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ABC LUNES 18 9 2006 Internacional 33 cia pacífica. Desde la fórmula de tierra a cambio de paz propuesta por el primer ministro Isaac Rabín, hasta la oferta por parte de Arabia Saudí de paz y reconocimiento mutuo, o el concepto de retirada unilateral de los territorios ocupados propugnado por Ariel Sharón, se consideraba que el proceso de paz culminaba con una paz internacionalmente aceptada entre estados internacionalmente reconocidos. H izbolá y otros grupos que rechazan esta evolución están decididos a evitarla. Hizbolá, que se hizo con el sur del Líbano, y Hamás y otros grupos yihadistas que han marginado a la Autoridad Palestina en Gaza, desdeñan los planes de los árabes moderados y de los líderes israelíes. Rechazan la existencia misma de Israel, no una frontera concreta. Una de las consecuencias es que el proceso de paz tradicional se viene abajo. Después de ser atacado con cohetes lanzados desde Gaza y el Líbano, a Israel le resultará difícil contemplar la retirada unilateral como una senda hacia la paz, y tampoco podrá encontrar en las actuales condiciones un socio que garantice su seguridad. Por último, después del Líbano, el Gobierno israelí carece de autoridad o de apoyo público para retirar siquiera a los 80.000 colonos de Cisjordania, como preveía el plan de Sharón. Al mismo tiempo, la continuación indefinida de la situación actual es insostenible. Debe establecerse una nueva hoja de ruta que apuntale la política integral para Oriente Próximo que debe seguir a la guerra del Líbano. Es necesario un proyecto común de Estados Unidos, Europa y los países árabes moderados para elaborar una estrategia conjunta. Sólo de este modo pueden surgir en los territorios ocupados unos liderazgos que acepten la coexistencia pacífica. el contrario, las resoluciones del Consejo de Seguridad deberían surgir de una estrategia acordada. Muchos de los países de dicha agrupación tienen una opinión más optimista respecto a las perspectivas de la diplomacia que el Gobierno estadounidense. Deberíamos estar abiertos a estas preocupaciones y dispuestos a participar en una seria exploración de perspectivas para evitar el enfrentamiento. Pero los aliados europeos deben aceptar que este proceso no puede estar guiado por la política nacional o por la presión de los medios. Tiene que incluir un límite que la flexibilidad diplomática no puede traspasar, y un pla- zo máximo para evitar que las negociaciones se conviertan en un escudo para organizar nuevos ataques. E n la crisis del Líbano, podemos detectar el principio de un proceso así. Europa compartió en un grado suficiente la percepción estadounidense y Estados Unidos prestó suficiente atención a las preocupaciones europeas como para producir una diplomacia coordinada en el Consejo de Seguridad y proporcionar una significativa fuerza de paz para el sur del Líbano. Queda por ver si esta cooperación podrá mantenerse en la próxima fase, y concretamente, si el esfuerzo de Naciones Unidas en el Líbano puede conver- tirse en un medio para superar los peligros aquí esbozados o se convierte en una forma de evitar las decisiones necesarias. Esto es más cierto aún en lo que se refiere a las inminentes negociaciones con Irán. Desde la caída de la Unión Soviética, los observadores atentos se preguntan si los vínculos atlánticos pueden mantenerse si no se percibe un peligro común. Ahora sabemos que nos enfrentamos al imperativo de construir un nuevo orden mundial o a una posible catástrofe global. Ninguno de los lados del Atlántico puede hacerlo solo. ¿Es esa percepción suficiente para regenerar el sentimiento de propósito común? 2006 Tribune Media Services Inc. odo nos devuelve al desafío de Irán. Entrena, financia y equipa a Hizbolá, el Estado dentro de un Estado en el Líbano. Financia y apoya a la milicia de Al- Sadar, el estado dentro del estado en Irak. Está elaborando un programa de armamento nuclear que descontrolaría la proliferación nuclear y proporcionaría un colchón de seguridad para la destrucción sistemática de al menos el orden regional. Se trata ahora del orden mundial más que de ajustes dentro de un marco aceptado. Una política atlántica conjunta, respaldada por los países árabes moderados, debe convertirse en prioridad máxima, por muy pesimistas que nos sintamos respecto a la experiencia anterior con proyectos así. El debate suscitado acerca de la precipitación estadounidense frente al escapismo europeo en lo referente a la guerra de Irak se queda pequeño si lo comparamos con lo que el mundo afronta ahora. Ambos lados del Atlántico deberían poner a sus mejores cerebros a trabajar sobre cómo abordar el peligro común de que una guerra más amplia se convierta en una guerra de civilizaciones con un Oriente Próximo dotado de armamento nuclear como telón de fondo. Esto no puede hacerse mediante una negociación especial para cada resolución del Consejo de Seguridad; por T