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4 Opinión MIÉRCOLES 20 9 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Sociedad, Cultura y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Nacional) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco G. Mendívil LAS MENTIRAS DEL SOCIALISMO HÚNGARO OS sucesos de Hungría constituyen una grave advertencia para el futuro de ese tipo de democracia que practican los partidos de la izquierda populista- -como el socialismo húngaro- anclados en los estereotipos del pasado y responsables de fomentar entre sus seguidores ideas trasnochadas e irrealistas. El primer ministro del país, Ferenc Gyurcsany, reconoce haber mentido a los electores, consciente de que si hubiera dicho la verdad sobre los planes de austeridad que verdaderamente necesita el país no le habrían votado. Es decir, ha cometido la aberración moral de convertir la victoria electoral en el único objetivo de su actividad política, y la búsqueda del bienestar de sus ciudadanos en una finalidad secundaria y- -por lo visto en la legislatura previa- -irrelevante. La izquierda europea e iberoamericana tienen una larga experiencia en este tipo de comportamientos, que sin excepción desembocan en el colapso de las instituciones y en crisis sociales. El fenómeno se vuelve a repetir en Budapest, donde la ira de la población se ha transformado en una serie de excesos inexcusables que ni siquiera justifica la gravedad de la actuación del Gobierno. Resulta altamente censurable que en un país miembro de la Unión Europea, el Ejecutivo y los manifestantes se estén comportando de manera tan escandalosamente inapropiada. Puesto que Hungría forma ya parte de la comunidad democrática, las comparaciones con la sublevación contra la dictadura comunista en 1956 resultan a todas luces fuera de lugar. La única salida de la crisis no es, como ha dicho Gyurcsany, confiar a la Policía el mantenimiento del orden, sino la convocatoria de elecciones anticipadas lo antes posible, teniendo en cuenta que en dos semanas hay comicios locales. Y precisamente porque en un plazo tan breve los ciudadanos tendrán la oportunidad de pronunciarse en las urnas y lanzar un mensaje directo al Gobierno, es innecesario para la oposición enarbolar el pabellón pirata de la insurrección callejera. Después de lo sucedido, los socialistas no pueden pretender seguir gobernando y que los ciudadanos crean aún en sus buenas intenciones: han cometido un error gravísimo que solamente pueden solventar si, con el tiempo, vuelven a recuperar la confianza de sus seguidores. Para ello deberán empezar por articular propuestas coherentes, eficaces y transparentes, todo lo contrario a esas promesas dulces que utilizaron para seducir a los electores pese a saber positivamente que arruinarían al país. Las reformas económicas son imprescindibles para Hungría, como reconocía ayer mismo la Comisión Europea, pero más importante aún es que se produzca una renovación ética en el Partido Socialista para evitar que el cáncer de la desconfianza se extienda a las instituciones, que son las que han de sobrevivir en estas circunstancias turbulentas. L ACOSO EN LAS AULAS L estudio sobre Violencia y acoso escolar en España del que informaba ayer ABC, ofrece resultados muy preocupantes. Uno de cada cuatro alumnos a partir de los siete años es víctima de este tipo de comportamiento, que- -aunque pueda parecer lo contrario- -disminuye progresivamente según aumenta la edad. A su vez, la cuarta parte de los afectados padece un factor de riesgo propio de las situaciones límite, con crisis de ansiedad, depresión y otras enfermedades psicosomáticas. La crueldad infantil se manifiesta en formas diversas, a veces de apariencia trivial, pero constituye siempre un drama en la vida diaria de los acosados. Es llamativo que, según el estudio, las víctimas no son necesariamente los más débiles, sino que la persecución se dirige a veces hacia los que sacan mejores notas o- -en el caso de las niñas- -hacia las más guapas de la clase. Es, por tanto, un tema complejo, puesto que no basta con inculcar valores de respeto y solidaridad, sino también de reconocimiento de la excelencia y del trabajo bien hecho. En rigor, la clave está en el fracaso de la familia y de la escuela como instituciones nucleares en el proceso de socialización. La transmisión de valores cívicos y de principios morales sólo es posible en el marco de una educación integral que no es fácil de plantear en un contexto social donde la violencia- -real o ficticia- -está siempre presente. Además, los planteamientos relativistas que conducen al todo vale causan un grave daño en las mentes infantiles, que carecen de la capacidad necesaria para distinguir entre conductas aceptables y conductas intolerables. El acoso escolar se manifiesta no sólo a través de actos y agresiones físicas, sino, sobre todo, de violencia psicológica enforma de hostigamiento, coacciones, amenazas o intimidación. Los daños psíquicos derivados de estas conductas son todavía más graves por su prolongación en el tiempo y por su menor visibilidad, que