a dos manos, representantes públicos entregados a la orgía de la conspiración, desvergonzados dirigentes que manejan como feriantes de barraca el guiñol de la actividad política. Guiones de tan manifiesta brutalidad, de tan palmaria crudeza, que ni siquiera servirían como boceto de un esperpento; si acaso, de una comedia macabra y nihilista sobre la débil encarnadura moral de la condición humana. Ésas son, sin embargo, las verdaderas voces de nuestro sistema político. Las que llaman comemierdas y figurones a los concejales por no ser lo bastante diligentes en el latrocinio, las que manifiestan un burdo y cruel desprecio por los funcionarios que intentan siquiera salvaguardar las apariencias, las que, como en Hungría, ponen de manifiesto el embuste masivo que sirve de pantalla contra la zozobra del pueblo. Pobres húngaros, por cierto, que aún se escandalizan con una ira ingenua al descubrir que los Gobiernos mienten. Porque los verdaderos comemierdas, los figurones de este siniestro bululú de perversiones, somos en realidad nosotros, los ciudadanos, que con nuestro voto y nuestros impuestos sostenemos una estructura corrompida que nos utiliza como carne de cañón. Detrás del escenario político donde se representa una ficción democrática se oculta una tramoya de conspiraciones de salón y restaurante, una tropilla de expertos demagogos enredados en querellas de ambición, de poder o de dinero. A veces, nos cabreamos sorprendidos cuando se manifiesta el pico de esta sórdida certeza que no nos gusta admitir: somos comparsas de un teatrillo podrido que nos muestra un reparto de títeres para encandilarnos mientras sus verdaderos dueños nos birlan la cartera y, lo que es mucho peor, nos arrebatan la inocencia.