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36 Internacional LUNES 18 9 2006 ABC La precaria situación de Blair puede precipitar su marcha en los próximos meses. Los seguidores de Brown temen que una demora pueda propiciar un candidato alternativo. Mientras, los conservadores se destacan 9 puntos en las encuestas Turbulencias en el laborismo británico EMILI J. BLASCO. CORRESPONSAL LONDRES. Si Tony Blair se va a ir dentro de unos meses, ¿por qué no ya lo hace ahora? Continuar sólo parece ya un empeño personal, y el interés del partido probablemente es que la sucesión se produzca cuanto antes para que las elecciones locales y regionales de la próxima primavera no supongan un nuevo batacazo, y el nuevo primer ministro pueda asentarse antes de las generales de 2009. Eso es lo que dirigentes hasta ahora próximos a Blair comienzan a decir. Es el caso del anterior ministro de Defensa y actual secretario de Estado para Europa, Geoff Hoon. El paso de Hoon evidencia que cada vez elementos más destacados de su gobierno están cerrando el cerco sobre el primer ministro, al que no le ha servido de mucho intentar trazar un cortafuegos con el anuncio de que en un año habrá dejado el poder. Para los seguidores de Gordon Brown, ministro del Tesoro y desde siempre considerado el recambio de Blair, la demora que se ha dado el primer ministro para abandonar Downing Street tal vez busque un margen de maniobra para promover un candidato alternativo. Los brownistas ven con desconfianza la posible candidatura de Alan Johnson, ministro de Educación, al puesto de vice líder del partido, pues creen que podría transformarla en un asalto al liderazgo en pugna con Brown. Y el barco se está hundiendo, con tripulación que salta por la borda. Clare Short, carismática ministra de Blair que dimitió a raíz de la guerra de Irak, está a punto de ser expulsada del partido por haber dicho que en las siguientes generales ya no se presentará, pues no quiere formar parte de un grupo parlamentario moribundo, y que desea que el Nuevo Laborismo sea derribado del poder. Luego está la lucha entre blairistas y brownistas Los primeros acusan a los segundos de golpe de Estado por haber forzado a Blair a ponerse públicamente una fecha tope en su cargo como primer ministro, sin esperar a que el relevo se produjera cuando la legislatura estuviera más avanzada. Los segundos responden que, dada la falta de palabra de Blair en sus promesas a Brown, ya no podían confiar en un calendario que nunca se concretaba. El Nuevo Laborismo La pelea no es ideológica sino personal. Brown es tan autor del Nuevo Laborismo, si no más por su mayor solidez intelectual, que Blair, y con él deberá continuar el programa de reformas, aunque con firma propia y no siguiendo exactamente el surco del hoy primer ministro. Ahí radica todo el problema. Si Blair hubiera generado un delfín a su gusto, ahora estaría ya cediéndole parte del poder con vistas a una sucesión que sería la continuación del blairismo la pervivencia de un legado personal que tanto ansía Blair. Pero Gordon Brown no es un delfín, sino el otro líder el partido, y no piensa admitir tutelas de un primer ministro retirado. Con un delfín, Blair también abría orquestado todo el equipo del recambio. Pero hoy los blairistas temen que la marcha de su mentor les deje sin protección ante la llegada de Brown y los suyos, y son precisamente ellos quienes más presionan a Blair para que retarde su adiós e incluso piense en promover un rival al ministro del Tesoro. Cuanto más descarnado es el enfrentamiento entre esos dos sectores, más espacio están dejando ambos al viejo laborismo. Un Blair debilitado ha propiciado que las bases que nunca comulgaron con un programa más liberal se hayan lanzado a la crítica de la reforma de los servicios públicos, basada en la privatización de áreas de la sanidad, el transporte y la educación. Y ante un río tan revuelto, no es ni Blair o Brown, ni el viejo o el nuevo laborismo, sino el Partido Conservador de David Cameron el que está ganando el futuro, que ya se sitúa con nueve puntos por delante en las encuestas. Una sucesión nada pacífica Lo que siempre se pensó que sería una tranquila y ordenada transición entre Blair y su sucesor in pectore desde el primer día se ha convertido en la peor crisis de los laboristas británicos desde hace más de veinte años. Las relaciones personales entre Blair y Brown, carcomidas por las expectativas de poder de ambos, y la realidad de un laborismo desubicado, cuyo corrimiento hacia posturas liberales nunca ha sido aceptado con plena convicción por las bases, han acabado por provocar un seísmo. No sólo es ya el fin del blairismo sino que la misma consistencia del reformado laborismo está en cuestión. Si los síntomas de descomposición se acentúan, la marcha de Blair podría precipitarse. Su plan es anunciar hacia marzo que dejará el cargo a principios de mayo, tras las municipales en Inglaterra y autonómicas en Escocia y Gales, y cuando él cumple diez años en Downing Street. No hay nada más desestabilizador en los partidos británicos como que el pánico cunda entre aquellos diputados que fueron elegidos por estrecho margen en sus circunscripciones y vean peligrar su escaño. La sensación de que el barco se va a pique puede originar un súbito motín. Tony Blair, a las puertas de su residencia oficial en el 10 de Downing Street REUTERS El aspirante al trono intenta dulcificar su imagen E. J. B. LONDRES. Una imagen tierna y humana es la que intenta transmitir ahora Gordon Brown, ante la posibilidad de que su clásica estampa de canciller de acero en la gestión de las arcas públicas y el supuesto maquiavelismo en la maniobra para derribar ya a Blair le puedan perjudicar en su acceso al trono laborista. Alguien a quien le cuesta tanto sonreír y mostrar sus emociones se ha prodigado los últimos días en sorprendentes gestos. Casi entre lágrimas narró en una entrevista de televisión el dolor que supuso la muerte de su hija de diez años, y en otra no tuvo reparo en proclamar su sincera amistad con Blair. Recientemente, a un nada aficionado al fútbol, se le vio frente al televisor animando la selección inglesa en el Mundial. Por si esos retoques aún no son suficientes, Brown también ha buscado entroncar con Margaret Thatcher, como en su día hizo el propio Blair. Y lo ha hecho valorando la idea de unidad nacional y atacando el nacionalismo escocés. Según Brown, nacido en Escocia y muy marcado por su idiosincrasia, hay que reforzar la identidad de lo británico. No es sólo Brown quien cuida su futuro. También Blair prepara su vida más allá de Downing Street y tiene planes para crear una escuela de gobierno que podría estar vinculada a la prestigiosa London School of Economics.