hace más difícil la denuncia. La presión que sufre la víctima para no convertirse en el que acusa E ante los padres o profesores y el hecho de que los adultos quiten importancia al problema son factores que añaden mayor sufrimiento. Es fundamental la respuesta de los docentes y autoridades académicas. Sin embargo, no siempre están en condiciones de intervenir, puesto que ellos mismos son víctimas a veces de la violencia o el malestar en el ámbito escolar y no se sienten respaldados por la comunidad educativa para imponerel orden en las aulas. En el peor de los casos, algunos profesores contribuyen con su torpeza a convertir al alumno en sujeto potencial del acoso. Si todo el mundo elude sus responsabilidades y mira para otro lado, la convivencia se deteriora y el final puede ser dramático. De hecho, otros informes internacionales establecen que el 60 por ciento de los acosadores acaba cometiendo un delito antes de los 24 años. Los datos reflejan que las conductas agresivas son más frecuentes entre los varones, pero sería interesante analizar cifras comparativas sobre la violencia entre las niñas, sometidas hoy a procesos similares a sus compañeros dentro y fuera de las aulas. También sería útil contar con estadísticas fiables acerca de la influencia del fenómeno inmigratorio, si bien- -por ahora- -es muy bajo el porcentaje de quienes justifican el acoso a otros escolares con el argumento de que son diferentes Tampoco las tasas por comunidades autónomas ofrecen diferencias significativas en el marco de unos datos que sitúan a Andalucía y a las regiones del norte de España por encima de la media. Falta también un estudio sobre las diferencias entre el entorno urbano y el rural, que podría aportarcriterios relevantes. Lo cierto es que la sociedad española debe tomarse muy en serio un problema que a veces desemboca en tragedias irreparables y que, en todos los casos, daña el equilibrio psíquico de muchos miles de escolares en una etapa crucial para su formación. Un alumno que sufre acoso tiende a ser en el futuro una persona insegura, que retrasa su proceso de maduración y llega a asumir su propio papel de víctima. EL ADIÓS DE IBARRA ODO tiene un límite y esta etapa mía ha llegado a su fin Con estas palabras anunció ayer que no repetirá como candidato el único presidente que ha conocido la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, incardinado en la vieja guardia del PSOE, significado guerrista y agresivo exponente, a veces oportuno, otras oportunista, del sector de su partido que ERC ha bautizado despectivamente como nacionalista español Nadie podrá negar que, después de 23 años como presidente autonómico- -hasta seis veces ha sido investido, lo cual tiene un mérito indudable- Extremadura ha experimentado un avance considerable. Pero tampoco podrá negarse que Ibarra adquirió más notoriedad en los últimos años por su sonoro desapego del proyecto de España plural encarnado por Zapatero que por su gestión política al frente de la Junta o por el éxito de sus propuestas en el seno del PSOE, donde la crítica interna poco ablanda a Zapatero o le mueve a rectificaciones. De hecho, las agotadas tesis de Ibarra tenían desde hace tiempo una escasísima, por no decir nula, repercusión en las reuniones de la dirección federal del PSOE, donde su personalísima crítica a la reforma del Estatuto de Cataluña o su cerrada defensa de la inocencia de Rafael Vera en pro de un indulto llegaron a irritar sobremanera. Con la decisión anunciada ayer amparada en motivos de salud, Ibarra se suma a una lista, que ya empieza a ser larga T en el cuaderno de bajas de Zapatero, de históricos dirigentes del PSOE incómodos para la actual dirección que, bien por abandono propio, bien por KO en el combate cuando no por una directa laminación, desaparecen en los últimos tiempos del espectro político. Y, será casualidad, todos pertenecen, cada uno a su manera, a esa vieja guardia que en momentos determinantes han querido emborronar el guión marcado por Zapatero. A unos- -el gallego Francisco Vázquez, por ejemplo- -el presidente les ha acomodado en un destino pactado; a otros- -es el caso del vasco Nicolás Redondo Terreros- -su valentía en la denuncia les ha condenado al ostracismo; otros- -como Pasqual Maragall en Cataluña- -han caído víctimas de sus propios errores y de guerras internas; y otros, es el caso de José Bono, ahora valen más por lo que callan que por lo que hablan. Sea cual sea el motivo, todo aquél que se perfila como un embarazoso incordio para Zapatero tiende a poner fin a su carrera de una manera o de otra. En su despedida, y con el Estatuto como el motivo que terminó por dar con él en un hospital, Ibarra ha admitido haber tenido dudas de prioridad entre su coherencia política y el respeto a la disciplina de partido. Lo primero siempre lo encomendó a su personal y populista estilo ante los micrófonos; lo segundo... a lo segundo nunca renunció a la hora de la verdad. Esa imagen de aparente sinceridad ha ocultado en no pocas ocasiones un rostro profundamente contradictorio. El de otro jubilado de Zapatero.