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ABC SÁBADO 16 9 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ORIANA E UN HUMANISMO DE PACOTILLA OINCIDÍAN hace unos días en este periódico dos muy sagaces piezas periodísticas que desenmascaraban cierta perversidad disfrazada de un humanismo de pacotilla que caracteriza nuestra época, a través de la exposición de sendas paradojas hirientes. En la Tercera de ABC, publicaba Olegario González de Cardedal un luminoso artículo en el que confrontaba el ímpetu desenterrador de los muertos antiguos alentado por la llamada memoria histórica con la moda de aventar las cenizas de los muertos recientes. Nada más legítimo que el deseo de recuperar los restos fúnebres de quienes fueron ejecutados y después arrojados en una zanja o fosa común, indignamente sepultados por el río turbio de la Historia. Pero este deseo, azuzado desde instancias políticas con fines interesados, contrasta con otro fenómeno cada vez más extendido, que consiste en dispersar las cenizas de los difuntos en los parajes más estrafalarios JUAN MANUEL y hasta indecorosos. Estoy seguro de DE PRADA que, si nos propusiéramos buscarlo, encontraríamos a un tío que, a la vez que denodadamente se esfuerza por recuperar los restos de su abuelo asesinado en la Guerra Civil, para salvarlos del olvido, entrega al mismo los restos de su padre, arrojando sus cenizas en cualquier andurrial o desmonte, privándolo de reposar en una sepultura que testimonie su paso por la tierra y también la memoria de amor y esperanza que, desde que el mundo es mundo, se tributa a los muertos. El mismo día que se publicaba esta hermosa Tercera de González de Cardedal, aparecía en la sección de Cartas al Director una firmada por Fulgenio Espa Feced en la que se exponía otra paradoja estremecedora, esta vez con sus ribetes de cinismo. A la vez que autoriza la experimentación con embriones, privándolos de su derecho a vivir, el Ministerio de Sanidad español financia una campaña publicitaria contra el consumo de tabaco en la que se alerta que las vidas gestantes padecen en una C proporción nada exigua las consecuencias del hábito fumador de sus progenitores. Resulta, cuando menos, pintoresco que desde la misma instancia se desee proteger a un embrión de los efectos nocivos del tabaco cuando no se le reconoce su derecho más elemental a existir, a ser persona. Hemos de deducir, pues, que la protección que se otorga a la vida embrionaria ya no dimana de su propia existencia, sino que es puramente instrumental y caprichosa: hay embriones valiosos, porque sirven para concienciar a la gente sobre los efectos nocivos del tabaco; y hay embriones que pueden ser inmolados sin reparos, porque sólo son un conglomerado de células al servicio de dudosos intereses científicos. En uno y otro caso, nos topamos con una actitud puramente utilitaria ante la existencia humana, inmolada en un altar de fines coyunturales o adventicios. Los seres humanos ya no poseen una dignidad intrínseca, sino que pueden ser enarbolados como espantajos reivindicativos o ser arrojados a las tinieblas de la desmemoria, según convenga. Se entroniza así una concepción puramente funcional del ser humano: existen vidas útiles (aquellas cuya dignidad merece defenderse, no por su valor intrínseco, sino porque su defensa depara réditos ideológicos) y vidas inútiles meros despojos que pueden ser tratados como tales, porque su dignidad ya no es algo inscrito en su naturaleza, sino un reconocimiento que se les otorga o se les niega a discreción, por razones de pura conveniencia. Semejante perversión hunde su raíz en la imposición de cierto humanismo de pacotilla que aspira a una fraternidad imposible, que es la fraternidad de quienes no tienen un padre común. Cuando al hombre se le extirpa de Dios, se le extirpa también de la razón última de su dignidad; y, desde ese preciso instante, el hombre deja de ser sagrado, para convertirse en engranaje de una maquinaria: será respetado mientras la maquinaria lo precise para su buen funcionamiento; cuando se convierta en un estorbo, la maquinaria lo triturará sin vacilación, aunque siempre con coartadas irreprochablemente humanistas RA tan vehemente que se enamoró de un terrorista. Vivía, pensaba y escribía con una pasión casi fanática, seductora de puro intensa, exaltada, rabiosa, impulsiva, terminante. Siempre tomaba partido; su estilo impetuoso como un oleaje sacudía los criterios académicos de la objetividad periodística y tambaleaba el canon anglosajón de la imparcialidad y el distanciamiento, pero arrollaba con una sentimentalidad tan auténtica, tan visceral, tan comprometida, que resultaba imposible no admirarla. Era una mujer valiente en un tiempo de cobardes, rebelde en un mundo acomodado, indómita en un horizonte de conformismos. Siempre a contracorriente de la mayoría, a contramano del aborregamiento y la docilidad. Si todos los periodistas IGNACIO fuesen como ella, este ofiCAMACHO cio sería una trinchera. Si no hubiese ninguno como ella, sería un pesebre burocrático, uniforme y sumiso. Oriana nunca se resignaba; metía los dedos en las llagas del dolor y la aventura, hurgaba en las heridas de la banalidad y se ensuciaba las manos, como pedía Sartre, con el compromiso de su moral; se equivocaba como todos, y a veces elegía bandos poco recomendables, pero ella al menos lo hacía con la honestidad de su propio riesgo, bajo el fuego, bajo la amenaza, bajo el peligro. Sin volver nunca la cara; por derecho, de frente, a cuerpo limpio. De niña combatió el fascismo en su país, y de mayor fue al Vietnam de la ofensiva del Tet- -inolvidable entrevista al general Giap- al México de la matanza de Tlatelolco, la Palestina de los fedayines, a la Grecia de los coroneles, donde encontró el amor de un terrorista al que adoraba por su coraje desde un ardor furioso e intempestivo que le llevó a biografiarlo como un héroe, y a cuyo hijo nonato dedicó un libro conmovedor escrito con las tripas de la amargura. Desnudaba a los personajes con una brutalidad descarnada, a veces injusta, pero siempre sincera. Machacó a la duquesa de Alba, a Kissinger, a Haile Selassie, a Arafat y a los comunistas, a los que odiaba desde pequeña con una furia colérica. Era biológicamente incompatible con los tiranos, y nunca logró entrevistar a Franco. Desde que, enferma en su apartamento de Manhattan, vio desde la ventana caer las Torres Gemelas, emprendió una cruzada enfebrecida contra el empuje del islam, cuya crueldad con las mujeres le soliviantaba. Dejó como testamento un alegato violento y cálido, La rabia y el orgullo un libelo trufado de crudas verdades y no pocos excesos, e hizo fortuna con el hallazgo de un nombre nuevo para un continente achantado por la nueva invasión de los bárbaros: Eurabia. Se libró de la fatwa porque hasta los ayatolás sabían que tenía un cáncer terminal. Un día la operaron y le pusieron el tumor delante, sobre una mesa. Lo miró con serena curiosidad y le escribió unas páginas devastadoras, emocionantes, como un epitafio de quien, después de esquivar tantas balas, había encontrado de frente la certeza de un inapelable destino.